Una mochila menos

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9 de Febrero 

Estoy en la comisaria de Iquitos. Me acaban de robar todo: pasaporte, camara, la plata para seguir, pero lo que mas duele es perder todas las fotos del viaje… Al menos tenia encima la billetera con mi DNI, con eso creo que safo. Igual, tranquilo, todo se da por alguna razon. Nadie me va a quitar la felicidad de este viaje. Aunque la denuncia en una comisaria de Peru sea peor que haber sido robado y el sospechoso dentro de poco soy yo! …

11 de Febrero

Hoy estoy con todas las pilas de nuevo! Ayer, entre denuncias y trámites, recorrí los suburbios de Iquitos, entrando en lugares que nunca imaginé, hablando con los capo mafias (las pirañas), intentando recuperar mi pasaporte (eso si que fue extremo!) y recorriendo radios (que consistían en altoparlantes en terrazas que se escuchaban a varias cuadras a la redonda) para anunciar recompensa si aparece. Ahora me voy a lo que vine: a recorrer el Amazonas, y mucho más liviano, ahora no tengo nada que me roben!!! jaja… esta noche duermo en el medio de la selva y vuelvo mañana a Iquitos. El martes salgo en una lancha que tarda 10 horas hasta Leticia, Colombia. Y adelanté el vuelo para el miércoles hacia Bogotá, para ir al consulado. Y por suerte tengo mi cámara viejita de repuesto, así que todo se va solucionando!!! Un abrazo para todos

13 de Febrero

Luego de navegar unos 600 km por el río Amazonas, finalmente llegué a la triple frontera Perú-Brasil-Colombia. La aventura se puso más interesante cuando en migraciones de Perú me indicaban que debía volver a Iquitos (600 km) para generar el papel migratorio (dado que al no tener pasaporte, y el papel de ingreso) ellos no contaban con sistema y no podían emitir un permiso de salida. Finalmente, decidí cruzar a Colombia sin ese permiso de salida, en una balsa de madera por 5 soles, (porque prefería caer preso antes que volver a Iquitos!). Me subí a una moto (acá las motos funcionan como taxis) hasta la oficina de migraciones en el aeropuerto y, por suerte, -del lado Colombiano- encontré a un oficial de migración con criterio (gracias Milton!), al cual le expliqué toda mi situación, le mostré la denuncia y me contestó “no te preocupes, yo te emito la carta andina porque te creo todo, pero tuviste suerte porque si venías mañana y estaba mi jefe, te hacía volver a Iquitos a buscar el permiso”… Ahora ya estoy instalado en Leticia, Colombia, con los papeles en orden y esperando al vuelo de mañana hacia Bogotá. Hoy me había levantado con toda la onda para que el día terminara bien, y como la buena onda, genera buena onda… todo terminó bien!… y contento de haber cruzado a Colombia!!! abrazo a todos!

 

Denuncia Policial que me tomaron en una comisaría cercana a uno de los puertos de Iquitos.

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Lima

Luego de 20 horas en un micro parecido a un samba, donde las curvas y contracurvas entre precipicios generaban un baile de cabezas coordinadas entre las filas de pasajeros, donde la niebla y la oscuridad atentaban contra cualquier indicio de claustrofobia, y donde sólo quedaba encomendarse a todos los dioses del camino, sobreviví a otro viaje más, y llegué a la ciudad de Lima. Un taxi se mezcló entre un océano de autos y bocinas en hora pico, donde pude ver la ansiedad de la gente para ir a trabajar, con sus trajes, y sus relojes que indicaban –seguramente- otra llegada tarde. Y me volvían a la mente las imágenes de la gente que a lo largo de mi viaje, trabajaba en su tierra, para obtener su alimento, sin relojes, sin tiempo, y siempre en familia. Contrastes del camino. Luego de tanto tiempo entre montañas, y de sus males de altura, los barrios Miraflores y Barranco, fueron una tentación para mis pies. Horas y horas caminando por su costanera, mirando el horizonte del Océano Pacífico, disfrutando de un clima cálido, como esperando a un barco que llegara de otro continente, pensando en todo, y pensando en nada. Me senté a escribir frente al mar, encontrando esos tiempos para expresar estas cosas que siento. Y me puse a imaginar mi viaje, dibujarlo de a poco, con miles de ideas, de cambios, de aventuras. Recordando a toda esa gente linda que conocí, y con ansias de conocer a esa gente que seguro se va a cruzar en este camino. Y de tanto pensar, el sol se cansó de iluminar. Los atardeceres en el mar sólo pueden estar acompañados de nostálgicos pensamientos que no conducen a otra cosa que a recordar a alguien. Más cuando uno está lejos de casa, y lejos de todo. Si pensar en alguien sólo trajera tristeza, lo único que lograría ese sol sería nublar los ojos. Sólo si ese pensar en alguien, movilizara a conectarse a la distancia, pues vale la pena un nostálgico atardecer. Este sol del Pacífico, que seduce con su lenta caída al mar, moviliza ese recuerdo de un abrazo y lo transporta en el tiempo. Y con ese abrazo, se fue otro día más de este viaje, un día para pensar en todo, y para pensar en nada.

Putucusi: la escalera de todos los miedos.

 

 

Parado frente a una escalera vertical en la montaña, intentando adivinar dónde termina en su ascenso, con escalones de madera viejos y resbaladizos, y un cartel que anuncia que el camino se encuentra clausurado, puede ayudar a que te hagas muchas preguntas. Las opciones son retroceder ó enfrentarla. El instinto de supervivencia-lógico te presiona a la retirada, pero si te vas, te perdés una de las mejores vistas de tu vida. Y no tenés otra opción que este momento. Me puse a imaginar si subiendo esta escalera podría enfrentar todos mis miedos juntos. Tomando esta escalera como símbolo de todos mis temores, -súbitamente-, me dieron ganas de enfrentarla.  Y escalón tras escalón, sin mirar para abajo y con esfuerzo, llegué hasta la cima. Si esa escalera me hubiera obligado a retroceder, me hubiera perdido ésta majestuosa vista de Machu Picchu… y me pregunto cuántas veces en la vida tenemos éstas “escaleras” disfrazadas de cosas que nos llenan de miedos y por no enfrentarlos, nos perdemos de cosas maravillosas…

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Dibujando Machu Picchu

Cómo describir la sensación de cumplir un sueño? El reloj anunciaba las 4:20 de la mañana, pero ya estaba despierto. La ansiedad de empezar el día me hizo levantar de la cama con muchas ganas de salir a caminar. Todavía era de noche, y comencé el camino por las calles de Aguas Calientes bajo una lluvia torrencial. Caminar en la oscuridad, viendo a lo lejos algún foco de luz que devolvía la imagen de la cantidad de agua que caía, sólo me hacía más feliz. Porque pensaba que era una lluvia distinta, era la lluvia que me conectaba con mi pasado, con esos momentos de la vida en los que soñé vivir este día. Me reía, cantaba y abría los brazos agradeciendo al cielo. Las lágrimas se confundían con la lluvia y terminaban siendo lo mismo. Y de tanto pensar, y subir escalones entre un camino de selva, la claridad del día empezó a mostrar las nubes bajas que cubrían todo el paisaje. La lluvia dejó de ser lluvia y pasó a ser niebla. El cansancio no podía vencerme, y la cabeza daba órdenes de no parar. Entre senderos de piedra interminables, -finalmente-, subí la vista hacia un horizonte imaginario que creaban las nubes, y como si alguien pasara un borrador despejando el cielo, surgió el imponente Wayna Picchu. Sentado frente a esa imagen, me sentí abrazado a todas las personas que quiero. Fue un momento de paz, de entender que la vida es mucho más que vivir en ese sistema que nos hace relegar nuestros sueños. Y que tomar la decisión de vivir, de atrapar tus sueños, puede traducirse en momentos como este.

Subir hasta la cima del Wayna Picchu fue una tarea exigente, pero con un premio mayor: una vista aérea de Machu Picchu, sintiendo el sonido del río, viendo el blanco de las nubes cambiar de tonos por todos los picos de la montaña, y sentir la energía de un lugar sagrado, donde el sol seguirá gobernando por siempre. Viajar en el pasado e imaginar a ese imperio caminando por esos pasillos angostos, trabajando la tierra, labrando la piedra, adorando al sol, estudiando el cielo, y conectándose con las cuatro regiones del Tahuantinsuyo es una forma de conectarse con el lugar. Un imperio que respetaba a la tierra, tanto como al sol. Que creía en el cóndor, el puma y la serpiente como los símbolos del cielo, la tierra y el inframundo. Me hace pensar en qué hubiera pasado si la historia hubiera sido diferente. Si la codicia del hombre no hubiera entorpecido este sistema. En preguntarme cómo sería el mundo si este imperio hubiese avanzado. Si en vez de computadoras, autos y televisión, el mundo hubiera avanzado en espíritu, entendiendo y respetando la tierra y el cielo. Quizás son muchas preguntas para este día. Mejor me dejo llevar, disfrutando de cada bocanada de aire. No paro de mirar cada detalle, como una forma de querer guardar este momento por siempre. Cierro los ojos. Me imagino recordando esta imagen en el futuro. Los abro. Y vuelvo a verla. Me sorprendo. Sí, lo estoy viviendo. Y me río. Y no puedo parar de reírme…

 

 

 

Arequipa

La “Ciudad Blanca” nos recibió con su eterno custodio: el volcán Misti de fondo. Como llegamos casi de noche, ya pudimos organizarnos para subir al Cañon del Colca al otro día. Y a la vuelta, tuvimos un par de días para disfrutar de una ciudad muy colonial, con una Iglesia de las más grandes que ví que asustaba, como para que quede claro quién era el dios que mandaba. Arequipa es la ciudad más grande de Perú después de Lima, pero muy bien distribuida y lo que más nos llamó la atención fue que casi no existian terrenos libres sin cultivar. A veces uno cree que esta en el campo y esta en plena ciudad. Una frase que simboliza a Arequipa en uno de sus arcos es “Ciudad con fisiología de semilla, pues donde cae un desacierto, brota enseguida una revolución”.

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Puno

En la tierra de los uros, bajo una lluvia torrencial, con Pablo y Bruno visitamos las Islas, pero el clima no nos permitió ver a la comunidad con su vida habitual (y menos sacar buenas fotos). De todas formas fue increíble ver las construcciones sobre islas de juncos. El pueblo Uro, que hoy vive prácticamente del turismo y de la venta de sus artesanías asombra con su forma de vida. Poseen sólo lo necesario para vivir, porque si tienen demasiado se hunden. Y así como en la vida, nos enseñan que cuanto menos necesitamos, más felices somos… La ciudad de Puno, con su inmensa catedral con su típica Plaza de Armas, su arquitectura colonial, sus claustrofóbicas calles, y con sus veredas casi inexistentes, terminan siendo una postal Latinoamericana. Las moto taxis, su peatonal, sus vendedoras ambulantes, su mercado central… y caminar bajo la lluvia, reflejarse en su historia, y seguir emocionándose con cada detalle. A cada paso, respirar el aire del pueblo, y a seguir dibujando el camino.