Guardalavaca – Holguín

Llegamos ya pasadas las 23:00 hs a Guardalavaca, desde Baracoa, donde algunos caminos eran apenas transitables, pero despacito, logramos llegar. Como es nuestra costumbre no planificar llegamos sin reserva de nada y preguntamos en una estación de servicio si conocía a alguien que tuviera alguna habitación. Y dimos con una señora que nos llevó al medio de la nada, y nos quería cobrar fortuna, así que le agradecimos pero nos fuimos a seguir buscando. Ya a la medianoche vimos un cartelito en un cuarto piso de un edificio que aceptaban turistas y nos mandamos a tocar el timbre por unas escaleras a media luz. Una señora misteriosa de pocas palabras nos muestra una habitación ambientada con cortinas doradas como un hotel 5 estrellas (con unas toallas dobladas con forma de cisnes sobre la cama). Nos dice el precio (algo así como 25 dólares) y nos quedamos.

Al otro día por la mañana salimos para la playa pensando en partir al mediodía para Trinidad, pero al llegar, nos gustó mucho la playa, encontramos una sombrilla de hojas de palmera y no nos pudimos ir de la paz que encontramos… decidimos quedarnos todo el día a leer y dibujar, tomar ron y ver el atardecer en el mar.

Ya por la noche nos fuimos hasta Holguín donde pasamos la noche en otra casa de familia y ya temprano salimos para Trinidad.

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Barú

Sentados en un banco de una plaza, hablando con viejitos que le daban maiz a las palomas, esperando en Cartagena por cruzar a Panamá (o no), tomamos la decisión de viajar a la Isla Barú. Una lancha rápida, luego de regatear muchos precios y lograr un almuerzo gratis -pero soportar que nos tengan de rehenes en un acuario al cual no entramos-, llegamos a la Isla. Compramos cinco litros de agua, de los cuales sobraron cuatro, pero nos quedamos cortos con las galletitas y el fiambre. Pero gastamos toda nuestra fortuna en cervezas, fieles testigos de nuestras charlas de mar, en donde el tiempo no parece pasar. Las risas y los vendedores ambulantes se mezclan en la tarde, y hacer la plancha en el mar turquesa es una ley que inventamos para no morir hasta la noche. El sol traicionero te quema sin avisarte, pero la sombra del parador nos ayuda a enfrentarlo. La tarde es un buen momento para escribir, y dibujar, y pensar en que el tiempo no pasa, ó sólo es un momento en la vida. Y quizás pensar no es lo aconsejado, porque terminan escribiéndose cosas como éstas:
“Quizás el tiempo parece volver, en ésta mágica tierra colombiana. Pensar que alguna vez pisé esta isla y pensé en volver, y mis pies hoy la pisan otra vez. La nostalgia no juega su juego, porque acá estoy, pensando en dar la vuelta al mundo, sin saber cómo. El abrazo de la amistad que se me cruza en el camino, el color del mar, la arena blanca, y recordar tus ojos en el horizonte, son juegos que se oponen a la realidad. Los pies dibujan el camino, el mar lo borra ó lo sella para siempre. Las risas de estos momentos serán por siempre dibujadas en este cuento. Tus dibujos, y tus palabras, volverán una y mil veces para acompañar las huellas solitarias que deje en el camino de esta arena”.
Y así, el día siguiente llegó, y la vuelta fue una nueva aventura, volviendo en una moto, los tres y una mochila. Sí, los tres y una mochila en una moto. Luego de regatear tanto un precio, volvimos de esa forma con la esperanza de ver Real Madrid vs Barcelona. Cruzamos en una canoa un río, y volvimos en un colectivo local, en una hora hasta la ciudad. Para llegar a ver un partido que ya se había jugado hace 2 horas. No tuvimos más alternativa que ir por unas cervezas, y olvidarnos de todo. Otra vez en la ciudad, a seguir esperando por el velero que nos cruce a Panamá…