Ella es feliz dibujando. Cuando no encuentra papel y un marcador, empieza a dibujar en su cabeza. Tiene millones de ideas, cómics, fanzines, y cosas que quiere crear. Y cuando los termina, llega el jueves del market y le saca una sonrisa a la gente del lugar. Ésta es la Pilla en su puesto de la feria. Nuestro meta siempre fue vivir dibujando. Esto es perseguir un sueño. Allá vamos…

Francesca´s – Wood Fired Pizza – Wanaka

Ésta es la pizzería del pueblo. Es un trailer con un horno, dentro de un terreno con canchitas de golf y en el fondo una zapatería…

Francescas

Home sweet home

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El invierno de Wanaka se hace largo… trabajamos de miércoles a domingo de 7am a 4pm, es decir, lo que dura el día, y cuando salimos despedimos al sol que se deja ver poco en ésta latitud 45º. El termómetro a veces marca 10 grados negativos y te empuja a meterte en la casa a prender la chimenea (cuando no hay leña es una tragedia que se combate con estufa a gas de garrafa). Una vez que la casa se empieza a calentar ya no se sale más hasta el otro día, y es el mejor momento para sentarse y dibujar… ésa es nuestra forma de viajar mientras estamos en un mismo lugar. Y ésta es la representación de ése momento que algún día recordaremos con nostalgia… ah, claro, la casa sólo se limpia los fines de semana…

Dibujando por las rutas de Nueva Zelanda

Hace más de un año que llegamos a éste pueblo, y si bien siempre sentimos que estábamos de viaje, estuvimos un año sin viajar. Después de trabajar duro, finalmente pudimos comprar un auto para hacer el viaje que queríamos. Pero la ansiedad de viajar hizo que adelantáramos todo: vimos una ruta posible, otra y otra, hasta que decidimos salir desde Wanaka hacia el norte por la costa oeste (west coast). Cinco días antes nos miramos y nos dijimos… “yo no aguanto cinco días más, ¿y si nos vamos mañana?”. Y así fue, al otro día nos levantamos, y aquella ruta que teníamos prevista tomar, anunciaba alerta meteorológico por lluvias y vientos intensos, que luego fueron cortes de ruta por derrumbes y demás. Cambiamos rumbo, y salimos por el lado que teníamos que volver. Screen Shot 2015-04-21 at 11.26.26 AM

La cadena montañosa que cruza la isla sur de Nueva Zelanda de norte a sur, cumplió su función de barrera e increíblemente hizo que el sol nos acompañara durante todo el día. Paramos en el camino en Lake Pukaki a contemplar y dibujar el Mount Cook, el pico más alto de Nueva Zelanda.

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Y luego de paisajes pintados de miles de tonos de verdes,  llegamos a Christchurch: ciudad, autos por todos lados, tráfico y ver el primer semáforo luego de un año fue muy raro, ya que en Wanaka no existe ni uno sólo. Con el plan de evadir las ciudades grandes , salimos con el atardecer hacia Akaroa. Eran sólo 80 km, pero nunca pensamos que el camino fuera tan difícil como increíble. Curvas, contracurvas, para un lado, para el otro, interminables, y a eso se sumaba la noche, que el tanque ya estaba en reserva, y las subidas se hacían infinitas.

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Con el último olor a nafta llegamos a la estación de servicio… pero estaba cerrada. Cuando ya estaba maldiciendo al cielo, veo que existe un cargador automático, es decir, uno pone la tarjeta, carga y se lo debitan (oh! sí, para mí toda una novedad!). Buenísimo! pongo la tarjeta y el monitor me responde “fondos insuficientes”… No puede ser! le quería pegar como a las máquinas que te venden latas de coca. Pero claro, nos habíamos olvidado de pasar la poca plata que teníamos de una cuenta a la otra, y la tarjeta sólo toma fondos de una sola cuenta. Con lo cual, debíamos conseguir wifi para pasar la plata y poder cargar. Finalmente llegamos a un restaurante tailandés, nos pedimos un café, le pedimos la clave, hicimos la transacción, y volvimos hasta la estación de servicio a cargar combustible… luego de eso, estuvimos un rato largo buscando un camping para dormir en el auto y terminamos durmiendo en una bahía muy tranquila, donde el mar parecía un lago. Sí, así viajamos nosotros,  somos la antítesis de todos los viajeros organizados.

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Akaroa es un pequeño pueblo en una península donde sus primeros habitantes fueron franceses, y así quedó en el tiempo, con casitas estilo francés, calles en francés y hasta la bandera de Francia en el centro. Nos quedamos todo el día dibujando, escribiendo y disfrutando del pueblo, donde su faro de madera te recuerda todo el tiempo que es un pueblo de mar, aunque uno sienta que sus montañas encierran un lago más.

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Llegó el momento de seguir viaje. Nos levantamos temprano porque al mediodía jugaba el glorioso River Plate y quería ver el partido (claro que por internet). Hicimos los sinuosos 80 km hasta Christchurch, paramos a comprar yerba en un supermercado chino (sí, pusimos en un grupo de argentinos en facebook dónde podíamos conseguir y nos dieron la dirección de un súper chino). Cuando vamos a pagar, no encuentro la billetera. La billetera quedó en el camping de Akaroa. Volver a buscarla por la misma ruta sinuosa, no tiene precio. Al menos, al llegar, podría ver el partido en el restaurante tailandés donde funcionaba bien wifi. Sin tener en cuenta que al llegar, también había llegado un crucero con mil japoneses que habían llenado cada rincón de Akaroa con sus smartphones sedientos de internet. No pude verlo. Para colmo River perdía 2 a 0 y estaba quedando afuera de la copa. Todo mal. Con ese resultado decidimos seguir viaje, cargar nafta y volver a cruzar el camino sinuoso y seguir disfrutando del viaje. En pocos minutos mi viejo me mandó dos mensajes con buenas noticias: River había empatado sobre la hora y grité los goles cargando nafta. Llegamos por la noche a Kaikoura -entre la lluvia y caminos estresantes para manejar por las curvas de montaña, caminos angostos y los camiones que aparentan no tener frenos- con la esperanza de ver las ballenas que no pudimos ver en la Patagonia por el frío polar. Nos levantamos temprano una vez más y salimos a desayunar frente al mar.

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De lejos parecían verse ballenas, pero era todo una ilusión óptica creada por rocas gigantes y el mar (y también porque soy ciego). A la hora de la verdad, para verlas había que pagar excursiones en lancha para entrar en alta mar, algo inalcanzable para nuestro acotado presupuesto. Al menos nos alegramos por ver unos simpáticos lobos marinos gratis que posaban para nosotros los turistas japoneses. Pero algo mejor nos esperaba, porque desde ahí empezamos a caminar por un sendero majestuoso, por campos que bordeaban el Pacífico, recorriendo colores, texturas y cielos que nos hacían imaginar dentro de cuadros de Van Gough.

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Disfrutamos tanto de esos senderos que ya no recordábamos que era un lugar para ver ballenas. Almorzamos galletitas de agua con queso, con la brisa del mar, y una vista memorable. Uno de los tantos momentos en que recordamos el porqué de la decisión de viajar. Para recordar y dibujar éstas cosas. Esa es la idea. Algún día todos estos momentos se transformarán en una sucesión de imágenes creadas por lápices y marcadores con nuestra propia visión de las cosas.

Con el atardecer, el cielo se cubrió de tonos grises oscuros y la lluvia nos obligó a buscar refugio. Para nuestra suerte,  encontramos un camping con jacuzzi gratis (una especie de bañadera de agua caliente) y nos metimos bajo la lluvia y el frío. Nos vinieron a sacar después de horas, porque no podíamos creer el lujo que nos estábamos dando en un camping.

Al día siguiente, acomodamos la brújula, subimos las velas y el viento nos llevó hasta Picton, pasando por la zona de viñedos que más tarde visitaríamos, pero antes debíamos cruzar a la isla norte, visitar la embajada de Argentina en Wellington, y reclamar un maldito certificado policial solicitado por migraciones para renovar la visa de trabajo.

Encontramos un camping bajo unas vías del tren, y al otro día subimos al ferry que cruzaba de isla sur a isla norte. Gran parte del trayecto se hace entre montañas con estrechos angostos, regalando paisajes con mezcla de verdes, rojos, naranjas y amarillos reflejados en el mar verde-gris que disfrutábamos desde la proa del barco. Hasta que el viento nos empujó para adentro y nos sentó a dibujar.

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Llegamos a Wellington, aunque cueste creer que una ciudad tan pequeña sea la capital de éste país. Lo que sí no teníamos duda de que era la capital del viento. Llegamos al centro y conseguimos una habitación en el hostel Waterloo.

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Durante el día, entre trámites de embajada y presentación de papeles en migraciones, nos sentamos a dibujar en el puerto, contemplando las casitas que trepan las montañas, entre edificios, grúas, veleros, barcos e inmensos transatlánticos.

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Al otro día nos preparamos para subir al ferry de vuelta hacia la isla sur. La aventura comenzó cuando quisimos ahorrarnos 4 dólares y llegar caminando al puerto, cosa que calculamos mal y llegamos 20 minutos tarde, pero por suerte, el ferry estaba con retraso por el mal tiempo. Pero no llovía, sólo había viento, por eso nos aconsejaron que compráramos unas pastillas para el mareo, lo cual desestimamos, como si nuestra experiencia en el mar fuera amplia. A eso le sumamos dos cervezas y un plato de fideos antes de salir. A los pocos minutos el barco parecía un parque de diversiones (del terror claro), teníamos que agarrarnos de todos lados para no caernos, la gente buscaba bolsas para vomitar, las olas pegaban en las ventanas, yo tratando de conseguir un agua mineral para Marce que también estaba “guardando” los fideos en una bolsa. Estabamos dentro de un lavarropas, mientras un viejito no tuvo mejor idea que levantarse con su bastón para ir al baño, y voló 3 metros, lo voy a ayudar a levantarse y me piden que no lo levante, que sólo los paramédicos del barco podían intervenir. A los 5 minutos llegan con una camilla inflable y entre 6 personas lo llevan a la sala de auxilios. La aventura se ponía más emocionante al caer la noche y no poder ver el horizonte, pero entrando en la zona reparada por montañas el mar se fue tranquilizando y nos dio un respiro hasta llegar a Picton. Al viejito se lo llevaron en ambulancia y durante todo el día siguiente se suspendieron todos los cruces por las fuertes mareas.

Amanecimos en Picton (otra vez) pero con un día completamente soleado y como regalo de cumpleaños nos esperaban los viñedos de Malborough, la zona donde se producen la mayor cantidad de vinos de Nueva Zelanda. Como no era prudente manejar degustando vinos, pagamos por un tour de visitas a los viñedos. Nos pasó a buscar Ross en una camioneta, y para nuestra sorpresa, éramos los únicos del día, ya que al estar suspendido el cruce de ferry, todos cancelaron, excepto nosotros. Visitamos 5 viñedos distintos, y perdimos la cuenta de todos los vinos que tomamos. Estábamos en el paraíso. Pero el mejor de todos fue sin dudas la bodega Cloudy Bay, donde nos sirvieron una tabla de quesos y degustamos el mejor Sauvignon Blanc de nuestra vida.

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Por la noche terminamos de festejar mi cumpleaños dibujando y comiendo una pizza con cerveza en un bar con música latina.

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El día siguiente volvimos al bar para ver a mi glorioso River Plate clasificar históricamente y seguir festejando, y así seguir viaje hacia Nelson, de los pueblos más lindos que visitamos. Cenamos unos ricos crepes en un restaurante vegetariano francés y fuimos a un cine de 20 asientos de los cuales 15 estaban vacíos. Si hay algo que se disfruta en Nueva Zelanda es la escasez de multitudes. Pasamos la noche en nuestra máquina del tiempo bajo una multitud de estrellas. Y amanecimos frente al mar.

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Cuando pensábamos que ya habíamos visto los mejores paisajes, la ruta de Nelson a Westport nos hizo parar varias veces para sacar fotos. Encaramos la costa oeste por la tarde, y con una lluvia molesta visitamos los Pankakes, una formación rocosa que se convirtió en un atractivo turístico de la zona, pero disfrutamos mucho más un lugar al que sólo se llega caminando y no había nadie: una playa con unos acantilados y cavernas espectaculares.  Ya con las últimas luces llegamos a Greymouth, donde pasamos la noche frente al mar de Tasmania.

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El sol del otro día nos despertó para caminar por la playa de piedras y olas gigantes. Y salimos otra vez a la ruta, donde un rato después nos sorprendió un pequeño pueblo llamado Hokitika. Una costa con restos de troncos quemados, en la arena, a lo largo de toda la costa.

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Fox Glacier fue una parada corta, ya que la cantidad de gente, de helicópteros, y las ganas de llegar a casa nos ahuyentó para seguir andando. El viaje terminó con el atardecer en el mar, como cierre de unas vacaciones inolvidables.

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niños congelados

Tres semanas después de mi fracaso buscando trabajo como Barista llevé mi hoja de vida al único supermercado de este pueblo. Sumado a que no les entiendo en vivo y en directo me llamaron por teléfono, me preguntaron si me interesaba el trabajo y me dieron instrucciones precisas que después de darle vueltas y vueltas logré entender. Ahora soy un miembro mas de la familia del supermercado.

niños congelados

naked people

Mi mamá me enseñó que uno no va a la casa de nadie sin avisar y que uno no entra en una puerta cerrada sin tocar y sin esperar que le abran o que le den permiso de entrar, pero parece que en Nueva Zelanda ninguna mamá le enseñó eso a ningún hijo porque desde que estamos aquí la gente entra y sale como pedro (pancho en la versión argentina) por su casa. Tenemos un problema y es que como aquí en Wanaka no pasa nada de nada pues simplemente las puertas no tienen cerradura. Cuando nos pasamos para nuestra mini casa nos dieron la bienvenida y nos dijeron que la casa no tiene llave, ósea, directamente no tiene cerradura, no tiene el huequito donde uno mete la llave.

Pusimos un cartel en la puerta porque estábamos cansados de cualquiera entrara así no mas, sin pensar que somos una pareja, que somos jóvenes, que podemos estar desnudos, que la casa puede oler a loco o que simplemente no queremos visitas…

Aquí está el cartel.
“por favor toque la puerta, gente en pelota(s) adentro”.

-pilla-

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Wanaka

El 15 de enero -luego de que migraciones nos aprobara la visa una vez más por el lapso de 30 días- volvimos a Nueva Zelanda. Esta vez, a la isla sur. Volamos desde Melbourne a Christchurch. Pero no fue tan fácil. Llegamos al aeropuerto de Melbourne con el tiempo justo, y al hacer el check in nos piden un pasaje de salida en 30 días, sino Marce no podía subir al avión que debía abordarse en 15 minutos. Esta fue la única vez que no habíamos sacado un pasaje de salida porque ya teníamos un ticket abierto, pero no se conformaban con eso, así que salí corriendo por el aeropuerto a buscar una señal de wifi para comprar un pasaje. Por suerte, todo salió bien y finalmente pudimos subir al avión.
Llegamos a Christchurch, una ciudad en reconstrucción, con andamios y grúas por todos lados, recuperándose de un terremoto que sufrió hace un par de años. Recorrimos la ciudad en busca de gente, pero parecía una ciudad fantasma. Sólo nos quedamos un día y salimos con dirección sur en bondy. Un viaje que duró 10 horas hasta Wanaka, un pueblito hermoso, felices de volver a reencontrarnos con Cintia y Marce, y que -gracias a ellos-, tuvimos la suerte de conocer gente divina, dispuesta a ayudarnos. Así conocimos a Mel, a Dave, y a Dani, que sin conocernos, nos abrieron la puerta de su casa, y a los pocos días ya estaba trabajando en el sector de vinos de un supermercado.
Ahora, estamos a la espera de otra aceptación de visa, la cual se vence el 15 de febrero. Y la telenovela suma otro capítulo más y parece de nunca acabar. Pero poniéndole mucha onda para que todo salga bien.
Wanaka es un pueblito parecido a San Martin de los Andes, al sur de la isla sur de Nueva Zelanda, en el cual pensamos estar un tiempo (si migraciones nos permite).
Y acá estamos, felices de compartir momentos con amigos como Cintia y Marce y con las montañas que nos hacen sentir un poco en casa. Así que acá van algunas de las fotos y dibujos de estas dos semanas. Un abrazo para todos!