Barú

Sentados en un banco de una plaza, hablando con viejitos que le daban maiz a las palomas, esperando en Cartagena por cruzar a Panamá (o no), tomamos la decisión de viajar a la Isla Barú. Una lancha rápida, luego de regatear muchos precios y lograr un almuerzo gratis -pero soportar que nos tengan de rehenes en un acuario al cual no entramos-, llegamos a la Isla. Compramos cinco litros de agua, de los cuales sobraron cuatro, pero nos quedamos cortos con las galletitas y el fiambre. Pero gastamos toda nuestra fortuna en cervezas, fieles testigos de nuestras charlas de mar, en donde el tiempo no parece pasar. Las risas y los vendedores ambulantes se mezclan en la tarde, y hacer la plancha en el mar turquesa es una ley que inventamos para no morir hasta la noche. El sol traicionero te quema sin avisarte, pero la sombra del parador nos ayuda a enfrentarlo. La tarde es un buen momento para escribir, y dibujar, y pensar en que el tiempo no pasa, ó sólo es un momento en la vida. Y quizás pensar no es lo aconsejado, porque terminan escribiéndose cosas como éstas:
“Quizás el tiempo parece volver, en ésta mágica tierra colombiana. Pensar que alguna vez pisé esta isla y pensé en volver, y mis pies hoy la pisan otra vez. La nostalgia no juega su juego, porque acá estoy, pensando en dar la vuelta al mundo, sin saber cómo. El abrazo de la amistad que se me cruza en el camino, el color del mar, la arena blanca, y recordar tus ojos en el horizonte, son juegos que se oponen a la realidad. Los pies dibujan el camino, el mar lo borra ó lo sella para siempre. Las risas de estos momentos serán por siempre dibujadas en este cuento. Tus dibujos, y tus palabras, volverán una y mil veces para acompañar las huellas solitarias que deje en el camino de esta arena”.
Y así, el día siguiente llegó, y la vuelta fue una nueva aventura, volviendo en una moto, los tres y una mochila. Sí, los tres y una mochila en una moto. Luego de regatear tanto un precio, volvimos de esa forma con la esperanza de ver Real Madrid vs Barcelona. Cruzamos en una canoa un río, y volvimos en un colectivo local, en una hora hasta la ciudad. Para llegar a ver un partido que ya se había jugado hace 2 horas. No tuvimos más alternativa que ir por unas cervezas, y olvidarnos de todo. Otra vez en la ciudad, a seguir esperando por el velero que nos cruce a Panamá…

Lima

Luego de 20 horas en un micro parecido a un samba, donde las curvas y contracurvas entre precipicios generaban un baile de cabezas coordinadas entre las filas de pasajeros, donde la niebla y la oscuridad atentaban contra cualquier indicio de claustrofobia, y donde sólo quedaba encomendarse a todos los dioses del camino, sobreviví a otro viaje más, y llegué a la ciudad de Lima. Un taxi se mezcló entre un océano de autos y bocinas en hora pico, donde pude ver la ansiedad de la gente para ir a trabajar, con sus trajes, y sus relojes que indicaban –seguramente- otra llegada tarde. Y me volvían a la mente las imágenes de la gente que a lo largo de mi viaje, trabajaba en su tierra, para obtener su alimento, sin relojes, sin tiempo, y siempre en familia. Contrastes del camino. Luego de tanto tiempo entre montañas, y de sus males de altura, los barrios Miraflores y Barranco, fueron una tentación para mis pies. Horas y horas caminando por su costanera, mirando el horizonte del Océano Pacífico, disfrutando de un clima cálido, como esperando a un barco que llegara de otro continente, pensando en todo, y pensando en nada. Me senté a escribir frente al mar, encontrando esos tiempos para expresar estas cosas que siento. Y me puse a imaginar mi viaje, dibujarlo de a poco, con miles de ideas, de cambios, de aventuras. Recordando a toda esa gente linda que conocí, y con ansias de conocer a esa gente que seguro se va a cruzar en este camino. Y de tanto pensar, el sol se cansó de iluminar. Los atardeceres en el mar sólo pueden estar acompañados de nostálgicos pensamientos que no conducen a otra cosa que a recordar a alguien. Más cuando uno está lejos de casa, y lejos de todo. Si pensar en alguien sólo trajera tristeza, lo único que lograría ese sol sería nublar los ojos. Sólo si ese pensar en alguien, movilizara a conectarse a la distancia, pues vale la pena un nostálgico atardecer. Este sol del Pacífico, que seduce con su lenta caída al mar, moviliza ese recuerdo de un abrazo y lo transporta en el tiempo. Y con ese abrazo, se fue otro día más de este viaje, un día para pensar en todo, y para pensar en nada.

Dibujando Machu Picchu

Cómo describir la sensación de cumplir un sueño? El reloj anunciaba las 4:20 de la mañana, pero ya estaba despierto. La ansiedad de empezar el día me hizo levantar de la cama con muchas ganas de salir a caminar. Todavía era de noche, y comencé el camino por las calles de Aguas Calientes bajo una lluvia torrencial. Caminar en la oscuridad, viendo a lo lejos algún foco de luz que devolvía la imagen de la cantidad de agua que caía, sólo me hacía más feliz. Porque pensaba que era una lluvia distinta, era la lluvia que me conectaba con mi pasado, con esos momentos de la vida en los que soñé vivir este día. Me reía, cantaba y abría los brazos agradeciendo al cielo. Las lágrimas se confundían con la lluvia y terminaban siendo lo mismo. Y de tanto pensar, y subir escalones entre un camino de selva, la claridad del día empezó a mostrar las nubes bajas que cubrían todo el paisaje. La lluvia dejó de ser lluvia y pasó a ser niebla. El cansancio no podía vencerme, y la cabeza daba órdenes de no parar. Entre senderos de piedra interminables, -finalmente-, subí la vista hacia un horizonte imaginario que creaban las nubes, y como si alguien pasara un borrador despejando el cielo, surgió el imponente Wayna Picchu. Sentado frente a esa imagen, me sentí abrazado a todas las personas que quiero. Fue un momento de paz, de entender que la vida es mucho más que vivir en ese sistema que nos hace relegar nuestros sueños. Y que tomar la decisión de vivir, de atrapar tus sueños, puede traducirse en momentos como este.

Subir hasta la cima del Wayna Picchu fue una tarea exigente, pero con un premio mayor: una vista aérea de Machu Picchu, sintiendo el sonido del río, viendo el blanco de las nubes cambiar de tonos por todos los picos de la montaña, y sentir la energía de un lugar sagrado, donde el sol seguirá gobernando por siempre. Viajar en el pasado e imaginar a ese imperio caminando por esos pasillos angostos, trabajando la tierra, labrando la piedra, adorando al sol, estudiando el cielo, y conectándose con las cuatro regiones del Tahuantinsuyo es una forma de conectarse con el lugar. Un imperio que respetaba a la tierra, tanto como al sol. Que creía en el cóndor, el puma y la serpiente como los símbolos del cielo, la tierra y el inframundo. Me hace pensar en qué hubiera pasado si la historia hubiera sido diferente. Si la codicia del hombre no hubiera entorpecido este sistema. En preguntarme cómo sería el mundo si este imperio hubiese avanzado. Si en vez de computadoras, autos y televisión, el mundo hubiera avanzado en espíritu, entendiendo y respetando la tierra y el cielo. Quizás son muchas preguntas para este día. Mejor me dejo llevar, disfrutando de cada bocanada de aire. No paro de mirar cada detalle, como una forma de querer guardar este momento por siempre. Cierro los ojos. Me imagino recordando esta imagen en el futuro. Los abro. Y vuelvo a verla. Me sorprendo. Sí, lo estoy viviendo. Y me río. Y no puedo parar de reírme…

 

 

 

Copacabana

Hoy comencé el día con una lluvia torrencial en La Paz, y tomé el colectivo a las 8:00 am a Copacabana. Al rato de salir el cielo se fue abriendo, y pude ver las afueras de La Paz, una inmensidad de construcciones sobre toda la montaña. Luego de un par de horas de curvas y contracurvas, el paisaje cada vez se fue poniendo más increíble… Acercándonos al Lago Titicaca, las plantaciones y las familias trabajando la tierra hacían del paisaje una postal inolvidable. Cruzamos el lago y a la media hora llegamos a Copacabana, un pueblo a 3800 metros de altura muy lindo que hace de puerta a la Isla del Sol. Costó pero llegué a la cima del Cerro del Calvario donde se puede ver el horizonte del lago Titicaca y unas hermosas vistas de Copacabana. Mañana, a salir temprano a la Isla del Sol! 🙂