Dos Islas muy diferentes

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Hoy es uno de esos días en los que me da nostalgia de volver a algún momento del viaje.  El reloj marca las 11 de la noche de algún día de marzo de 2014, mientras me pongo a pensar en Cuba. Donde los más conservadores dirán que la gente no puede vivir así, que el socialismo, que la pobreza, que la falta de recursos y el bloqueo, que Fidel y su terca forma de implementar su ideal.

Más allá de lo que piense cualquiera, sólo voy a hacer referencia a la felicidad de su gente. Calidad de vida que genera el pueblo, con pocos recursos, que entiende que la vida es otra cosa, que la vida es una fiesta, que la vida también es bailar salsa un martes a la noche entre amigos y hasta que la botella de ron se acabe. Caminar por la playa, sentir la brisa que viene del mar, juntarse con los vecinos a tocar los tambores, la guitarra y enfrentar a la adversidad con ritmo. Pocas veces fuimos tan felices como en Cuba, caminando por sus calles al calor de la madrugada.

Escribo esto desde otra isla, en la otra punta del mundo, donde todo es diametralmente opuesto. En Nueva Zelanda los recursos abundan, el capitalismo es religión, y la competencia es por quién tiene más cosas. Pero no hay música, la madrugada es para las lechuzas y el día se termina a las nueve, cuando cierra el supermercado. Y cuando las luces de las casas ya se apagan, volviendo a mi casa en bicicleta -al salir del trabajo a las 11-,  en la soledad de la noche, es que me pongo a extrañar aquella isla insoportablemente mágica.

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Cuba

Nuestra decisión de alquilar un auto y dormir un poco en casa de familias y un poco en el auto creemos que fue lo mejor para poder recorrer muchos de los rincones más lindos de Cuba. Este es un resumen de lo que vivimos en las diferentes ciudades:

La Habana

Viñales

Cayo San Guillermo

Guardalavaca

Holguín

Santiago de Cuba

Guantánamo

Baracoa

Moa

Trinidad

Cienfuegos

Santa Clara

Varadero

Trinidad

Luego de dormir en Holguín, nos esperaba un viaje de 500 km hasta Trinidad, pasando por Las Tunas, Guáimaro, Siboney, Camagüey, Florida, Ciego de Ávila y Santi Spiritus. Llegamos justo para ver el atardecer en el mar. Trinidad fue una de las ciudades más lindas y pintorescas de Cuba, con sus casitas de colores, caminar por sus calles empedradas, con las mesas en la calle y un grupo de salsa cubana que te hace bailar aunque no sepas bailar nada. Dormimos en la casa de una señora llamada Gloria, que nos despertó con un desayuno increíble.

Guardalavaca – Holguín

Llegamos ya pasadas las 23:00 hs a Guardalavaca, desde Baracoa, donde algunos caminos eran apenas transitables, pero despacito, logramos llegar. Como es nuestra costumbre no planificar llegamos sin reserva de nada y preguntamos en una estación de servicio si conocía a alguien que tuviera alguna habitación. Y dimos con una señora que nos llevó al medio de la nada, y nos quería cobrar fortuna, así que le agradecimos pero nos fuimos a seguir buscando. Ya a la medianoche vimos un cartelito en un cuarto piso de un edificio que aceptaban turistas y nos mandamos a tocar el timbre por unas escaleras a media luz. Una señora misteriosa de pocas palabras nos muestra una habitación ambientada con cortinas doradas como un hotel 5 estrellas (con unas toallas dobladas con forma de cisnes sobre la cama). Nos dice el precio (algo así como 25 dólares) y nos quedamos.

Al otro día por la mañana salimos para la playa pensando en partir al mediodía para Trinidad, pero al llegar, nos gustó mucho la playa, encontramos una sombrilla de hojas de palmera y no nos pudimos ir de la paz que encontramos… decidimos quedarnos todo el día a leer y dibujar, tomar ron y ver el atardecer en el mar.

Ya por la noche nos fuimos hasta Holguín donde pasamos la noche en otra casa de familia y ya temprano salimos para Trinidad.