Hoy, hace cuatro meses salí de viaje

Hace cuatro meses salí de viaje, el 26 de octubre del 2013. Me han pasado miles de cosas que no les he contado porque no estaba en un lugar fijo y porque el internet a este lado del mundo es de lo peor. Ahora que estamos en esta linda casa que es lo mas parecido a una casa en el árbol con internet de verdad y me voy a desatrasar de todas mis historias… aquí van….

Yo vivía en Bogotá y después de tomar la decisión de salir de viaje empaqué todas mis cosas y me fuí para Medellín a la casa de mi mamá a pasar su cumpleaños y a disfrutar de Medellín. Aquí les dejo la historia de mi romance con el argentin, la panorámica desde el balcón de mami y la sala de su casa que es hermosa ♥ (me dió mamitis)

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Decime… en qué momento pasó todo esto

La semana pasada vimos esa casa que les conté que nos encantó, la chica recibió otros visitantes interesados y nos eligió a nosotros. Acaricié el gato, le dije “miau”, hicimos un par de chistes, unas sonrisitas y sin saber que estábamos en un concurso por la casa nos fuimos diciéndole que nos eligiera a nosotros que somos súper divertidos jaaaaa.

Finalmente nos llamó y nos dijo que nos había elegido, nosotros saltamos de felicidad y aquí estamos en nuestra nueva casa, viviendo juntos como una pareja estable y sedentaria jaaaa

vos y yo

Wanaka

El 15 de enero -luego de que migraciones nos aprobara la visa una vez más por el lapso de 30 días- volvimos a Nueva Zelanda. Esta vez, a la isla sur. Volamos desde Melbourne a Christchurch. Pero no fue tan fácil. Llegamos al aeropuerto de Melbourne con el tiempo justo, y al hacer el check in nos piden un pasaje de salida en 30 días, sino Marce no podía subir al avión que debía abordarse en 15 minutos. Esta fue la única vez que no habíamos sacado un pasaje de salida porque ya teníamos un ticket abierto, pero no se conformaban con eso, así que salí corriendo por el aeropuerto a buscar una señal de wifi para comprar un pasaje. Por suerte, todo salió bien y finalmente pudimos subir al avión.
Llegamos a Christchurch, una ciudad en reconstrucción, con andamios y grúas por todos lados, recuperándose de un terremoto que sufrió hace un par de años. Recorrimos la ciudad en busca de gente, pero parecía una ciudad fantasma. Sólo nos quedamos un día y salimos con dirección sur en bondy. Un viaje que duró 10 horas hasta Wanaka, un pueblito hermoso, felices de volver a reencontrarnos con Cintia y Marce, y que -gracias a ellos-, tuvimos la suerte de conocer gente divina, dispuesta a ayudarnos. Así conocimos a Mel, a Dave, y a Dani, que sin conocernos, nos abrieron la puerta de su casa, y a los pocos días ya estaba trabajando en el sector de vinos de un supermercado.
Ahora, estamos a la espera de otra aceptación de visa, la cual se vence el 15 de febrero. Y la telenovela suma otro capítulo más y parece de nunca acabar. Pero poniéndole mucha onda para que todo salga bien.
Wanaka es un pueblito parecido a San Martin de los Andes, al sur de la isla sur de Nueva Zelanda, en el cual pensamos estar un tiempo (si migraciones nos permite).
Y acá estamos, felices de compartir momentos con amigos como Cintia y Marce y con las montañas que nos hacen sentir un poco en casa. Así que acá van algunas de las fotos y dibujos de estas dos semanas. Un abrazo para todos!

la telenovela de mi visa

Esto va para todos los que me han preguntado o los que se han intrigado por el estatus de mi visa y de mi vida viajera.

Salí de Nueva Zelanda porque me habían dando la odiada “limited visa” de la que les había hablado antes, tenía que salir del país para pedir una nueva visa y nos fuimos para Australia a hacer todos los trámites.

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Mientras esperamos hicimos de todo; conocimos Sydney al derecho y al revés, Cristina nos llevó de paseo, hicimos picnics, viajamos en tren, llegamos a Melbourne, amamos Melbourne, visitamos a mi hermanito, (hicimos mil cosas mas que les contaré en otro comunicado) esperamos y esperamos hasta que finalmente tuvimos una respuesta. Me dieron una visa por un mes (otra vez). Compramos un tiquete a Nueva Zelanda, nos fuimos al aeropuerto y la chica del check-in nos dice que tengo que tener un tiquete de vuelta, que especialmente para los colombianos exigen tiquete de salida del país. Salimos corriendo a comprarlo antes de que nos dejara el vuelo, lo compramos, pasamos migración, corrimos al avión, nos sentamos y tuvimos un plácido vuelo hasta Nueva Zelanda. Llegamos, nos bajamos, pasamos migraciones, me pidieron la visa, el tiquete que habíamos acabado de comprar y me dejaron entrar sin mas trabas ni complicaciones, así que aquí estamos en Wanaka, en una casa increíble con La rubia y Marce que son increíbles disfrutando de un Lago hermoso y de unas montañas nevadas preparándonos para volver a mandar los papeles para extender la maldita visa de un mes que me dieron. fin

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Trinidad

Luego de dormir en Holguín, nos esperaba un viaje de 500 km hasta Trinidad, pasando por Las Tunas, Guáimaro, Siboney, Camagüey, Florida, Ciego de Ávila y Santi Spiritus. Llegamos justo para ver el atardecer en el mar. Trinidad fue una de las ciudades más lindas y pintorescas de Cuba, con sus casitas de colores, caminar por sus calles empedradas, con las mesas en la calle y un grupo de salsa cubana que te hace bailar aunque no sepas bailar nada. Dormimos en la casa de una señora llamada Gloria, que nos despertó con un desayuno increíble.

Triple frontera de Amazonas

Luego de navegar unos 600 km por el río Amazonas, finalmente llegué a la triple frontera Perú-Brasil-Colombia, una zona rodeada de paramilitares, lo cual me ponía un tanto nervioso. La aventura se puso más interesante cuando en migraciones de Perú me indicaban que debía volver a Iquitos (600 km) para generar el papel migratorio (dado que al no tener pasaporte, y el papel de ingreso) ellos no contaban con sistema y no podían emitir un permiso de salida. Finalmente, decidí cruzar a Colombia sin ese permiso de salida, en una balsa de madera por 5 soles, (porque prefería caer preso antes que volver a Iquitos!). Me subí a una moto (acá las motos funcionan como taxis) hasta la oficina de migraciones en el aeropuerto y, por suerte, -del lado Colombiano- encontré a un oficial de migración con criterio (gracias Milton!), al cual le expliqué toda mi situación, le mostré la denuncia y me contestó “no te preocupes, yo te emito la carta andina porque te creo todo, pero tuviste suerte porque si venías mañana y estaba mi jefe, te hacía volver a Iquitos a buscar el permiso”… Ahora ya estoy instalado en Leticia, Colombia, con los papeles en orden y esperando al vuelo de mañana hacia Bogotá. Hoy me había levantado con toda la onda para que el día terminara bien, y como la buena onda, genera buena onda… todo terminó bien!… y contento de haber cruzado a Colombia!!! abrazo a todos!

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Amazonas: enfrentando a las pirañas para recuperar mi mochila.

Aterrizar en Iquitos, fue llegar a cumplir otro sueño, vivir el Amazonas era como la fantasía de meterse en la pantalla de televisión y aparecer en un documental, era viajar a la aventura. Iquitos, la ciudad más grande de la Amazonia Peruana, me recibió a la salida del aeropuerto con un acoso de al menos 50 taxistas y mototaxistas a los gritos, peleando entre todos para que me suba a uno de ellos. Decidí subir a un taxi de un viejito, que estaba sentado fuera de la multitud. Le pedí que me acercara hasta algún albergue barato -en el centro de la ciudad-, y al avanzar, las moto-taxis sobrepoblaban cada espacio visible. Pude dejar la mochila, y fui a averiguar cuándo salían los barcos hasta Leticia, Colombia, -unos 600 km de distancia-. Al ver que a las 19:00 hs partía el barco “Jorge Raúl” desde el Puerto Pesquero, el cual tomaba 3 días y 2 noches en llegar, ni lo dudé y por la tarde me tomé una moto-taxi hasta el Puerto. Al llegar, pude ver que el Puerto era tierra de nadie…

El barco era un barco de carga, que en uno de los pisos llevaba pasajeros donde cada uno colgaba su hamaca, y me encantaba la idea, con lo cual compré una y subí a buscar mi lugar. Conocí una familia muy amable, que había vivido en Buenos Aires y estaba feliz de estar a poco de salir a navegar, y de estar viviendo esta aventura. Faltaba cerca de media hora para zarpar, y ya instalado en mi hamaca, puse mis mochilas debajo mío, sin soltar la mochila pequeña en la que tenía lo más importante. Un vendedor ambulante pasó por cuarta vez a ofrecerme relojes a lo cual mi negativa fue rotunda, pero en 5 segundos que solté mi mochila, del otro lado alguien me la arrebató y al darme cuenta salí corriendo y gritando con la impotencia de no saber dónde buscar entre tanta gente. Busqué policías fuera del barco y poco más que se rieron, fue ahí que caí en la cuenta de que ya era muy tarde, y sólo habían pasado… 3 minutos.  De todo lo que contenía mi mochila, sufría por las fotos y videos de todo el viaje, y por mi pasaporte, a lo cual decidí bajarme y realizar la denuncia en una comisaría turística donde me preguntaron mil cosas, y por poco más, el sospechoso era yo. La oficial me preguntó que porqué estaba haciendo este viaje, porqué me dirigía a la triple frontera, a qué me dedicaba, si pensaba encontrarme con alguien, me hizo detallar todo lo que contenía mi mochila, ponerle un valor en dólares, y, finalmente, pagar por la denuncia… ¿cómo? sí, usted tiene que pagar 12 soles para certificar la denuncia, sino no tiene ningún valor. Por suerte había que pagarlo al otro día en un banco, y no ahí en la policía porque ya había perdido todo el efectivo.

Al otro día, no quería rendirme así nomás, y decidí ir a buscar por mis propios medios a los lugares que me habían indicado que se vendían las cosas robadas, hablé con los capo mafia (denominados “las pirañas”) que me habían indicado y me fui a las radios del pueblo (que consistían en megáfonos que se escuchaban a varias cuadras de distancia). Lamentablemente nunca aparecieron, pero de todo se aprende, y fueron 5 segundos de distracción que me costaron caro. Pero sabía fervientemente que por algo pasaban las cosas. Luego de realizar una expedición de dos días en la selva, tomé una lancha rápida hasta Santa Rosa, el pueblo peruano ubicado en la triple frontera Brasil-Perú-Colombia. La misma ruta que el Ché tomó alguna vez en su primer viaje por Sudamérica, visitando el pueblo de San Pablo.

Luego de navegar unos 600 km por el río Amazonas, finalmente llegué a la triple frontera Perú-Brasil-Colombia. La aventura se puso más interesante cuando en migraciones de Perú me indicaban que debía volver a Iquitos (600 km) para generar el papel migratorio (dado que al no tener pasaporte, y el papel de ingreso) ellos no contaban con sistema y no podían emitir un permiso de salida. Finalmente, decidí cruzar a Colombia sin ese permiso de salida, en una balsa de madera por 5 soles, (porque prefería caer preso antes que volver a Iquitos!). Me subí a una moto (las motos funcionan como taxis) hasta la oficina de migraciones en el aeropuerto y, por suerte, -del lado Colombiano- encontré a un oficial de migración con criterio (gracias Milton!), al cual le expliqué toda mi situación, le mostré la denuncia y me contestó “no te preocupes, yo te emito la carta andina porque te creo todo, pero tuviste suerte porque si venías mañana y estaba mi jefe, te hacía volver a Iquitos a buscar el permiso”… Me instalé en Leticia, Colombia, con los papeles en orden y esperando el vuelo hacia Bogotá.  Y así mi aventura por el Amazonas, ya llegaba a su fin. Al otro día, pude tomar el vuelo a Bogotá. De todas las sensaciones, me queda la de que estoy feliz por haber vivido todo esto, más allá de todo lo malo, mi viaje continuaba… y hoy, es una de las mejores anécdotas de mis viajes… 🙂

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