Bogotá

Qué decir de Bogotá? Con su caos normal de cualquier ciudad grande. Con sus bocinas que parecen multiplicarse. Subirse al transmilenio, que cruza toda la ciudad (y no te pases de la parada como yo!). Caminar por La Candelaria con Marce y con Dani haciendo de guía, evitar las entradas a las Iglesias, cruzar esa plaza con tanta historia, tomar un café Juan Valdéz en una esquina, caminar por el barrio La Macarena y su pintoresca Plaza de Toros. Caminar por la peatonal, viendo trabajar a los grafiteros ó a algún saxofonista –que genera inspiración en la imaginación de Daniel para generar historias- jaja. Pero para mí, Bogotá fue vivir en La Vachela. Subir sus escaleras y entrar a la casa de Guadi, Marce, Pulé, Ana y Cristian es cargarse todo el tiempo de buena onda. Llegar a la terraza y acostarse en una hamaca, ver los edificios a lo lejos, tomar una cerveza, o simplemente escuchar a estos personajes criticar a sus vecinos de enfrente, es garantizar las risas. Organizar una fiesta en Bogotá, donde te reciban con Fernet y Coca, y la encargada de la música sea fanática de Rodrigo, es sólo pura felicidad. Reencontrarme con Guadi, y volver a recordar esos momentos de la secundaria que el tiempo no va a poder borrar. Y agradecerle una y mil veces por recibirme siempre con tanta onda, como a la loca linda de Marce, con sus pilas paisas, y que siempre se encargó de dibujarme una sonrisa (y de devolverme las ganas de dibujar). Simplemente a todos, les digo GRACIAS! 🙂

 

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Arequipa

La “Ciudad Blanca” nos recibió con su eterno custodio: el volcán Misti de fondo. Como llegamos casi de noche, ya pudimos organizarnos para subir al Cañon del Colca al otro día. Y a la vuelta, tuvimos un par de días para disfrutar de una ciudad muy colonial, con una Iglesia de las más grandes que ví que asustaba, como para que quede claro quién era el dios que mandaba. Arequipa es la ciudad más grande de Perú después de Lima, pero muy bien distribuida y lo que más nos llamó la atención fue que casi no existian terrenos libres sin cultivar. A veces uno cree que esta en el campo y esta en plena ciudad. Una frase que simboliza a Arequipa en uno de sus arcos es “Ciudad con fisiología de semilla, pues donde cae un desacierto, brota enseguida una revolución”.

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Puno

En la tierra de los uros, bajo una lluvia torrencial, con Pablo y Bruno visitamos las Islas, pero el clima no nos permitió ver a la comunidad con su vida habitual (y menos sacar buenas fotos). De todas formas fue increíble ver las construcciones sobre islas de juncos. El pueblo Uro, que hoy vive prácticamente del turismo y de la venta de sus artesanías asombra con su forma de vida. Poseen sólo lo necesario para vivir, porque si tienen demasiado se hunden. Y así como en la vida, nos enseñan que cuanto menos necesitamos, más felices somos… La ciudad de Puno, con su inmensa catedral con su típica Plaza de Armas, su arquitectura colonial, sus claustrofóbicas calles, y con sus veredas casi inexistentes, terminan siendo una postal Latinoamericana. Las moto taxis, su peatonal, sus vendedoras ambulantes, su mercado central… y caminar bajo la lluvia, reflejarse en su historia, y seguir emocionándose con cada detalle. A cada paso, respirar el aire del pueblo, y a seguir dibujando el camino.

 

Copacabana

Hoy comencé el día con una lluvia torrencial en La Paz, y tomé el colectivo a las 8:00 am a Copacabana. Al rato de salir el cielo se fue abriendo, y pude ver las afueras de La Paz, una inmensidad de construcciones sobre toda la montaña. Luego de un par de horas de curvas y contracurvas, el paisaje cada vez se fue poniendo más increíble… Acercándonos al Lago Titicaca, las plantaciones y las familias trabajando la tierra hacían del paisaje una postal inolvidable. Cruzamos el lago y a la media hora llegamos a Copacabana, un pueblo a 3800 metros de altura muy lindo que hace de puerta a la Isla del Sol. Costó pero llegué a la cima del Cerro del Calvario donde se puede ver el horizonte del lago Titicaca y unas hermosas vistas de Copacabana. Mañana, a salir temprano a la Isla del Sol! 🙂

Cruzando a Bolivia

El miércoles 9/1 llegué a La Quiaca desde Salta a las 8:00 am. Pude cruzar la frontera luego de unas 3 horas y con algunos argentos nos caminamos todo Villazón buscando cambiar pesos bolivianos, los cuales estaban mas caros que el peso argentino (0,955), después me fui caminando unas 10 cuadras hasta la estación de tren, en la cual estuve alrededor de 6 horas leyendo y durmiendo siestas… Pero la aventura comenzó con el tren. Un tren muy lindo, y muy cómodo, pero al que le fallaron los motores por las inundaciones en la via a las 11 de la noche -mucho antes de hacer la mitad del tramo (antes de llegar a Atocha)- y pasamos toda la noche varados bajo una tormenta y a plena oscuridad en el medio de la nada misma… la gente protestando, pero para mí era increíble estar en Bolivia escuchando la lluvia en un tren… especial para pensar y pensar… y leer… en conclusión, estuvo buenisimo porque llegamos a la mañana a Uyuni (de otra forma hubieramos llegado a la 1 de la mañana)… y salimos al salar… que evoca el mismo cielo… alucinante!!!!

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No podía dejar de sacarle la foto a un hospedaje con este nombre…

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El paso fronterizo de Villazón-La Quiaca.

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