Triple frontera de Amazonas

Luego de navegar unos 600 km por el río Amazonas, finalmente llegué a la triple frontera Perú-Brasil-Colombia, una zona rodeada de paramilitares, lo cual me ponía un tanto nervioso. La aventura se puso más interesante cuando en migraciones de Perú me indicaban que debía volver a Iquitos (600 km) para generar el papel migratorio (dado que al no tener pasaporte, y el papel de ingreso) ellos no contaban con sistema y no podían emitir un permiso de salida. Finalmente, decidí cruzar a Colombia sin ese permiso de salida, en una balsa de madera por 5 soles, (porque prefería caer preso antes que volver a Iquitos!). Me subí a una moto (acá las motos funcionan como taxis) hasta la oficina de migraciones en el aeropuerto y, por suerte, -del lado Colombiano- encontré a un oficial de migración con criterio (gracias Milton!), al cual le expliqué toda mi situación, le mostré la denuncia y me contestó “no te preocupes, yo te emito la carta andina porque te creo todo, pero tuviste suerte porque si venías mañana y estaba mi jefe, te hacía volver a Iquitos a buscar el permiso”… Ahora ya estoy instalado en Leticia, Colombia, con los papeles en orden y esperando al vuelo de mañana hacia Bogotá. Hoy me había levantado con toda la onda para que el día terminara bien, y como la buena onda, genera buena onda… todo terminó bien!… y contento de haber cruzado a Colombia!!! abrazo a todos!

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Amazonas: enfrentando a las pirañas para recuperar mi mochila.

Aterrizar en Iquitos, fue llegar a cumplir otro sueño, vivir el Amazonas era como la fantasía de meterse en la pantalla de televisión y aparecer en un documental, era viajar a la aventura. Iquitos, la ciudad más grande de la Amazonia Peruana, me recibió a la salida del aeropuerto con un acoso de al menos 50 taxistas y mototaxistas a los gritos, peleando entre todos para que me suba a uno de ellos. Decidí subir a un taxi de un viejito, que estaba sentado fuera de la multitud. Le pedí que me acercara hasta algún albergue barato -en el centro de la ciudad-, y al avanzar, las moto-taxis sobrepoblaban cada espacio visible. Pude dejar la mochila, y fui a averiguar cuándo salían los barcos hasta Leticia, Colombia, -unos 600 km de distancia-. Al ver que a las 19:00 hs partía el barco “Jorge Raúl” desde el Puerto Pesquero, el cual tomaba 3 días y 2 noches en llegar, ni lo dudé y por la tarde me tomé una moto-taxi hasta el Puerto. Al llegar, pude ver que el Puerto era tierra de nadie…

El barco era un barco de carga, que en uno de los pisos llevaba pasajeros donde cada uno colgaba su hamaca, y me encantaba la idea, con lo cual compré una y subí a buscar mi lugar. Conocí una familia muy amable, que había vivido en Buenos Aires y estaba feliz de estar a poco de salir a navegar, y de estar viviendo esta aventura. Faltaba cerca de media hora para zarpar, y ya instalado en mi hamaca, puse mis mochilas debajo mío, sin soltar la mochila pequeña en la que tenía lo más importante. Un vendedor ambulante pasó por cuarta vez a ofrecerme relojes a lo cual mi negativa fue rotunda, pero en 5 segundos que solté mi mochila, del otro lado alguien me la arrebató y al darme cuenta salí corriendo y gritando con la impotencia de no saber dónde buscar entre tanta gente. Busqué policías fuera del barco y poco más que se rieron, fue ahí que caí en la cuenta de que ya era muy tarde, y sólo habían pasado… 3 minutos.  De todo lo que contenía mi mochila, sufría por las fotos y videos de todo el viaje, y por mi pasaporte, a lo cual decidí bajarme y realizar la denuncia en una comisaría turística donde me preguntaron mil cosas, y por poco más, el sospechoso era yo. La oficial me preguntó que porqué estaba haciendo este viaje, porqué me dirigía a la triple frontera, a qué me dedicaba, si pensaba encontrarme con alguien, me hizo detallar todo lo que contenía mi mochila, ponerle un valor en dólares, y, finalmente, pagar por la denuncia… ¿cómo? sí, usted tiene que pagar 12 soles para certificar la denuncia, sino no tiene ningún valor. Por suerte había que pagarlo al otro día en un banco, y no ahí en la policía porque ya había perdido todo el efectivo.

Al otro día, no quería rendirme así nomás, y decidí ir a buscar por mis propios medios a los lugares que me habían indicado que se vendían las cosas robadas, hablé con los capo mafia (denominados “las pirañas”) que me habían indicado y me fui a las radios del pueblo (que consistían en megáfonos que se escuchaban a varias cuadras de distancia). Lamentablemente nunca aparecieron, pero de todo se aprende, y fueron 5 segundos de distracción que me costaron caro. Pero sabía fervientemente que por algo pasaban las cosas. Luego de realizar una expedición de dos días en la selva, tomé una lancha rápida hasta Santa Rosa, el pueblo peruano ubicado en la triple frontera Brasil-Perú-Colombia. La misma ruta que el Ché tomó alguna vez en su primer viaje por Sudamérica, visitando el pueblo de San Pablo.

Luego de navegar unos 600 km por el río Amazonas, finalmente llegué a la triple frontera Perú-Brasil-Colombia. La aventura se puso más interesante cuando en migraciones de Perú me indicaban que debía volver a Iquitos (600 km) para generar el papel migratorio (dado que al no tener pasaporte, y el papel de ingreso) ellos no contaban con sistema y no podían emitir un permiso de salida. Finalmente, decidí cruzar a Colombia sin ese permiso de salida, en una balsa de madera por 5 soles, (porque prefería caer preso antes que volver a Iquitos!). Me subí a una moto (las motos funcionan como taxis) hasta la oficina de migraciones en el aeropuerto y, por suerte, -del lado Colombiano- encontré a un oficial de migración con criterio (gracias Milton!), al cual le expliqué toda mi situación, le mostré la denuncia y me contestó “no te preocupes, yo te emito la carta andina porque te creo todo, pero tuviste suerte porque si venías mañana y estaba mi jefe, te hacía volver a Iquitos a buscar el permiso”… Me instalé en Leticia, Colombia, con los papeles en orden y esperando el vuelo hacia Bogotá.  Y así mi aventura por el Amazonas, ya llegaba a su fin. Al otro día, pude tomar el vuelo a Bogotá. De todas las sensaciones, me queda la de que estoy feliz por haber vivido todo esto, más allá de todo lo malo, mi viaje continuaba… y hoy, es una de las mejores anécdotas de mis viajes… 🙂

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Lima

Luego de 20 horas en un micro parecido a un samba, donde las curvas y contracurvas entre precipicios generaban un baile de cabezas coordinadas entre las filas de pasajeros, donde la niebla y la oscuridad atentaban contra cualquier indicio de claustrofobia, y donde sólo quedaba encomendarse a todos los dioses del camino, sobreviví a otro viaje más, y llegué a la ciudad de Lima. Un taxi se mezcló entre un océano de autos y bocinas en hora pico, donde pude ver la ansiedad de la gente para ir a trabajar, con sus trajes, y sus relojes que indicaban –seguramente- otra llegada tarde. Y me volvían a la mente las imágenes de la gente que a lo largo de mi viaje, trabajaba en su tierra, para obtener su alimento, sin relojes, sin tiempo, y siempre en familia. Contrastes del camino. Luego de tanto tiempo entre montañas, y de sus males de altura, los barrios Miraflores y Barranco, fueron una tentación para mis pies. Horas y horas caminando por su costanera, mirando el horizonte del Océano Pacífico, disfrutando de un clima cálido, como esperando a un barco que llegara de otro continente, pensando en todo, y pensando en nada. Me senté a escribir frente al mar, encontrando esos tiempos para expresar estas cosas que siento. Y me puse a imaginar mi viaje, dibujarlo de a poco, con miles de ideas, de cambios, de aventuras. Recordando a toda esa gente linda que conocí, y con ansias de conocer a esa gente que seguro se va a cruzar en este camino. Y de tanto pensar, el sol se cansó de iluminar. Los atardeceres en el mar sólo pueden estar acompañados de nostálgicos pensamientos que no conducen a otra cosa que a recordar a alguien. Más cuando uno está lejos de casa, y lejos de todo. Si pensar en alguien sólo trajera tristeza, lo único que lograría ese sol sería nublar los ojos. Sólo si ese pensar en alguien, movilizara a conectarse a la distancia, pues vale la pena un nostálgico atardecer. Este sol del Pacífico, que seduce con su lenta caída al mar, moviliza ese recuerdo de un abrazo y lo transporta en el tiempo. Y con ese abrazo, se fue otro día más de este viaje, un día para pensar en todo, y para pensar en nada.

Putucusi: la escalera de todos los miedos.

 

 

Parado frente a una escalera vertical en la montaña, intentando adivinar dónde termina en su ascenso, con escalones de madera viejos y resbaladizos, y un cartel que anuncia que el camino se encuentra clausurado, puede ayudar a que te hagas muchas preguntas. Las opciones son retroceder ó enfrentarla. El instinto de supervivencia-lógico te presiona a la retirada, pero si te vas, te perdés una de las mejores vistas de tu vida. Y no tenés otra opción que este momento. Me puse a imaginar si subiendo esta escalera podría enfrentar todos mis miedos juntos. Tomando esta escalera como símbolo de todos mis temores, -súbitamente-, me dieron ganas de enfrentarla.  Y escalón tras escalón, sin mirar para abajo y con esfuerzo, llegué hasta la cima. Si esa escalera me hubiera obligado a retroceder, me hubiera perdido ésta majestuosa vista de Machu Picchu… y me pregunto cuántas veces en la vida tenemos éstas “escaleras” disfrazadas de cosas que nos llenan de miedos y por no enfrentarlos, nos perdemos de cosas maravillosas…

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Dibujando Machu Picchu

Cómo describir la sensación de cumplir un sueño? El reloj anunciaba las 4:20 de la mañana, pero ya estaba despierto. La ansiedad de empezar el día me hizo levantar de la cama con muchas ganas de salir a caminar. Todavía era de noche, y comencé el camino por las calles de Aguas Calientes bajo una lluvia torrencial. Caminar en la oscuridad, viendo a lo lejos algún foco de luz que devolvía la imagen de la cantidad de agua que caía, sólo me hacía más feliz. Porque pensaba que era una lluvia distinta, era la lluvia que me conectaba con mi pasado, con esos momentos de la vida en los que soñé vivir este día. Me reía, cantaba y abría los brazos agradeciendo al cielo. Las lágrimas se confundían con la lluvia y terminaban siendo lo mismo. Y de tanto pensar, y subir escalones entre un camino de selva, la claridad del día empezó a mostrar las nubes bajas que cubrían todo el paisaje. La lluvia dejó de ser lluvia y pasó a ser niebla. El cansancio no podía vencerme, y la cabeza daba órdenes de no parar. Entre senderos de piedra interminables, -finalmente-, subí la vista hacia un horizonte imaginario que creaban las nubes, y como si alguien pasara un borrador despejando el cielo, surgió el imponente Wayna Picchu. Sentado frente a esa imagen, me sentí abrazado a todas las personas que quiero. Fue un momento de paz, de entender que la vida es mucho más que vivir en ese sistema que nos hace relegar nuestros sueños. Y que tomar la decisión de vivir, de atrapar tus sueños, puede traducirse en momentos como este.

Subir hasta la cima del Wayna Picchu fue una tarea exigente, pero con un premio mayor: una vista aérea de Machu Picchu, sintiendo el sonido del río, viendo el blanco de las nubes cambiar de tonos por todos los picos de la montaña, y sentir la energía de un lugar sagrado, donde el sol seguirá gobernando por siempre. Viajar en el pasado e imaginar a ese imperio caminando por esos pasillos angostos, trabajando la tierra, labrando la piedra, adorando al sol, estudiando el cielo, y conectándose con las cuatro regiones del Tahuantinsuyo es una forma de conectarse con el lugar. Un imperio que respetaba a la tierra, tanto como al sol. Que creía en el cóndor, el puma y la serpiente como los símbolos del cielo, la tierra y el inframundo. Me hace pensar en qué hubiera pasado si la historia hubiera sido diferente. Si la codicia del hombre no hubiera entorpecido este sistema. En preguntarme cómo sería el mundo si este imperio hubiese avanzado. Si en vez de computadoras, autos y televisión, el mundo hubiera avanzado en espíritu, entendiendo y respetando la tierra y el cielo. Quizás son muchas preguntas para este día. Mejor me dejo llevar, disfrutando de cada bocanada de aire. No paro de mirar cada detalle, como una forma de querer guardar este momento por siempre. Cierro los ojos. Me imagino recordando esta imagen en el futuro. Los abro. Y vuelvo a verla. Me sorprendo. Sí, lo estoy viviendo. Y me río. Y no puedo parar de reírme…

 

 

 

Cuzco

Viajamos de Arequipa a la increíble ciudad de Cuzco luego de sobrevivir a otro micro peruano, aunque esta vez durmiendo en un cómodo coche cama. Llegamos en la mañana del jueves 24, y tomamos un taxi hasta el hostel Wild Rover, donde sólo pasamos una noche.
Al otro día hicimos una excursión por los alrededores de Cuzco y visitamos ruinas Incas increíbles. Visitamos el templo del Sol (Qorikancha), aunque el sol se fue con la tormenta que cayó durante una hora. Pero por suerte nos dio respiro para visitar lo más increíble para mí que fue Saqsaywaman, una fortaleza formada por 3 series de bloques de piedra unidos con mucha precisión. Nadie puede explicar cómo se construyó, habiendo rocas que pesan más de 7 toneladas. Además, caminando un poquito llegamos a la mejor vista de la ciudad.
Cusco invita a perderte entre sus calles angostas, las construcciones coloniales te hacen caminar en el pasado, los museos te hacen entender y transportarte a las creencias de los Incas, al Tahuantisuyo, y sentirte en el centro de la tierra, como alguna vez lo fue.
Al terminar la excursión, nos dispusimos a organizar la forma de llegar a Machupicchu, donde a mí me tentó el trekking de 5 días por el Salcantay, llegando a 5000 metros de altura y durmiendo 4 días en carpa. Pablo decidió algo más tranquilo (el Inca Jungle), saliendo el sábado, con lo cual ya nos separamos porque el mío salía el domingo por la madrugada. Madrugada que terminó siendo nefasta por una infección de estómago por algo que comí. Y mi nuevo hostel pasó a ser La Clínica Peruana Suiza, donde llegué en ambulancia. Y por primera vez en mi vida me internaron, y me pusieron suero para estabilizar. Con lo cual, no sólo perdí el trekking de mi vida, sino el costo del mismo, porque no me devolvieron nada en la agencia. Pero siempre veo el lado positivo, creo que de todo se aprende algo, y que todo por algo es. Quizás hubiera sido peor que me agarre en el medio de la montaña. El primer día del año ya me salvé de una, así que no me puedo quejar de nada más. Siempre agradezco a los que me cuidan, aunque no se vean. El lado positivo es que mañana me tomo un colectivo hasta Ollantaytambo, donde voy a conocer la fundación donde voy a estar unos días, y después me tomo un tren hasta Aguas Calientes, ya cerquita de Machupicchu. Y otro sueño esta cerca. Muy cerca. Y por eso estoy feliz de estar vivo.

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Arequipa

La “Ciudad Blanca” nos recibió con su eterno custodio: el volcán Misti de fondo. Como llegamos casi de noche, ya pudimos organizarnos para subir al Cañon del Colca al otro día. Y a la vuelta, tuvimos un par de días para disfrutar de una ciudad muy colonial, con una Iglesia de las más grandes que ví que asustaba, como para que quede claro quién era el dios que mandaba. Arequipa es la ciudad más grande de Perú después de Lima, pero muy bien distribuida y lo que más nos llamó la atención fue que casi no existian terrenos libres sin cultivar. A veces uno cree que esta en el campo y esta en plena ciudad. Una frase que simboliza a Arequipa en uno de sus arcos es “Ciudad con fisiología de semilla, pues donde cae un desacierto, brota enseguida una revolución”.

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Cañón del Colca

El viaje de Puno a Arequipa estuvo muy interesante. Hacer un viaje que anuncie el destino “el Bambino”, ya nos hizo reir mucho pero anunciaba lo que iba a ser el viaje. Las risas se convirtieron en nervios cuando el conductor respetaba las reglas británicas, es decir, manejaba por el carril contrario. Las líneas amarillas no existían, y pasar camiones en curvas descubrimos que es una práctica habitual en Perú. Sobrevivimos una vez más al viaje y llegamos a la hermosa ciudad de Arequipa con el atardecer. En una hora ya teníamos planificada nuestra visita al Cañón del Colca. Nos pasaron a buscar a las 3 de la mañana –una vez más sobrevivimos a la locura del conductor cortando curvas a alta velocidad por montañas con precipicios-, pasamos los 5000 metros de altura y llegamos al ingreso al Cañón. Comenzamos a caminar y -en unas 4 horas-, luego de descender unos 2000 metros hasta un lugar de descanso, almorzamos. El lugar es increíble, se respira paz, las paredes son interminables, y el río tiene un caudal impresionante (ideal para hacer una bajada de rafting). Caminar en la montaña para mí es una forma de desintoxicarme, de expulsar la energía negativa, de conectarme con la gente que quiero, de recordar que estoy vivo al sentir los pulmones llenarse de aire y sentir los latidos del corazón con fuerza. Después de 4 horas más de caminar, y ya con el sol despidiéndose, llegamos a una posada donde no existe la energía eléctrica. Las habitaciones son de barro y el silencio es inmenso. Un paraíso que nos recibió con una pileta llena de agua de manantial, donde pudimos tirarnos de cabeza para sacarnos un poco el cansancio de todo el día. Y ya en la oscuridad, nos prepararon la cena con velas para terminar un día inolvidable. A las 5 de la mañana emprendimos la vuelta. La vuelta consistía en subir directamente todo el cañón (lo que pudimos hacer en 3 horas). Pero las imágenes más lindas y el premio mayor para tanto esfuerzo, fue llegar al pueblo de Cabanaconde, donde la sensación indescriptible de caminar entre las plantaciones, ver a los chicos jugando entre la naturaleza, y ver a a la gente trabajando su tierra, se tradujo en lágrimas de felicidad que no voy a olvidar jamás. El camino siempre termina sorprendiéndome. Las páginas se van escribiendo de a poco y el viaje, recién comienza…

Puno

En la tierra de los uros, bajo una lluvia torrencial, con Pablo y Bruno visitamos las Islas, pero el clima no nos permitió ver a la comunidad con su vida habitual (y menos sacar buenas fotos). De todas formas fue increíble ver las construcciones sobre islas de juncos. El pueblo Uro, que hoy vive prácticamente del turismo y de la venta de sus artesanías asombra con su forma de vida. Poseen sólo lo necesario para vivir, porque si tienen demasiado se hunden. Y así como en la vida, nos enseñan que cuanto menos necesitamos, más felices somos… La ciudad de Puno, con su inmensa catedral con su típica Plaza de Armas, su arquitectura colonial, sus claustrofóbicas calles, y con sus veredas casi inexistentes, terminan siendo una postal Latinoamericana. Las moto taxis, su peatonal, sus vendedoras ambulantes, su mercado central… y caminar bajo la lluvia, reflejarse en su historia, y seguir emocionándose con cada detalle. A cada paso, respirar el aire del pueblo, y a seguir dibujando el camino.