Dibujando por las rutas de Nueva Zelanda

Hace más de un año que llegamos a éste pueblo, y si bien siempre sentimos que estábamos de viaje, estuvimos un año sin viajar. Después de trabajar duro, finalmente pudimos comprar un auto para hacer el viaje que queríamos. Pero la ansiedad de viajar hizo que adelantáramos todo: vimos una ruta posible, otra y otra, hasta que decidimos salir desde Wanaka hacia el norte por la costa oeste (west coast). Cinco días antes nos miramos y nos dijimos… “yo no aguanto cinco días más, ¿y si nos vamos mañana?”. Y así fue, al otro día nos levantamos, y aquella ruta que teníamos prevista tomar, anunciaba alerta meteorológico por lluvias y vientos intensos, que luego fueron cortes de ruta por derrumbes y demás. Cambiamos rumbo, y salimos por el lado que teníamos que volver. Screen Shot 2015-04-21 at 11.26.26 AM

La cadena montañosa que cruza la isla sur de Nueva Zelanda de norte a sur, cumplió su función de barrera e increíblemente hizo que el sol nos acompañara durante todo el día. Paramos en el camino en Lake Pukaki a contemplar y dibujar el Mount Cook, el pico más alto de Nueva Zelanda.

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Y luego de paisajes pintados de miles de tonos de verdes,  llegamos a Christchurch: ciudad, autos por todos lados, tráfico y ver el primer semáforo luego de un año fue muy raro, ya que en Wanaka no existe ni uno sólo. Con el plan de evadir las ciudades grandes , salimos con el atardecer hacia Akaroa. Eran sólo 80 km, pero nunca pensamos que el camino fuera tan difícil como increíble. Curvas, contracurvas, para un lado, para el otro, interminables, y a eso se sumaba la noche, que el tanque ya estaba en reserva, y las subidas se hacían infinitas.

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Con el último olor a nafta llegamos a la estación de servicio… pero estaba cerrada. Cuando ya estaba maldiciendo al cielo, veo que existe un cargador automático, es decir, uno pone la tarjeta, carga y se lo debitan (oh! sí, para mí toda una novedad!). Buenísimo! pongo la tarjeta y el monitor me responde “fondos insuficientes”… No puede ser! le quería pegar como a las máquinas que te venden latas de coca. Pero claro, nos habíamos olvidado de pasar la poca plata que teníamos de una cuenta a la otra, y la tarjeta sólo toma fondos de una sola cuenta. Con lo cual, debíamos conseguir wifi para pasar la plata y poder cargar. Finalmente llegamos a un restaurante tailandés, nos pedimos un café, le pedimos la clave, hicimos la transacción, y volvimos hasta la estación de servicio a cargar combustible… luego de eso, estuvimos un rato largo buscando un camping para dormir en el auto y terminamos durmiendo en una bahía muy tranquila, donde el mar parecía un lago. Sí, así viajamos nosotros,  somos la antítesis de todos los viajeros organizados.

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Akaroa es un pequeño pueblo en una península donde sus primeros habitantes fueron franceses, y así quedó en el tiempo, con casitas estilo francés, calles en francés y hasta la bandera de Francia en el centro. Nos quedamos todo el día dibujando, escribiendo y disfrutando del pueblo, donde su faro de madera te recuerda todo el tiempo que es un pueblo de mar, aunque uno sienta que sus montañas encierran un lago más.

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Llegó el momento de seguir viaje. Nos levantamos temprano porque al mediodía jugaba el glorioso River Plate y quería ver el partido (claro que por internet). Hicimos los sinuosos 80 km hasta Christchurch, paramos a comprar yerba en un supermercado chino (sí, pusimos en un grupo de argentinos en facebook dónde podíamos conseguir y nos dieron la dirección de un súper chino). Cuando vamos a pagar, no encuentro la billetera. La billetera quedó en el camping de Akaroa. Volver a buscarla por la misma ruta sinuosa, no tiene precio. Al menos, al llegar, podría ver el partido en el restaurante tailandés donde funcionaba bien wifi. Sin tener en cuenta que al llegar, también había llegado un crucero con mil japoneses que habían llenado cada rincón de Akaroa con sus smartphones sedientos de internet. No pude verlo. Para colmo River perdía 2 a 0 y estaba quedando afuera de la copa. Todo mal. Con ese resultado decidimos seguir viaje, cargar nafta y volver a cruzar el camino sinuoso y seguir disfrutando del viaje. En pocos minutos mi viejo me mandó dos mensajes con buenas noticias: River había empatado sobre la hora y grité los goles cargando nafta. Llegamos por la noche a Kaikoura -entre la lluvia y caminos estresantes para manejar por las curvas de montaña, caminos angostos y los camiones que aparentan no tener frenos- con la esperanza de ver las ballenas que no pudimos ver en la Patagonia por el frío polar. Nos levantamos temprano una vez más y salimos a desayunar frente al mar.

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De lejos parecían verse ballenas, pero era todo una ilusión óptica creada por rocas gigantes y el mar (y también porque soy ciego). A la hora de la verdad, para verlas había que pagar excursiones en lancha para entrar en alta mar, algo inalcanzable para nuestro acotado presupuesto. Al menos nos alegramos por ver unos simpáticos lobos marinos gratis que posaban para nosotros los turistas japoneses. Pero algo mejor nos esperaba, porque desde ahí empezamos a caminar por un sendero majestuoso, por campos que bordeaban el Pacífico, recorriendo colores, texturas y cielos que nos hacían imaginar dentro de cuadros de Van Gough.

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Disfrutamos tanto de esos senderos que ya no recordábamos que era un lugar para ver ballenas. Almorzamos galletitas de agua con queso, con la brisa del mar, y una vista memorable. Uno de los tantos momentos en que recordamos el porqué de la decisión de viajar. Para recordar y dibujar éstas cosas. Esa es la idea. Algún día todos estos momentos se transformarán en una sucesión de imágenes creadas por lápices y marcadores con nuestra propia visión de las cosas.

Con el atardecer, el cielo se cubrió de tonos grises oscuros y la lluvia nos obligó a buscar refugio. Para nuestra suerte,  encontramos un camping con jacuzzi gratis (una especie de bañadera de agua caliente) y nos metimos bajo la lluvia y el frío. Nos vinieron a sacar después de horas, porque no podíamos creer el lujo que nos estábamos dando en un camping.

Al día siguiente, acomodamos la brújula, subimos las velas y el viento nos llevó hasta Picton, pasando por la zona de viñedos que más tarde visitaríamos, pero antes debíamos cruzar a la isla norte, visitar la embajada de Argentina en Wellington, y reclamar un maldito certificado policial solicitado por migraciones para renovar la visa de trabajo.

Encontramos un camping bajo unas vías del tren, y al otro día subimos al ferry que cruzaba de isla sur a isla norte. Gran parte del trayecto se hace entre montañas con estrechos angostos, regalando paisajes con mezcla de verdes, rojos, naranjas y amarillos reflejados en el mar verde-gris que disfrutábamos desde la proa del barco. Hasta que el viento nos empujó para adentro y nos sentó a dibujar.

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Llegamos a Wellington, aunque cueste creer que una ciudad tan pequeña sea la capital de éste país. Lo que sí no teníamos duda de que era la capital del viento. Llegamos al centro y conseguimos una habitación en el hostel Waterloo.

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Durante el día, entre trámites de embajada y presentación de papeles en migraciones, nos sentamos a dibujar en el puerto, contemplando las casitas que trepan las montañas, entre edificios, grúas, veleros, barcos e inmensos transatlánticos.

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Al otro día nos preparamos para subir al ferry de vuelta hacia la isla sur. La aventura comenzó cuando quisimos ahorrarnos 4 dólares y llegar caminando al puerto, cosa que calculamos mal y llegamos 20 minutos tarde, pero por suerte, el ferry estaba con retraso por el mal tiempo. Pero no llovía, sólo había viento, por eso nos aconsejaron que compráramos unas pastillas para el mareo, lo cual desestimamos, como si nuestra experiencia en el mar fuera amplia. A eso le sumamos dos cervezas y un plato de fideos antes de salir. A los pocos minutos el barco parecía un parque de diversiones (del terror claro), teníamos que agarrarnos de todos lados para no caernos, la gente buscaba bolsas para vomitar, las olas pegaban en las ventanas, yo tratando de conseguir un agua mineral para Marce que también estaba “guardando” los fideos en una bolsa. Estabamos dentro de un lavarropas, mientras un viejito no tuvo mejor idea que levantarse con su bastón para ir al baño, y voló 3 metros, lo voy a ayudar a levantarse y me piden que no lo levante, que sólo los paramédicos del barco podían intervenir. A los 5 minutos llegan con una camilla inflable y entre 6 personas lo llevan a la sala de auxilios. La aventura se ponía más emocionante al caer la noche y no poder ver el horizonte, pero entrando en la zona reparada por montañas el mar se fue tranquilizando y nos dio un respiro hasta llegar a Picton. Al viejito se lo llevaron en ambulancia y durante todo el día siguiente se suspendieron todos los cruces por las fuertes mareas.

Amanecimos en Picton (otra vez) pero con un día completamente soleado y como regalo de cumpleaños nos esperaban los viñedos de Malborough, la zona donde se producen la mayor cantidad de vinos de Nueva Zelanda. Como no era prudente manejar degustando vinos, pagamos por un tour de visitas a los viñedos. Nos pasó a buscar Ross en una camioneta, y para nuestra sorpresa, éramos los únicos del día, ya que al estar suspendido el cruce de ferry, todos cancelaron, excepto nosotros. Visitamos 5 viñedos distintos, y perdimos la cuenta de todos los vinos que tomamos. Estábamos en el paraíso. Pero el mejor de todos fue sin dudas la bodega Cloudy Bay, donde nos sirvieron una tabla de quesos y degustamos el mejor Sauvignon Blanc de nuestra vida.

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Por la noche terminamos de festejar mi cumpleaños dibujando y comiendo una pizza con cerveza en un bar con música latina.

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El día siguiente volvimos al bar para ver a mi glorioso River Plate clasificar históricamente y seguir festejando, y así seguir viaje hacia Nelson, de los pueblos más lindos que visitamos. Cenamos unos ricos crepes en un restaurante vegetariano francés y fuimos a un cine de 20 asientos de los cuales 15 estaban vacíos. Si hay algo que se disfruta en Nueva Zelanda es la escasez de multitudes. Pasamos la noche en nuestra máquina del tiempo bajo una multitud de estrellas. Y amanecimos frente al mar.

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Cuando pensábamos que ya habíamos visto los mejores paisajes, la ruta de Nelson a Westport nos hizo parar varias veces para sacar fotos. Encaramos la costa oeste por la tarde, y con una lluvia molesta visitamos los Pankakes, una formación rocosa que se convirtió en un atractivo turístico de la zona, pero disfrutamos mucho más un lugar al que sólo se llega caminando y no había nadie: una playa con unos acantilados y cavernas espectaculares.  Ya con las últimas luces llegamos a Greymouth, donde pasamos la noche frente al mar de Tasmania.

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El sol del otro día nos despertó para caminar por la playa de piedras y olas gigantes. Y salimos otra vez a la ruta, donde un rato después nos sorprendió un pequeño pueblo llamado Hokitika. Una costa con restos de troncos quemados, en la arena, a lo largo de toda la costa.

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Fox Glacier fue una parada corta, ya que la cantidad de gente, de helicópteros, y las ganas de llegar a casa nos ahuyentó para seguir andando. El viaje terminó con el atardecer en el mar, como cierre de unas vacaciones inolvidables.

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¿Por qué Vamos Dibujando el Camino?

 

Evolución
Evolución

Allá por principios de septiembre de 2012, sentado frente a la computadora en mi trabajo -como vendedor de productos financieros en un banco-, soñaba con la posibilidad de largar todo y hacer el viaje que siempre soñé.

El 1º de enero de 2013 partí desde Bariloche (Patagonia Argentina) con rumbo norte sin demasiados planes. Antes de salir,  se me dió por crear la página “Vamos dibujando el camino”, y en ella escribí ésto: “Esta mochila va cargada de sueños, y de todos esos momentos de mi vida que me hicieron reir y llorar. Entendiendo que todo es “perfectamente como tiene que ser”, y que las cosas buenas y malas –como todo viaje- dibujan un camino hacia un lugar, al que en algún momento se llega… Pero que la vida es eso que pasa durante el viaje. Armar esta mochila es una de esas respuestas del tiempo. Hoy, la misma se prepara para vivir, para emocionarse, para explorar, para descubrir, para caminar, pero sobre todo para conocer nuevas personas y esas experiencias de vida. Esa gente que el destino dice que por algo tenés que conocer. Esta mochila esta preparada para vivir. Para dar el primer paso hacia la vuelta al mundo”….

Los días fueron pasando y de tanto andar aparecí en el Amazonas. En la mochila grande llevaba mis sueños. En la mochila chica toda la plata, la cámara con todas las fotos del viaje y el pasaporte. Ésta es la que me robaron al subirme a un barco de carga en Iquitos, Perú. Por esa razón tuve que hacer 600 km por el río Amazonas y llegar a una triple frontera sin pasaporte ni permiso de salida. De alguna forma logré pasar y llegar al aeropuerto donde tenía un pasaje hasta Bogotá, Colombia. Un pasaporte de emergencia en la embajada Argentina tardaría 10 días en llegar. Tiempo suficiente para que el destino me presentara a una colombiana tan divina como loca, con una botella de fernet y bailando cuarteto.

Unos días después, estábamos recorriendo juntos la Ruta del Café (Armenia, Salento, Valle del Cocora y Manizales), donde me dí cuenta que a ella le encantaba dibujar las cosas que pasaban en el viaje.  Y me hizo dar cuenta, además,  que dibujar lo que ves en el camino te hacía observar con detalle cada lugar y cada momento, para disfrutarlo un poco más. Y de tanto verla dibujar, me dieron ganas de dibujar a mi también. Y a ella le dieron ganas de viajar. Una combinación perfecta.

Y así, entre dibujo y dibujo, nos enamoramos  y decidimos empezar a dibujar el camino juntos, para darle el sentido a la página que -como una premonición- había nacido antes de comenzar el viaje…

 

Soñando con India

 

 

Uno de los tantos sueños que encabezan nuestra larga lista es viajar a India, y sentarnos tranquilos a dibujar el Taj Mahal, apreciando todos sus detalles directamente.

El plan está, el tiempo nos va acercando, y es uno de los tantos dibujos que nos va llevando a ese sueño.

Mientras tanto, me pongo a dibujarlo como adelanto de ese día.

 

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Pd: éste dibujo lo hice siguiendo un tutorial muy bueno de perspectivas en youtube  https://www.youtube.com/watch?v=WwrMGFrmWxo

 

Mil distintos tonos de verde

 

Por fin en ésta parte del sur ya empiezan los días lindos, después de sobrevivir al invierno. El frío parece despedirse de a poco. Por eso se puede disfrutar un poco más de éstos paisajes increíbles que nos regala Nueva Zelanda.

Salí por la mañana con la idea de subir a una de las montañas más cercanas a Wanaka -el Roy´s Peak-. Pero al llegar, en el ingreso al sendero había un cartel que advertía “The track is closed for lambing”, es decir, que el camino estaba cerrado por ser temporada de parición de corderos y evitar molestar a las ovejas. Por eso decidí seguir por la ruta hasta llegar a una bahía llamada Glendhu Bay. Me mandé por un sendero y encontré una playita perfecta para sacar mis sandwichitos, la botella de agua y desconectarme de todo.

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Y cuando me desconecto de todo, me dan ganas de dibujar.También funciona en el sentido inverso: cuando dibujo, me desconecto de todo. Es una de mis formas de meditar.

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Pasaron unas horas y decidí seguir viaje por un sendero angosto que bordeaba el lago. En partes, las subidas eran empinadas, con acantilados vertiginosos, y con vistas increíbles. Un poco riesgoso para una bicicleta con pocos frenos, como la mía. El sendero -de aproximadamente 12 kilómetros- cruzaba campos con “mil distintos tonos de verde” -como dirían los Chalchaleros, pero de tierras demasiado lejanas-.

Miles de ovejas manchaban los campos verdes de puntos blancos. Y la luz de un día seminublado, le daba movimiento a una escala de grises. Las rocas negras al costado del lago, te invitaban a jugar en un planeta lejano. Y pájaros de todos colores que no se veían en el invierno volaban sobre mi cabeza y me daban ganas de saber de dónde provendrían y cuándo habrían comenzado su migración.

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Una oveja me mira -protegiendo a su cordero-, preguntándose qué hace un tipo tan raro como yo perturbando su paz, por eso trato de alejarme para que no se asuste. Sólo se escucha el viento entre los árboles y el rechinar de mi bicicleta cansada. Una imagen de tranquilidad absoluta.

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Me pongo a pensar en que la primavera no sería tan emocionante si no hubiéramos vivido antes un invierno tan frío, como el que pasamos. Y que la vida es lo mismo, los inviernos se hacen largos, pero la primavera siempre llega.

Como siempre me digo, éstos son momentos en los que alguna vez voy a querer volver algún día. Por eso cierro los ojos, me imagino dentro de muchos años recordando éste momento.  Abro los ojos, y vuelvo a vivirlo. 

Con gaviotas, patos y gorriones mendigando migas de pan de mi sandwich, el sol se esconde detrás de las montañas todavía manchadas de nieve.

Otro día se termina con la sensación de haber vivido…

 

 

 

La vuelta al mundo, las deudas y un alma inmortal

Hace dos años, emprendía éste viaje, que comenzó el día en que envié mi telegrama de renuncia. Corrían días de tomar decisiones.  No tenía plata. Sólo acumulaba sueños y deudas. Y si en ése momento me preguntaban cómo lo haría, no sabía. Todo parecía una locura. Sólo sentía que era el momento justo. Pasaba mi tiempo libre mirando mapas y proyectando viajes.

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Con la premisa de “soñar como si no tuvieras límite de tiempo ni de dinero”, cuando los límites que tenía eran -justamente-, el tiempo y el dinero. Pero con la fuerte convicción de que al hacer eso, algo en el universo se transformaba para que se hiciera realidad.

-“(…) me dije que el alma sabe, de un modo secreto, que es inmortal, y por eso podemos emprender cualquier empresa, ya que si no la concluimos en esta vida, la concluiremos en la otra o en las otras (…) si no soy borrado por la muerte, intentaré otra aventura, que puede ser tan interesante como la de esta vida”. dijo alguna vez un tal Borges.

Cuando Borges habla de “empresa”, habla de sueños. Y en ese caso, yo me considero todo un empresario.

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A mis 34 años, tomaba la decisión de emprender mi empresa: dar la vuelta al mundo. Y mi decisión se basaba en hacer lo imposible, para hacer algo de todo lo que soñaba. Esa es la forma en que me siento consecuente con todo lo que quiero ser.

Es por eso que un día salí a recorrer los caminos de Latinoamérica, sin saber que en el camino me iba a cruzar con Marce. Así, aquella decisión pasaba a ser mucho más importante de lo que alguna vez soñé:  de tanto verla dibujar, me dieron ganas de dibujar a mí también. Y a ella le dieron ganas de viajar. Una combinación perfecta. Así nacía nuestro proyecto de dibujar la vuelta al mundo juntos, y los pocos planes que tenía se desviaron para transformarse en algo increíble.

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Desde ese entonces, aquellas empresas -de las que hablaba Borges- me invitaban a creer que nada era imposible. Que hay que encarar los sueños como si fueran aventuras que en el caso de no concluirlas en esta vida, se concluirían en alguna vida siguiente, pero que hay que hacer lo imposible en el presente. Y concluidas, pasar a la siguiente aventura. De ésta forma, se deja a un lado a la muerte, como un actor de reparto de nuestra película.

Así, hace un año atrás, llegaba a pisar Nueva Zelanda, con la idea de -además de disfrutarlo- usarlo como un puente a Asia y comenzar a dibujar esa vuelta al mundo.

Un mes después que yo, llegaba Marce, con el plan de acompañarme, mientras yo trabajaba con mi visa “Working Holiday”, bajo el sol de los campos de kiwis de la isla norte.

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Pero como todo plan, siempre puede fallar, ó al menos desviarse…

IMG_0020Solicitamos una visa de turista por 3 meses renovables.  Pero alguien en la embajada de Nueva Zelanda de Washington (la que corresponde para Colombianos), determinó que ella era un peligro para la sociedad y aprobó la visa sólo por un mes sin la posibilidad de renovarla dentro del país (limited visa). Con lo cual, la nueva aventura pasó a ser resolver un problema de papeles migratorios que nos llevarían a la embajada de Nueva Zelanda en Australia. A gastar todos nuestros ahorros y endeudarnos en uno de los países más caros del mundo. Con la incertidumbre de lograr -ó no- una aprobación para volver. Después de 40 días, la visa se aprobó (también por un mes) y pudimos ingresar nuevamente a Nueva Zelanda. Sin muchos planes, con poco y nada de dinero y las tarjetas al rojo vivo.

Pero como “mi alma sabe que es inmortal y por eso podemos emprender cualquier empresa”, por dentro tenía la sensación de que algo bueno nos esperaba. Unos amigos de Bariloche nos contactaron con un amigo que conocía nuestra historia por nuestro blog y que hace años trabajaba como gerente en un supermercado de la isla sur.

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Y a los pocos días, comencé a trabajar en el sector de beer & wines (cervezas y vinos)…

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Pero pasado el mes, la visa de Marce vencía otra vez y debíamos solicitar una nueva. Y así, entre trámites, demostraciones de convivencia, incertidumbre, gastos en dólares con pocos ingresos y mucho estrés, la renovamos dos veces más. Hasta que luego de cuatro meses, logramos que el supermercado me extendiera un permiso de trabajo (Work Permit), y así conseguir una visa de acompañante (Partnership) para Marce. Luego de tanto incertidumbre, lográbamos conseguir una visa estable por el término de un año.

Es el momento de establecerse por un tiempo para pagar deudas del viaje, liberarnos de tarjetas, préstamos bancarios y ahorrar lo suficiente para seguir viaje a Asia.

Es por eso que hoy estamos viviendo en un pueblo increíble (Wanaka), donde se respira paz, las casas no tienen llave y el paisaje es digno de un escenario creado por Tolkien. El destino no pudo haber elegido un lugar mejor para darnos una pausa a nuestro viaje. Y usar esa pausa para comenzar a diagramar el libro que queremos dibujar para inspirar a aquellos que quieran espiar nuestros pasos.

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El destino está escrito, y a la vez es una bola de flipper. Me apasiona pensar que el tiempo  de un semáforo puede cambiar tu vida, y la vida de miles de personas. Podemos planificar todo, pero no podemos manejar los imprevistos. Son desvíos que nos regalan un montón de vida. Por algo la mayoría de las anécdotas son siempre momentos que uno no puede prever.

Y a cada paso me gusta reír. Busco compartir cada momento. Tomarme el tiempo para meditar, para apreciar los paisajes nuevos. Caminar en la oscuridad y ver las estrellas en el cielo. Preguntarme si debe de haber alguien en alguna de ellas, del otro lado. Me emociono con las cosas simples. Extraño a los que están lejos, a los que no están. Los imagino. Los abrazo. Aunque no lo sepan.  Y eso me hace sentir más cerca que si estuviese cerca. Y en los momentos de rutina viajo dentro de mí mismo. Pienso en todos los momentos que nos llevaron hasta ahí.

Y por alguna razón el viaje nos trajo hasta acá con cada adversidad.

Pero siempre recordamos que las herramientas más valiosas que una persona puede tener: la sonrisa y el respeto. Conscientes de que el viaje esta lleno de desafíos. Y que esas pruebas son las que nos hacen viajeros.

(…) y me dije que el alma sabe, de un modo secreto, que es inmortal, y por eso podemos emprender cualquier empresa, ya que si no la concluimos en esta vida, la concluiremos en la otra o en las otras“.

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El libro de mis sueños

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Un año después de terminar mi escuela secundaria -allá por 1996-, mi viejo no tuvo mejor idea que regalarme un libro de autoayuda. Y como rebelde sin causa a los 18 años, me reí, lo ignoré, le contesté “yo no necesito ninguna autoayuda” y dejé el libro guardado en un cajón.

El viejo sabio, de vez en cuando me preguntaba… “y? leíste el libro?”, y yo no sabía cómo decirle que no quería leerlo, y le contestaba siempre que no tenía tiempo, que ya lo iba a empezar a leer. Pero seguía con mi postura, -“con todo lo que tengo que estudiar, qué tedio leer un libro de autoayuda”. Y así pasaron los meses y los años…

Trabajaba de cadete (ayudante de oficina) en la jungla de cemento de la inmensa Buenos Aires. Tenía suerte de tener un trabajo en donde uno de cada tres lograba conseguirlo. Tenía 20 años, y apenas me había recibido de Técnico en Administración Agropecuaria. Me tomaba el 130 en Saavedra, me sentaba en el asiento de atrás a escuchar a Charly García y a Queen con mis “walkmans” a cassettes, y en la hora que tardaba llegar hasta el microcentro, me ponía a pensar en el futuro, pero todos los sueños me parecían imposibles en una Argentina donde hasta los sueños parecían privatizados.

Un día, antes de ir al baño, no encontraba ninguna revista y se me dio por agarrar el primer libro que tuviera a la mano. Abrí el cajón, y como un “random” de libros me llevé el libro de autoayuda.  No hay mejor ámbito de concentración que el baño de tu casa. Y con esa concentración pude lograr leer un par de páginas al azar. Y justo dí con ésta frase: “Escribe tus sueños como si no tuvieras limitaciones de tiempo ni de dinero”. Tiré la cadena. Me fuí, y lo dejé tirado por ahí. Pero esa frase me quedó picando en la cabeza como un pájaro carpintero.

Esa frase me llevó a pensar en cómo mataba mis sueños antes de nacer, por creerlos imposibles. Entonces, -unos días después- me propuse darle una oportunidad al libro de mi viejo…

Y cuando leí la primera página, ya no pude parar. Era un libro en donde sólo se hablaba del poder de los sueños. Te enseñaba a crearlos, a visualizarlos, a llevarlos al papel, a mirarlos todos los días antes de dormir y cómo se facilitaba concretarlos si pensabas siempre en positivo. Y el tipo me terminó de ganar cuando entre otras cosas hablaba de todos sus viajes por el mundo y todas las experiencias vividas a partir de su lista.

Cuando creamos una lista de sueños, ya estamos modificando algo en el mundo para atraerlos hacia nosotros. Y todas las energías apuntan hacia un mismo lugar. Algo así como tener a Ronaldo y a Messi en tu equipo pero que hasta que no le decís para quién juegan no saben para donde patear.

Unos días después, mi lista de sueños desbordaba. Casi todos se relacionaban con viajar. Y las oportunidades se disfrazan, se ocultan, se alejan, pero siempre están ahí. Simplemente hay que estar atentos.  Así, me di cuenta de que la oportunidad estaba más cerca de lo que pensaba si cambiaba mi actitud. Varios meses después, me tomaba mi primer avión hacia lo desconocido: escalas, conexiones perdidas, dormir en el aeropuerto, otro idioma, trabajar sin papeles con 40 grados para ahorrar y seguir viajando. Casi un año lejos de mi casa -a los 20 años-, me hizo descubrir que era feliz viviendo todas esas sensaciones que sólo produce viajar.

Pero en la lista también estaba vivir en Bariloche, donde viví desde mis 24 hasta mis 34 años. Tener un auto para viajar, cosa que pude lograr recién a mis 32, cuando con mucho esfuerzo logré comprar un auto viejo gasolero que se bancó 70.000 km -en menos de 2 años y un motor fundido- para recorrer una gran parte de la Argentina y Chile.  Viajar por Latinoamérica por tierra sin limitaciones de tiempo, cosa que logré hace menos de dos años cuando salí de Bariloche y llegué a México y Cuba, pasando por el Amazonas y modificando el plan en Colombia cuando conocí a Marce.  Y así mi lista de sueños relacionados con viajar se hacía cada vez más larga.

Así, de tan feliz que estaba y desde ese momento, uno de mis tantos sueños de viajes que “encerraba” todos mis viajes era el de muchos: “dar la vuelta al mundo”. 

Y así la lista se fue alargando y también figuraba Escribir un libro. Ver un concierto de Rod Stewart, ver un mundial de fútbol, encontrar a esa mujer de mis sueños, compartir muchos asados con mi familia, ir a la cancha con mi viejo y tantos otros… y ya pasaron más de 15 años de aquella lista. Muchos sueños se cumplieron, otros todavía no, otros dejaron de ser sueños. Otros requieren de más tiempo. Porque el tiempo es un viejo sabio, como mi viejo. Te demuestra que todo pasa por algo, que cada punto de la vida esta conectado con un punto de tu futuro y de tu pasado. Pero todo pasa por la actitud frente a ellos.

Es por eso que desde mis 20 años fui apostando a esa lista de sueños y siempre me hizo feliz. En el camino encontré a esa mujer de mis sueños, que me dibuja una sonrisa todos los días y que me hace sentir que nada puede salir mal. Y acá estoy, a mis 36 años. Agregando sueños a mi lista. Pensando en positivo. Viviendo en un pueblo increíblemente hermoso al sur de Nueva Zelanda, pensando en nuestro próximo viaje. Dándole forma a nuestro sueño. Persiguiendo ese próximo objetivo por el cual trabajamos día y noche: dibujar en Asia. Y el sueño grande,  llegar a Beijing y viajar a Moscú en el tren Transiberiano, para así empezar a dibujar esa vuelta al mundo que tanto soñamos. Y nunca pensé que el sueño de escribir un libro se modificaría a “dibujar un libro”. Sabemos que es un sueño grande. Pero como mi viejo me enseñó, “hay que soñar como si no tuviéramos limitaciones de tiempo ni de dinero”. Por eso, seguimos dibujando el camino. ¿qué hubiera pasado si no hubiera leído ese libro a mis 20 años? quién sabe…

¿probaste un malbec?

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Y dibujando, el camino nos trajo hasta acá. Al sur de Nueva Zelanda.

Hoy, trabajo en el único supermercado de un pueblo que fácilmente puede compararse con el pueblo de los Hobbits: Wanaka. Para llegar, camino todos los días cerca de 2 kilómetros por un bosque y un sendero  donde disfruto desde una cumbre, el pueblo, el lago y las montañas, que en ésta época del año se pintan de blanco. Voy escuchando música, cantando, meditando y pensando en esa gente que quiero, que está del otro lado del mundo.

Llego, marco la hora de entrada con mi huella a las 12 del mediodía. Y me voy al depósito a buscar cajas de vinos que se bajan en pallets distribuidos según la variedad: Sauvignon Blanc, Pinot Noir, Shiraz, Merlot, Internacionales, Red Blends, Riesling, Rosé y Sparklings. Y camino de una punta a la otra del super para reponer las góndolas.

Además de ser el trabajo que nos generó una visa estable, mi teoría del lado positivo siempre me lleva a un lugar que disfruto. Y si me preguntan qué puedo disfrutar de éste simple  trabajo respondo: los vinos se abren en momentos especiales. Y cada botella tiene un destino. Y me gusta imaginar que los vinos que recomiendo llenan de energía positiva esos momentos.

Me gusta pensar que las decisiones más simples que tomamos  -como lo es enfrentarnos a una góndola con cientos de vinos-, ya nos hace elegir un camino entre muchos. Y me gusta generar historias de los clientes al momento de elegir.

¿cómo hacemos para elegir uno?

¿cuánto dinero pienso gastar? ¿cuánto tiempo voy a emplear en elegirlo? ¿me juego a probar algo nuevo? ¿la etiqueta me seduce? ¿el mensaje de la etiqueta me transmite algo? ¿en dónde se produce? ¿Lo voy a tomar sólo ó con alguien? ¿esa persona me importa ó no? ¿esa persona disfrutaría de un buen vino ó da igual cualquiera? ¿qué voy a cocinar? ¿cuántas botellas llevo? ¿y si en vez de vino llevo cerveza?

Al final, como todo viaje, como toda decisión, elegir un vino es pura intuición, que a veces puede fallar, y que no siempre depende de dinero, porque los precios siempre son muy relativos.

A mí la intuición me dice que hay que seguir buscando ese vino que te haga feliz. 

Yo encontré uno en mi góndola de esta parte del mundo. Entre cientos de vinos, existe aquél que recomiendo sólo a la gente que viene con una sonrisa: un Trapiche Malbec 2012 con 9 meses de barrica de roble. Es el único Malbec, el único vino argentino de éste pueblo, al que el roble lo hace especial y muy distinto a los vinos de Nueva Zelanda, donde casi no se produce el malbec. Y descubrí que a la gente le gusta porque vuelve a comprarlo, como una señora que -después de recomendárselo- se hizo fanática de éste vino y siempre viene a buscar más. Y “sólo” sale unos 11 dólares, lo cual lo hace un vino barato para el promedio, ya que los precios acá rondan entre los 6 y 50 dólares. Y claro que es especial porque proviene de mi tierra. Y me conecta con aquellas personas que están en el primer eslabón de la cadena, allá en los viñedos de Mendoza.

Muchos me recuerdan que ese vino es de la tierra donde nació el Papa. Pero yo les recuerdo que también es de la tierra del tango, del fútbol, de la literatura, de la tierra fértil, de los gauchos, de los paisajes increíbles, pero sobre todo, de gente que vive con una pasión extraordinaria. Que la pasión por el fútbol es desmedida, sí, pero que es un reflejo de la pasión por todo. Por la política, por el trabajo, por esas ganas de cambiar un poco el mundo. Y esa pasión se refleja en un buen vino. Mezcla rara de tanos y gallegos nacidos al sur de América. Soñadores. Aunque a muchos les cueste ubicarnos en el mapa, siempre aparecemos por algún lado. Somos tan argentinos como éste malbec.

Imagino así a un psicólogo diciéndome que elegí ese vino porque extraño. Es muy probable. Pero para mí, es el mejor vino de la góndola. Hasta hace poco tenía la ventaja de ser el único vino con corcho. Pero los ingenieros del primer mundo decidieron terminar con la magia del ritual de descorchar una botella y reemplazarlo por la tapa a rosca. Sí, todos los vinos en Nueva Zelanda son con tapa a rosca. Eliminaron así el 50% de la magia de tomar un vino.

Por eso, al tener tiempo para pensar, imagino las historias detrás de la gente que viene al sector de “beer & wines”.  Imagino los momentos importantes, los casamientos, los regalos, los reencuentros, las primeras citas, las reuniones de negocios, las borracheras entre amigos. Y el vino que recomendé, como testigo.

Por eso, todos los días aprendo algo nuevo. Imagino algo nuevo. Y lo disfruto. Lo escribo, lo dibujo.

Entendiendo que ésta es otra etapa inolvidable de nuestro viaje. Como en otro momento fue trabajar en la isla norte en los campos de kiwis con indios y maoríes. Y me pongo a pensar que algún día lo recordaré con nostalgia, como alguna vez lo fue trabajar con mis amigos mexicanos con 45 grados de calor al sur de Estados Unidos.

Durante el día, me pongo a pensar que la vida es una inmensa góndola, que te hace elegir vinos todos los días, para generar historias nuevas. Por eso siempre, hay que estar con una sonrisa para que alguien se te acerque y te recomiende ese vino que te haga feliz.

Y así, mi día de trabajo llega a su fin, y observo que entre cientos de vinos, los Trapiche Malbec argentinos se agotaron una vez más.

Están siendo testigos de nuevas historias, como yo.

Sacamos a pasear a E.T.

 

El verano pegó el portazo y se fue con su mochila a recorrer el norte. No queríamos que se fuera, pero nos dijo que ya era suficiente por ahora, y dijo que nos veíamos a fin de año. Pero para que no lo extrañáramos tanto nos dejó una garrafa de 9 kg, una estufa y una factura de 200 dólares. El otoño llegó despacito, fue desnudando los árboles, y con él llegó el viento, la lluvia y el frío. Y al vivir en el paralelo 44º el frío se siente un poco más frío que en otros lados.

Nuestra casita es hermosa, pero no deja de ser un pequeño galpón modificado, al estilo de refugio de montaña, ya que vivimos en la parte superior de un depósito sin calefacción, el cual comenzó a convertirse en un pequeño frigorífico. Como Nueva Zelanda no subsidia el gas ni la electricidad, las facturas son dolorosas y obliga a los que tenemos recursos escasos en transformarnos en ecologistas del bolsillo, a pensar en que cada minuto de estufa eléctrica es un dólar menos. Ó una ruleta rusa para nuestra economía. Por eso decidimos comprar un calentador que se conecta a una garrafa (ó botella de gas), pensando en economizar y no morir congelados (esperemos no morir prendidos fuego). Muy contentos con la nueva adquisición, la fuimos encendiendo un par de horas sólo los días en que hacía frío, es decir, que en las dos semanas sólo tuvimos que encenderla 14 días. Sí, todos los días.

Para nuestro asombro, al día 15, el gas se terminó. Con temperaturas bajo cero, pasamos la noche tiritando bajo una cápsula formada por frazadas y bolsas de dormir, y la excursión hasta el baño era una odisea polar que debíamos evitar hasta el límite de lo insoportable.

La noche pasó y debíamos llevar a recargar la garrafa para no pasar otra noche parecida. Como no tenemos auto, nos propusimos ir caminando hasta la estación de servicio más cercana. “Sólo” nos separaban 2 kilómetros de nuestra casa. Entonces, determinados a lograrlo, cargamos la garrafa con el Frazada-System y salimos por las calles de Wanaka. Los vecinos del pueblo nos observaban como si lleváramos a E.T… Entre risas y chistes llegamos a la estación de servicio.  La ida fue fácil, pero la vuelta era 2 kilómetros a garrafa llena. Y el Frazada-Systemª se modificó a un estilo de Frazada-Mochi-Systemª, en el cual trasladamos todo el peso a nuestras espaldas a la par, poniéndole ritmo y coordinación a nuestro andar. Digna de una prueba de terapia de pareja muy difícil de superar. Pero pensar en el frío de la noche era el incentivo para enfrentar el desafío. Y ya con menos risas, menos chistes y más cansancio, pero con la misma onda, logramos nuestro objetivo. Volvió el calor a nuestra casa. Pero esta vez, en vez de medir el gas en dólares x minuto, lo medimos en pasos con garrafa x minuto.

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Viajando aprendí…

 

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Un día cualquiera, por alguna extraña razón, me trasladé a mis 80 años.  Pero me encontré frustrado por no tener historias para contar, arrepentido por no haber hecho de mi vida una sucesión de capítulos en donde mis viajes, sean el argumento de mi pasado, acompañado de todos los momentos mágicos vividos con las personas que quiero. Pero por la misma extraña razón, hoy volví a mis 36 años para escribir la historia que quiero contar.

Aprendí que no hay que dejar de soñar. Y vivir para cumplir los sueños. Quiero seguir recorriendo el mundo. Quiero seguir conociendo gente maravillosa. Quiero seguir aprendiendo. Quiero seguir dibujando y escribiendo, porque aprendí que también es una forma de viajar, de compartir mi viaje y mi vida con los que quiero. Y creo que es una forma de cambiar el mundo mientras viva.

Aprendí que cambiamos el mundo con un simple abrazo, ó regalando un dibujo. Y si logramos hacer feliz a una persona ya lo estamos transformando. Y yo lo quiero transformar dibujando.

¿Pero acaso no hay que trabajar para viajar?  Claro que sí, se debe ganar plata para viajar, pero antes que pensar en eso hay que pensar en el miedo. El miedo a quedarse sin plata paraliza. El miedo a los imprevistos paraliza. El miedo. El miedo a todo.  Pero aprendí que a lo que hay que tener miedo es a que pasen siempre las mismas cosas. A la rutina eterna.  A los días programados. Y así postergar en un sillón todos esos sueños. Y acumular excusas para no tomar la decisión por miedo a cualquier cosa.

¿Pero no es muy arriesgado quedarse sin plata en el viaje? Sí, es un riesgo. El riesgo de conocerte a vos mismo en casos extremos. En ingeniarse qué hacer, dónde dormir, cómo comer, a quién recurrir. Te puede sorprender todo lo que uno puede lograr en esos casos. Y aprendí que eso te lleva a conocer gente increíble, que de otra forma, no hubieras conocido.  Por una extraña razón, en todo el mundo existen esas ganas de ayudar a los que viajan. Y por otra extraña razón, siempre aparece una oportunidad para encontrar una solución. Y siempre me pregunto cómo sería una sociedad donde todos fuéramos viajeros. Donde no necesitáramos plata para ayudar ni recibir ayuda. De ayudar por el sólo hecho de sentirse bien ayudando.  Y en esos momentos es cuando uno aprende a ser solidario y a respetar esa hermosa cadena de favores. Y también se aprende -además-, que cuanto menos necesitamos, más felices somos. Y la mochila nos enseña que no necesitamos más de lo que entre en ella.

Aunque yo también vivo en este mundo. Y el sistema no cambia por más que uno viaje. Y aprendí que mientras se viaja hay que llevar una vida nómade ganando plata de muchas formas. mochilas

Pero el viaje esta lleno de peligros e imprevistos, ¿no es mucho el riesgo que uno corre? sí, el riesgo es que esos imprevistos te hagan cambiar el rumbo que tenías planificado para llegar al lugar que tenías que llegar. Y que te lleven a conocer gente increíble.  Aprendí que las cosas que pensamos que son negativas, pueden transformarse en positivas cuando te llevan por un camino diferente al que pensabas. Y cuando uno escribe la historia, esos momentos terminan uniendo los puntos del destino que te llevan a momentos inolvidables.

Y aprendí además, que en todo viaje, tenemos miedo de alejarnos de las personas que amamos. De la familia, de los amigos del alma. Pero creo en eso de que las personas que amamos se sentirán felices de nuestra felicidad, y eso también es corresponder a ese amor. Se extrañarán. Nos extrañarán. Pero se sentirán felices por nuestros descubrimientos, por el crecimiento de los que decidimos alejarnos a explorar, a aprender.

Y que a la vuelta, cuando llegue el día del reencuentro, se sienta el placer de transmitir todo lo vivido a las personas que amamos. Y de lo mágico que puede ser un abrazo después de tanto tiempo.

Aprendí que de alguna forma todos estamos conectados. ¿Acaso alguien piensa que la distancia puede separar todo el amor que nos une? Yo no. Por eso, en cualquier lugar del mundo hablo con mi mamá, que ya no está, pero que esta en todos lados. Y con mi papá, que esta  siempre conmigo pero lejos. Y ese amor es la estrella que me guía en todos mis viajes. Y aprendí que eso es estar unidos. Y mientras tanto, mientras tenga esta vida que tanto amo, voy a seguir viajando, dibujando el camino para cambiar el mundo, para hacer feliz a alguien, y si es a muchos, mejor. Y mi sueño, estará cumplido.

 

 

 

Decisiones

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De eso se trata. A veces las tomamos bien, a veces las tomamos mal, o a veces no las tomamos. Yo creo que ésta última es la peor de las opciones. No tomar decisiones hace que otros las tomen por vos.

Y hace ya casi un año atrás, tomé la decisión de salir a recorrer el mundo, algo que me rondaba la cabeza desde siempre. Claro que sin saber cómo, ni por dónde empezar.
Un trabajo estable, me hacía tener la certeza de que todo podía seguir igual. Pero nunca estuve preparado para tanta estabilidad. Al menos, sin que en la cabeza me hiciera eco una voz que me gritara “hasta cuándo vas a postergar ese viaje?”…
No quiero un auto, un terreno, una casa, necesitar cosas, cosas y más cosas para ser feliz. Una vida llena de anclas te obliga a estar siempre en el mismo lugar.
Y explorar, conocer distintas culturas, distintas formas de vivir, y miles de paisajes distintos es lo que me motiva a soltarlas.
Y acá estoy, feliz de haber tomado la decisión de comprarme aquel pasaje para salir el 1º de enero con rumbo norte, sin muchos planes. Y dejar que la vida me sorprenda.

Y hoy me pongo a pensar en que sin haber tomado esa pequeña/gran decisión, me hubiera perdido de vivir todo esto: de conocer Cachi, Salta y La Quiaca, de conocer el salar de Uyuni, Potosí, La Paz, la Isla del Sol, Puno, Macchu Picchu, Cuzco, Lima, navegar 600 km y dormir en el Amazonas, la aventura de cruzar una triple frontera sin pasaporte. De viajar a la casa de una gran amiga en Bogotá y conocer a la persona que me hace cada día más feliz (y de que me espere con una botella de fernet). Me hubiera perdido de darme cuenta de que el viaje es mejor si se comparte con alguien que querés. De recorrer la ruta del Café, de llegar al Caribe de Cartagena y encontrarme con otro gran amigo para viajar a Barú arriba de una moto y en balsa. Me hubiera perdido de viajar a México, nadar con tortugas, bucear en los cenotes, y escribir en las playas más turquesas que vi en mi vida. Me hubiera perdido de que la persona que amo me espere en el aeropuerto de La Habana y recorrer toda la isla de Cuba, de dormir en la playa y disfrutar de los mejores atardeceres y amaneceres queriendo frenar el tiempo. De dibujar el camino juntos. De bailar salsa en las calles de Cienfuegos. De volver a Buenos Aires, extrañarla y volver a Bogotá y Medellín para conocer su lugar. De volver a mi casa en Bariloche y cruzar la Patagonia en tren hasta Puerto Madryn y ver las ballenas con nieve en un frío del mal. De manejar a Bariloche y volver a Buenos Aires cargados de cajas con tormenta de nieve y lluvia por 1600 km.
De disfrutar de los mejores asados en familia, de llenarme de las personas que quiero. Y de tantas cosas más…

¿qué hubiera pasado si no tomaba esa decisión? Quién sabe.
Pero hoy escribo desde la terraza de un hostel de Santiago de Chile, esperando por mi vuelo a Nueva Zelanda. Para seguir haciendo de esa decisión la mejor de mi vida. Para seguir persiguiendo esa vuelta al mundo que es mi sueño. Y que ahora pasó a ser “nuestro sueño”.
Y para seguir dibujando el camino.

15 de abril

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Un día como hoy, hace ya 35 años, llegaba a este mundo, que según de dónde, cómo y con quién se lo mire, puede verse y disfrutarse -ó sufrirse- de millones de maneras distintas. Ayer terminé mi viaje superando cualquiera de mis sueños delirantes que tenía antes de partir. Con la sensación de haber disfrutado al máximo de cada paso. De haber ido descubriendo algunas de esas cosas que el mundo tenía para regalarnos. Pero no sólo ese que nos entrega las maravillas que podemos ver, sino ese mundo interior que esta en nosotros, y que es mucho más complejo. Y que cuando se llena de momentos, y se alimenta de sueños, el alma responde con sensaciones increíbles.

Captando un mensaje claro que en alguna parte del universo alguien me envió. Entendiendo que todo es perfectamente como tiene que ser, que las cosas pasan por alguna razón y que en el tiempo esta la respuesta. Confirmando que la decisión de dar el primer paso fue la mejor (y la más difícil), pero que todo lo demás fluye de la forma que tiene que fluir.

“Vamos dibujando el camino” fue una frase que me rondaba por la cabeza cuando planeaba mi viaje. Pero ni en el mejor de mis sueños imaginé que iba a encontrar en Colombia una persona que literalmente quisiera dibujar el camino conmigo.

Y así todo se dio para que un día, coincidiéramos en el aeropuerto de La Habana, para recorrer todos los rincones posibles de Cuba, conociendo gente, lugares, costumbres, ideas e historias increíbles. Y sentir que aquello que alguna vez había escrito en México sobre “qué es disfrutar un momento?” tenía mucho que ver con eso de que la felicidad no es total si no es compartida. Y por eso, al estar con esa hermosa persona que es ella, pude valorar al máximo cada momento compartido. Y volver a sentir esa “nostalgia” de querer regresar a esos momentos en el futuro. Como lo siento en este momento. Hoy cumplo 35 años, y al ver estas fotos de todo el viaje, los recibo con toda la felicidad del mundo, pero ahora, con muchas más ganas de seguir dibujando el camino.

Akumal

¿Qué es disfrutar un momento? Hoy, visité la playa de Akumal, un paraíso protegido de tortugas de mar. Y me sumergí en un lugar increíble, donde los corales son el refugio para miles de especies de peces, de todos colores, y así sentir que uno esta volando con ellos. Y luego de un rato, me encontré con la paz de una tortuga, y nos pusimos a nadar juntos… y mi imaginación se puso a generar un diálogo de locos con ella, y a pensar otra vez en que algún día voy a querer volver a este momento. Y entonces me pregunté ¿Qué es disfrutar un momento? Será generar un momento, al cual querrás volver a vivirlo alguna vez? Cuando decimos “disfrutá mucho”, ¿qué queremos decir? Me gusta pensar en que el día de nuestra muerte, tenemos la posibilidad de volver a estos momentos en que fuimos felices. Por eso hay que tratar de buscar muchos. Pero claro que hay mucho de verdad en eso de que “la felicidad sólo es real cuando es compartida”… porque nadando con esa tortuga, pensaba en las ganas que tenía de compartirlo con alguien. Entonces, ¿verdaderamente lo disfruté? Ó habrán porcentajes de felicidad, entendiendo que disfrutar es el grado de felicidad que se alcanza por algo, como si la misma se pudiera medir? Qué conexión puede haber para sentir que uno esta acompañado por uno mismo? Y disfrutar como si el alma pudiera dividirse en dos. Como cuando nos hacemos preguntas y nos contestamos a nosotros mismos, como si fueramos personas distintas… En fin, llegué a la conclusión de que todo es relativo. Y que no se debe analizar la felicidad, simplemente hay que valorar que uno esta vivo y que el presente es el mejor de los regalos. Y de que hoy viví el presente de una manera increíble, generando esos momentos a los cuales algún día voy a querer volver.

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No por casualidad

De alguna forma el día de hoy me hizo analizar en que estamos conectados en el tiempo. En pensar en que todo lo que hacemos por ayudar a otros nos hace evolucionar, quizás en esta o en otra vida.
No por casualidad uno está sentado en un banco de una plaza un día cualquiera y empieza a pensar en que todo tiene una razón, que cada decisión es un cambio de rumbo. Es una forma de elegir cómo caminar en el tiempo, entendiendo que la vida se encarga de compensar el bien y el mal.

No por casualidad me dieron ganas de ver una película, y al azar elegir una que hable del karma, de las vidas pasadas y futuras el mismo día en que lo estaba sintiendo.

No por casualidad, me puse a pensar en la conexión que existe entre todas las personas que queremos, y que -estoy seguro-, no son sólo parte de esta vida. Me da tranquilidad creer que, en otra vida voy a seguir conectándome con la gente que quiero, pero que en esta quiero valorarla y disfrutar al máximo de ella. Y que la muerte es tan sólo otra puerta que se abre para reencontrarnos.

No por casualidad sentimos conexión con gente que no conocemos.

No por casualidad llegué a valorar mis sueños al máximo para sentir la necesidad de recorrer un camino que me acerque a la gente con la que debía reencontrarme, sin conocerla.

No por casualidad, soñé con mi muerte y estuve cerca de ella el mismo día de comenzar mi viaje, quizás para valorar al máximo cada respiración, cada paisaje, cada nueva sensación, cada segundo de estar vivo.

No por casualidad, aprendí a valorar el tiempo que me permite encontrar esos momentos de conexión con esa gente que piensa en mí, a la distancia. Sabiendo que no hace falta estar cerca para sentirse cerca.

No por casualidad, descubrí que la vida te regala momentos increíbles con más frecuencia si tenemos el valor de romper las reglas que nos atan a la rutina. Es divertido intentar explicar algunas decisiones de este camino a algunos conservadores que responden “mirá que la vida no es siempre así”, y muy fácil a los que entienden que no hay que perder el rumbo de los sueños.

No por casualidad, me “reencontré” con una persona que despertó mis ganas de dibujar el camino. Literalmente.

No por casualidad me robaron aquella mochila con tantas cosas y con la cámara de fotos, tomándolo como símbolo de que hay que observar más, para dibujar.

No por casualidad, tengo la sensación de que hubiera cambiado mil mochilas para generar ese “reencuentro”.

No por casualidad, el año pasado antes de comenzar, decidí que el título de mi viaje debía ser “Vamos dibujando el camino”.

Si alguien cree en las casualidades, lo respeto, pero déjenme creer en que las casualidades no existen.
Este camino, se va descubriendo, entendiendo, y aprendiendo de a poco. Pero creo que en alguna parte ya esta dibujado.

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Putucusi: la escalera de todos los miedos.

 

 

Parado frente a una escalera vertical en la montaña, intentando adivinar dónde termina en su ascenso, con escalones de madera viejos y resbaladizos, y un cartel que anuncia que el camino se encuentra clausurado, puede ayudar a que te hagas muchas preguntas. Las opciones son retroceder ó enfrentarla. El instinto de supervivencia-lógico te presiona a la retirada, pero si te vas, te perdés una de las mejores vistas de tu vida. Y no tenés otra opción que este momento. Me puse a imaginar si subiendo esta escalera podría enfrentar todos mis miedos juntos. Tomando esta escalera como símbolo de todos mis temores, -súbitamente-, me dieron ganas de enfrentarla.  Y escalón tras escalón, sin mirar para abajo y con esfuerzo, llegué hasta la cima. Si esa escalera me hubiera obligado a retroceder, me hubiera perdido ésta majestuosa vista de Machu Picchu… y me pregunto cuántas veces en la vida tenemos éstas “escaleras” disfrazadas de cosas que nos llenan de miedos y por no enfrentarlos, nos perdemos de cosas maravillosas…

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Dibujando Machu Picchu

Cómo describir la sensación de cumplir un sueño? El reloj anunciaba las 4:20 de la mañana, pero ya estaba despierto. La ansiedad de empezar el día me hizo levantar de la cama con muchas ganas de salir a caminar. Todavía era de noche, y comencé el camino por las calles de Aguas Calientes bajo una lluvia torrencial. Caminar en la oscuridad, viendo a lo lejos algún foco de luz que devolvía la imagen de la cantidad de agua que caía, sólo me hacía más feliz. Porque pensaba que era una lluvia distinta, era la lluvia que me conectaba con mi pasado, con esos momentos de la vida en los que soñé vivir este día. Me reía, cantaba y abría los brazos agradeciendo al cielo. Las lágrimas se confundían con la lluvia y terminaban siendo lo mismo. Y de tanto pensar, y subir escalones entre un camino de selva, la claridad del día empezó a mostrar las nubes bajas que cubrían todo el paisaje. La lluvia dejó de ser lluvia y pasó a ser niebla. El cansancio no podía vencerme, y la cabeza daba órdenes de no parar. Entre senderos de piedra interminables, -finalmente-, subí la vista hacia un horizonte imaginario que creaban las nubes, y como si alguien pasara un borrador despejando el cielo, surgió el imponente Wayna Picchu. Sentado frente a esa imagen, me sentí abrazado a todas las personas que quiero. Fue un momento de paz, de entender que la vida es mucho más que vivir en ese sistema que nos hace relegar nuestros sueños. Y que tomar la decisión de vivir, de atrapar tus sueños, puede traducirse en momentos como este.

Subir hasta la cima del Wayna Picchu fue una tarea exigente, pero con un premio mayor: una vista aérea de Machu Picchu, sintiendo el sonido del río, viendo el blanco de las nubes cambiar de tonos por todos los picos de la montaña, y sentir la energía de un lugar sagrado, donde el sol seguirá gobernando por siempre. Viajar en el pasado e imaginar a ese imperio caminando por esos pasillos angostos, trabajando la tierra, labrando la piedra, adorando al sol, estudiando el cielo, y conectándose con las cuatro regiones del Tahuantinsuyo es una forma de conectarse con el lugar. Un imperio que respetaba a la tierra, tanto como al sol. Que creía en el cóndor, el puma y la serpiente como los símbolos del cielo, la tierra y el inframundo. Me hace pensar en qué hubiera pasado si la historia hubiera sido diferente. Si la codicia del hombre no hubiera entorpecido este sistema. En preguntarme cómo sería el mundo si este imperio hubiese avanzado. Si en vez de computadoras, autos y televisión, el mundo hubiera avanzado en espíritu, entendiendo y respetando la tierra y el cielo. Quizás son muchas preguntas para este día. Mejor me dejo llevar, disfrutando de cada bocanada de aire. No paro de mirar cada detalle, como una forma de querer guardar este momento por siempre. Cierro los ojos. Me imagino recordando esta imagen en el futuro. Los abro. Y vuelvo a verla. Me sorprendo. Sí, lo estoy viviendo. Y me río. Y no puedo parar de reírme…

 

 

 

Armando la mochila

Ya es mediodía de este anteúltimo día de 2012. A dos días de partir con rumbo norte. Estoy armando la mochila para el viaje que siempre soñé…

Esta mochila va cargada de sueños, y de todos esos momentos de mi vida que me hicieron reir y llorar. Entendiendo que todo es “perfectamente como tiene que ser”, y que las cosas buenas y malas –como todo viaje- dibujan un camino hacia un lugar, al que en algún momento se llega… Pero que la vida es eso que pasa durante el viaje. Y llegar tan sólo es el inicio del siguiente.
Por eso agradezco a la vida por tener la familia y los amigos que tengo, que entendieron las locuras que estuve haciendo para encontrar esos nuevos caminos que hoy me pintan la sonrisa que veo en el espejo. Pero que alguna vez el mismo reflejó tristeza, fastidio y lágrimas… pero después entendí que son símbolos que manifiestan la necesidad de un cambio de rumbo, y que el tiempo termina enseñándote el porqué. Y armar esta mochila es una de esas respuestas del tiempo. Por eso a todos ellos quiero decirles que no concibo mis momentos de felicidad sin ellos, y que “no importa dónde estén, lo que importa es que estén!”…
Hoy, esta mochila se prepara para vivir, para emocionarse, para explorar, para descubrir, para caminar, pero sobre todo para conocer nuevas personas y esas experiencias de vida. Esa gente que el destino dice que por algo tenés que conocer. . Porque alguna vez soñé con cambiar el mundo, y todavía no renuncio a ello. Porque quizás, no hace falta ser revolucionario para lograrlo, sino que con un pequeño gesto de amor ya estamos ayudando a generar una revolución. Soñar un mundo donde no exista el egoísmo, el odio, las fronteras, los pasaportes, donde nos ayudemos entre todos. No sería utopía si entendieramos que una palabra, un abrazo, ó un pequeño gesto de amor puede cambiar el rumbo de una vida, ó de muchas.
Por eso quiero salir a entender la historia de los pueblos, de su gente, de sentir Latinoamérica para entender el mundo. Aunque cueste entenderlo.
Esta mochila esta preparada para vivir. Para dar el primer paso hacia la vuelta al mundo….
Y para dibujar el camino.
Feliz Año para todos!
Lea.

Presente Perfecto

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Foto: Hernán Sala

 

” Durmiendo con la mochila puesta…
Con esa insoportable sensación de querer salir a buscar respuestas,
y tirarle en la cara todas esas preguntas al destino.
De buscar quién sabe qué, pero determinado a encontrarlo.
De salir a enfrentar al viento hasta humedecer los ojos.
De brindarle al alma esa furia de horizontes.
De querer apostarle a ese dios que te juega con el mazo entero.
De dirigir ese viaje hacia el interior de uno mismo.
De romper con esa rutinaria vida de despertadores,
convirtiendo la vida en un montón de sueños postergados.
De enfrentar los miedos que te paralizan, hasta dominarlos.
De descubrir esa nueva jugada para esas fichas que te tenían en jaque,
De caminar descalzo en cada nueva tierra,
Conectar, compartir, abrazar, enseñar, aprender.
De chocar mi cabeza contra otras ideas.
De entender. De aceptar.
De vivir nada más que el presente, para que sea un presente perfecto”.