Purmamarca

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Llegamos a Purmamarca el 3 de diciembre. Nos instalamos en el hostel más barato del pueblo en una habitación con mucho olor a insecticida y algunas chinches de cama, pero perfecto para nuestro presupuesto.

Agarramos los marcadores, los cuadernos y salimos a dibujar. Llegamos al centro y nos sentamos a observar los mejores lugares, pero éste punto era el más obvio y más lindo para dibujar. En la mitad del dibujo siento una pequeña presión en la cabeza. Me puse a mascar las hojas de coca, que decían que era lo mejor para el mal de altura y pensé que se me iba a pasar… pero no.

Al rato tuve que dejar de dibujar porque pensé que la cabeza me iba a explotar. Nos fuimos al hotel, me acosté pero el dolor era tan fuerte que ya tenía ganas de vomitar. Así estuve 4 horas del terror. Hasta que tomé unas pastillas de ajo… sí, ajo comprimido sumado al ibuprofeno y a putear en 4 idiomas.

Un mes después terminé el dibujo y lo pinté. Pero cada vez que veo este dibujo me duele la cabeza.

Dibujando por las rutas de Nueva Zelanda

Hace más de un año que llegamos a éste pueblo, y si bien siempre sentimos que estábamos de viaje, estuvimos un año sin viajar. Después de trabajar duro, finalmente pudimos comprar un auto para hacer el viaje que queríamos. Pero la ansiedad de viajar hizo que adelantáramos todo: vimos una ruta posible, otra y otra, hasta que decidimos salir desde Wanaka hacia el norte por la costa oeste (west coast). Cinco días antes nos miramos y nos dijimos… “yo no aguanto cinco días más, ¿y si nos vamos mañana?”. Y así fue, al otro día nos levantamos, y aquella ruta que teníamos prevista tomar, anunciaba alerta meteorológico por lluvias y vientos intensos, que luego fueron cortes de ruta por derrumbes y demás. Cambiamos rumbo, y salimos por el lado que teníamos que volver. Screen Shot 2015-04-21 at 11.26.26 AM

La cadena montañosa que cruza la isla sur de Nueva Zelanda de norte a sur, cumplió su función de barrera e increíblemente hizo que el sol nos acompañara durante todo el día. Paramos en el camino en Lake Pukaki a contemplar y dibujar el Mount Cook, el pico más alto de Nueva Zelanda.

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Y luego de paisajes pintados de miles de tonos de verdes,  llegamos a Christchurch: ciudad, autos por todos lados, tráfico y ver el primer semáforo luego de un año fue muy raro, ya que en Wanaka no existe ni uno sólo. Con el plan de evadir las ciudades grandes , salimos con el atardecer hacia Akaroa. Eran sólo 80 km, pero nunca pensamos que el camino fuera tan difícil como increíble. Curvas, contracurvas, para un lado, para el otro, interminables, y a eso se sumaba la noche, que el tanque ya estaba en reserva, y las subidas se hacían infinitas.

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Con el último olor a nafta llegamos a la estación de servicio… pero estaba cerrada. Cuando ya estaba maldiciendo al cielo, veo que existe un cargador automático, es decir, uno pone la tarjeta, carga y se lo debitan (oh! sí, para mí toda una novedad!). Buenísimo! pongo la tarjeta y el monitor me responde “fondos insuficientes”… No puede ser! le quería pegar como a las máquinas que te venden latas de coca. Pero claro, nos habíamos olvidado de pasar la poca plata que teníamos de una cuenta a la otra, y la tarjeta sólo toma fondos de una sola cuenta. Con lo cual, debíamos conseguir wifi para pasar la plata y poder cargar. Finalmente llegamos a un restaurante tailandés, nos pedimos un café, le pedimos la clave, hicimos la transacción, y volvimos hasta la estación de servicio a cargar combustible… luego de eso, estuvimos un rato largo buscando un camping para dormir en el auto y terminamos durmiendo en una bahía muy tranquila, donde el mar parecía un lago. Sí, así viajamos nosotros,  somos la antítesis de todos los viajeros organizados.

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Akaroa es un pequeño pueblo en una península donde sus primeros habitantes fueron franceses, y así quedó en el tiempo, con casitas estilo francés, calles en francés y hasta la bandera de Francia en el centro. Nos quedamos todo el día dibujando, escribiendo y disfrutando del pueblo, donde su faro de madera te recuerda todo el tiempo que es un pueblo de mar, aunque uno sienta que sus montañas encierran un lago más.

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Llegó el momento de seguir viaje. Nos levantamos temprano porque al mediodía jugaba el glorioso River Plate y quería ver el partido (claro que por internet). Hicimos los sinuosos 80 km hasta Christchurch, paramos a comprar yerba en un supermercado chino (sí, pusimos en un grupo de argentinos en facebook dónde podíamos conseguir y nos dieron la dirección de un súper chino). Cuando vamos a pagar, no encuentro la billetera. La billetera quedó en el camping de Akaroa. Volver a buscarla por la misma ruta sinuosa, no tiene precio. Al menos, al llegar, podría ver el partido en el restaurante tailandés donde funcionaba bien wifi. Sin tener en cuenta que al llegar, también había llegado un crucero con mil japoneses que habían llenado cada rincón de Akaroa con sus smartphones sedientos de internet. No pude verlo. Para colmo River perdía 2 a 0 y estaba quedando afuera de la copa. Todo mal. Con ese resultado decidimos seguir viaje, cargar nafta y volver a cruzar el camino sinuoso y seguir disfrutando del viaje. En pocos minutos mi viejo me mandó dos mensajes con buenas noticias: River había empatado sobre la hora y grité los goles cargando nafta. Llegamos por la noche a Kaikoura -entre la lluvia y caminos estresantes para manejar por las curvas de montaña, caminos angostos y los camiones que aparentan no tener frenos- con la esperanza de ver las ballenas que no pudimos ver en la Patagonia por el frío polar. Nos levantamos temprano una vez más y salimos a desayunar frente al mar.

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De lejos parecían verse ballenas, pero era todo una ilusión óptica creada por rocas gigantes y el mar (y también porque soy ciego). A la hora de la verdad, para verlas había que pagar excursiones en lancha para entrar en alta mar, algo inalcanzable para nuestro acotado presupuesto. Al menos nos alegramos por ver unos simpáticos lobos marinos gratis que posaban para nosotros los turistas japoneses. Pero algo mejor nos esperaba, porque desde ahí empezamos a caminar por un sendero majestuoso, por campos que bordeaban el Pacífico, recorriendo colores, texturas y cielos que nos hacían imaginar dentro de cuadros de Van Gough.

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Disfrutamos tanto de esos senderos que ya no recordábamos que era un lugar para ver ballenas. Almorzamos galletitas de agua con queso, con la brisa del mar, y una vista memorable. Uno de los tantos momentos en que recordamos el porqué de la decisión de viajar. Para recordar y dibujar éstas cosas. Esa es la idea. Algún día todos estos momentos se transformarán en una sucesión de imágenes creadas por lápices y marcadores con nuestra propia visión de las cosas.

Con el atardecer, el cielo se cubrió de tonos grises oscuros y la lluvia nos obligó a buscar refugio. Para nuestra suerte,  encontramos un camping con jacuzzi gratis (una especie de bañadera de agua caliente) y nos metimos bajo la lluvia y el frío. Nos vinieron a sacar después de horas, porque no podíamos creer el lujo que nos estábamos dando en un camping.

Al día siguiente, acomodamos la brújula, subimos las velas y el viento nos llevó hasta Picton, pasando por la zona de viñedos que más tarde visitaríamos, pero antes debíamos cruzar a la isla norte, visitar la embajada de Argentina en Wellington, y reclamar un maldito certificado policial solicitado por migraciones para renovar la visa de trabajo.

Encontramos un camping bajo unas vías del tren, y al otro día subimos al ferry que cruzaba de isla sur a isla norte. Gran parte del trayecto se hace entre montañas con estrechos angostos, regalando paisajes con mezcla de verdes, rojos, naranjas y amarillos reflejados en el mar verde-gris que disfrutábamos desde la proa del barco. Hasta que el viento nos empujó para adentro y nos sentó a dibujar.

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Llegamos a Wellington, aunque cueste creer que una ciudad tan pequeña sea la capital de éste país. Lo que sí no teníamos duda de que era la capital del viento. Llegamos al centro y conseguimos una habitación en el hostel Waterloo.

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Durante el día, entre trámites de embajada y presentación de papeles en migraciones, nos sentamos a dibujar en el puerto, contemplando las casitas que trepan las montañas, entre edificios, grúas, veleros, barcos e inmensos transatlánticos.

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Al otro día nos preparamos para subir al ferry de vuelta hacia la isla sur. La aventura comenzó cuando quisimos ahorrarnos 4 dólares y llegar caminando al puerto, cosa que calculamos mal y llegamos 20 minutos tarde, pero por suerte, el ferry estaba con retraso por el mal tiempo. Pero no llovía, sólo había viento, por eso nos aconsejaron que compráramos unas pastillas para el mareo, lo cual desestimamos, como si nuestra experiencia en el mar fuera amplia. A eso le sumamos dos cervezas y un plato de fideos antes de salir. A los pocos minutos el barco parecía un parque de diversiones (del terror claro), teníamos que agarrarnos de todos lados para no caernos, la gente buscaba bolsas para vomitar, las olas pegaban en las ventanas, yo tratando de conseguir un agua mineral para Marce que también estaba “guardando” los fideos en una bolsa. Estabamos dentro de un lavarropas, mientras un viejito no tuvo mejor idea que levantarse con su bastón para ir al baño, y voló 3 metros, lo voy a ayudar a levantarse y me piden que no lo levante, que sólo los paramédicos del barco podían intervenir. A los 5 minutos llegan con una camilla inflable y entre 6 personas lo llevan a la sala de auxilios. La aventura se ponía más emocionante al caer la noche y no poder ver el horizonte, pero entrando en la zona reparada por montañas el mar se fue tranquilizando y nos dio un respiro hasta llegar a Picton. Al viejito se lo llevaron en ambulancia y durante todo el día siguiente se suspendieron todos los cruces por las fuertes mareas.

Amanecimos en Picton (otra vez) pero con un día completamente soleado y como regalo de cumpleaños nos esperaban los viñedos de Malborough, la zona donde se producen la mayor cantidad de vinos de Nueva Zelanda. Como no era prudente manejar degustando vinos, pagamos por un tour de visitas a los viñedos. Nos pasó a buscar Ross en una camioneta, y para nuestra sorpresa, éramos los únicos del día, ya que al estar suspendido el cruce de ferry, todos cancelaron, excepto nosotros. Visitamos 5 viñedos distintos, y perdimos la cuenta de todos los vinos que tomamos. Estábamos en el paraíso. Pero el mejor de todos fue sin dudas la bodega Cloudy Bay, donde nos sirvieron una tabla de quesos y degustamos el mejor Sauvignon Blanc de nuestra vida.

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Por la noche terminamos de festejar mi cumpleaños dibujando y comiendo una pizza con cerveza en un bar con música latina.

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El día siguiente volvimos al bar para ver a mi glorioso River Plate clasificar históricamente y seguir festejando, y así seguir viaje hacia Nelson, de los pueblos más lindos que visitamos. Cenamos unos ricos crepes en un restaurante vegetariano francés y fuimos a un cine de 20 asientos de los cuales 15 estaban vacíos. Si hay algo que se disfruta en Nueva Zelanda es la escasez de multitudes. Pasamos la noche en nuestra máquina del tiempo bajo una multitud de estrellas. Y amanecimos frente al mar.

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Cuando pensábamos que ya habíamos visto los mejores paisajes, la ruta de Nelson a Westport nos hizo parar varias veces para sacar fotos. Encaramos la costa oeste por la tarde, y con una lluvia molesta visitamos los Pankakes, una formación rocosa que se convirtió en un atractivo turístico de la zona, pero disfrutamos mucho más un lugar al que sólo se llega caminando y no había nadie: una playa con unos acantilados y cavernas espectaculares.  Ya con las últimas luces llegamos a Greymouth, donde pasamos la noche frente al mar de Tasmania.

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El sol del otro día nos despertó para caminar por la playa de piedras y olas gigantes. Y salimos otra vez a la ruta, donde un rato después nos sorprendió un pequeño pueblo llamado Hokitika. Una costa con restos de troncos quemados, en la arena, a lo largo de toda la costa.

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Fox Glacier fue una parada corta, ya que la cantidad de gente, de helicópteros, y las ganas de llegar a casa nos ahuyentó para seguir andando. El viaje terminó con el atardecer en el mar, como cierre de unas vacaciones inolvidables.

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“Disculpe las molestias, estamos dibujando”.

Desde que comenzó este viaje, nuestro lema fue: “todo nos cuesta el doble, pero al final nos sale mejor”. Con lo que aprendimos a tener paciencia, a saber que las cosas pasan por alguna razón, y que cuando las papas queman, tratamos de encontrarle la vuelta para pensar que de alguna forma siempre nos terminamos comiendo un rico puré. Es decir, entendimos que las cosas malas que pasan son desvíos que te pueden llevar a vivir cosas mejores.

Claro que hay veces que uno quiere romper todo.

Desde los problemas con las visas, pagar deudas al banco, perder vuelos por leyes inmigratorias -ridículas, claro esta- y tener que comprar pasajes aéreos que no usamos, quedarnos sin plata, buscar trabajo, y con el trabajo volver a la rutina, a fumarse a gente que uno no se banca y a volver a ser un empleado del sistema.

Si bien siempre sentimos que seguimos de viaje, la rutina en Nueva Zelanda sigue siendo la misma que en cualquier parte del mundo: cumplir un horario, hacer cosas que no nos gustan para ganar plata, hacer el trabajo duro que otros no quieren hacer por el salario mínimo. Aunque siempre le encontramos la vuelta para tener nuevas experiencias y dibujarlas, así de alguna forma las terminamos disfrutando.

Trabajar en relación de dependencia nos quitó tiempo para hacer lo que amamos: dibujar y viajar. Por eso, en el tiempo libre que nos queda, apostamos toda nuestra energía a todas las convocatorias de ilustración que anden dando vueltas por el mundo. Y seguimos trabajando, pero en lo que disfrutamos.

Y mientras de día pensamos nuevas ideas, de noche las ponemos en papelitos, las procesamos, las metemos en una sopa y sacamos cucharadas de ideas elaboradas para los proyectos. Dibujamos, escribimos, y de a poco esos proyectos van tomando forma. Esa es la rutina que creamos y que nos gusta, para salir de la rutina que no nos gusta.

Por todo esto, queremos poner el cartel… “estamos dibujando, disculpe las molestias”. Pero pronto se verán los resultados. Éste es un pequeño adelanto…

Una mochila menos

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9 de Febrero 

Estoy en la comisaria de Iquitos. Me acaban de robar todo: pasaporte, camara, la plata para seguir, pero lo que mas duele es perder todas las fotos del viaje… Al menos tenia encima la billetera con mi DNI, con eso creo que safo. Igual, tranquilo, todo se da por alguna razon. Nadie me va a quitar la felicidad de este viaje. Aunque la denuncia en una comisaria de Peru sea peor que haber sido robado y el sospechoso dentro de poco soy yo! …

11 de Febrero

Hoy estoy con todas las pilas de nuevo! Ayer, entre denuncias y trámites, recorrí los suburbios de Iquitos, entrando en lugares que nunca imaginé, hablando con los capo mafias (las pirañas), intentando recuperar mi pasaporte (eso si que fue extremo!) y recorriendo radios (que consistían en altoparlantes en terrazas que se escuchaban a varias cuadras a la redonda) para anunciar recompensa si aparece. Ahora me voy a lo que vine: a recorrer el Amazonas, y mucho más liviano, ahora no tengo nada que me roben!!! jaja… esta noche duermo en el medio de la selva y vuelvo mañana a Iquitos. El martes salgo en una lancha que tarda 10 horas hasta Leticia, Colombia. Y adelanté el vuelo para el miércoles hacia Bogotá, para ir al consulado. Y por suerte tengo mi cámara viejita de repuesto, así que todo se va solucionando!!! Un abrazo para todos

13 de Febrero

Luego de navegar unos 600 km por el río Amazonas, finalmente llegué a la triple frontera Perú-Brasil-Colombia. La aventura se puso más interesante cuando en migraciones de Perú me indicaban que debía volver a Iquitos (600 km) para generar el papel migratorio (dado que al no tener pasaporte, y el papel de ingreso) ellos no contaban con sistema y no podían emitir un permiso de salida. Finalmente, decidí cruzar a Colombia sin ese permiso de salida, en una balsa de madera por 5 soles, (porque prefería caer preso antes que volver a Iquitos!). Me subí a una moto (acá las motos funcionan como taxis) hasta la oficina de migraciones en el aeropuerto y, por suerte, -del lado Colombiano- encontré a un oficial de migración con criterio (gracias Milton!), al cual le expliqué toda mi situación, le mostré la denuncia y me contestó “no te preocupes, yo te emito la carta andina porque te creo todo, pero tuviste suerte porque si venías mañana y estaba mi jefe, te hacía volver a Iquitos a buscar el permiso”… Ahora ya estoy instalado en Leticia, Colombia, con los papeles en orden y esperando al vuelo de mañana hacia Bogotá. Hoy me había levantado con toda la onda para que el día terminara bien, y como la buena onda, genera buena onda… todo terminó bien!… y contento de haber cruzado a Colombia!!! abrazo a todos!

 

Denuncia Policial que me tomaron en una comisaría cercana a uno de los puertos de Iquitos.

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