El libro de mis sueños

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Un año después de terminar mi escuela secundaria -allá por 1996-, mi viejo no tuvo mejor idea que regalarme un libro de autoayuda. Y como rebelde sin causa a los 18 años, me reí, lo ignoré, le contesté “yo no necesito ninguna autoayuda” y dejé el libro guardado en un cajón.

El viejo sabio, de vez en cuando me preguntaba… “y? leíste el libro?”, y yo no sabía cómo decirle que no quería leerlo, y le contestaba siempre que no tenía tiempo, que ya lo iba a empezar a leer. Pero seguía con mi postura, -“con todo lo que tengo que estudiar, qué tedio leer un libro de autoayuda”. Y así pasaron los meses y los años…

Trabajaba de cadete (ayudante de oficina) en la jungla de cemento de la inmensa Buenos Aires. Tenía suerte de tener un trabajo en donde uno de cada tres lograba conseguirlo. Tenía 20 años, y apenas me había recibido de Técnico en Administración Agropecuaria. Me tomaba el 130 en Saavedra, me sentaba en el asiento de atrás a escuchar a Charly García y a Queen con mis “walkmans” a cassettes, y en la hora que tardaba llegar hasta el microcentro, me ponía a pensar en el futuro, pero todos los sueños me parecían imposibles en una Argentina donde hasta los sueños parecían privatizados.

Un día, antes de ir al baño, no encontraba ninguna revista y se me dio por agarrar el primer libro que tuviera a la mano. Abrí el cajón, y como un “random” de libros me llevé el libro de autoayuda.  No hay mejor ámbito de concentración que el baño de tu casa. Y con esa concentración pude lograr leer un par de páginas al azar. Y justo dí con ésta frase: “Escribe tus sueños como si no tuvieras limitaciones de tiempo ni de dinero”. Tiré la cadena. Me fuí, y lo dejé tirado por ahí. Pero esa frase me quedó picando en la cabeza como un pájaro carpintero.

Esa frase me llevó a pensar en cómo mataba mis sueños antes de nacer, por creerlos imposibles. Entonces, -unos días después- me propuse darle una oportunidad al libro de mi viejo…

Y cuando leí la primera página, ya no pude parar. Era un libro en donde sólo se hablaba del poder de los sueños. Te enseñaba a crearlos, a visualizarlos, a llevarlos al papel, a mirarlos todos los días antes de dormir y cómo se facilitaba concretarlos si pensabas siempre en positivo. Y el tipo me terminó de ganar cuando entre otras cosas hablaba de todos sus viajes por el mundo y todas las experiencias vividas a partir de su lista.

Cuando creamos una lista de sueños, ya estamos modificando algo en el mundo para atraerlos hacia nosotros. Y todas las energías apuntan hacia un mismo lugar. Algo así como tener a Ronaldo y a Messi en tu equipo pero que hasta que no le decís para quién juegan no saben para donde patear.

Unos días después, mi lista de sueños desbordaba. Casi todos se relacionaban con viajar. Y las oportunidades se disfrazan, se ocultan, se alejan, pero siempre están ahí. Simplemente hay que estar atentos.  Así, me di cuenta de que la oportunidad estaba más cerca de lo que pensaba si cambiaba mi actitud. Varios meses después, me tomaba mi primer avión hacia lo desconocido: escalas, conexiones perdidas, dormir en el aeropuerto, otro idioma, trabajar sin papeles con 40 grados para ahorrar y seguir viajando. Casi un año lejos de mi casa -a los 20 años-, me hizo descubrir que era feliz viviendo todas esas sensaciones que sólo produce viajar.

Pero en la lista también estaba vivir en Bariloche, donde viví desde mis 24 hasta mis 34 años. Tener un auto para viajar, cosa que pude lograr recién a mis 32, cuando con mucho esfuerzo logré comprar un auto viejo gasolero que se bancó 70.000 km -en menos de 2 años y un motor fundido- para recorrer una gran parte de la Argentina y Chile.  Viajar por Latinoamérica por tierra sin limitaciones de tiempo, cosa que logré hace menos de dos años cuando salí de Bariloche y llegué a México y Cuba, pasando por el Amazonas y modificando el plan en Colombia cuando conocí a Marce.  Y así mi lista de sueños relacionados con viajar se hacía cada vez más larga.

Así, de tan feliz que estaba y desde ese momento, uno de mis tantos sueños de viajes que “encerraba” todos mis viajes era el de muchos: “dar la vuelta al mundo”. 

Y así la lista se fue alargando y también figuraba Escribir un libro. Ver un concierto de Rod Stewart, ver un mundial de fútbol, encontrar a esa mujer de mis sueños, compartir muchos asados con mi familia, ir a la cancha con mi viejo y tantos otros… y ya pasaron más de 15 años de aquella lista. Muchos sueños se cumplieron, otros todavía no, otros dejaron de ser sueños. Otros requieren de más tiempo. Porque el tiempo es un viejo sabio, como mi viejo. Te demuestra que todo pasa por algo, que cada punto de la vida esta conectado con un punto de tu futuro y de tu pasado. Pero todo pasa por la actitud frente a ellos.

Es por eso que desde mis 20 años fui apostando a esa lista de sueños y siempre me hizo feliz. En el camino encontré a esa mujer de mis sueños, que me dibuja una sonrisa todos los días y que me hace sentir que nada puede salir mal. Y acá estoy, a mis 36 años. Agregando sueños a mi lista. Pensando en positivo. Viviendo en un pueblo increíblemente hermoso al sur de Nueva Zelanda, pensando en nuestro próximo viaje. Dándole forma a nuestro sueño. Persiguiendo ese próximo objetivo por el cual trabajamos día y noche: dibujar en Asia. Y el sueño grande,  llegar a Beijing y viajar a Moscú en el tren Transiberiano, para así empezar a dibujar esa vuelta al mundo que tanto soñamos. Y nunca pensé que el sueño de escribir un libro se modificaría a “dibujar un libro”. Sabemos que es un sueño grande. Pero como mi viejo me enseñó, “hay que soñar como si no tuviéramos limitaciones de tiempo ni de dinero”. Por eso, seguimos dibujando el camino. ¿qué hubiera pasado si no hubiera leído ese libro a mis 20 años? quién sabe…