…and the winner is… Marcela Diaz!

La noche de anoche fue otra nueva anécdota para contar… nos inscribimos en un concurso de arte de la zona de Ruapehu, en un pueblo a 15 km del nuestro (Ohakune) y ayer era la entrega de premios. Era un teatro antiguo, con más de 200 obras y presentamos las nuestras… llegamos temprano y había comida y vino… así que entre la espera fuimos comiendo canapés, y entre charla y charla nos llenaban las copas… todo muy formal, protocolar, hasta que los jurados empezaron a nombrar a los ganadores.
Sube el ganador de fotografía… agarra el premio y se va…(cero onda), aplausos…sigue el de escultura, un “thank you” y se va…aplausos… hasta que llega el de pintura… “and the winner of painting category -and a cheque for $500- is… MARCELA!”… y entre toda la gente se escucha… AHHHHHH!!!!! VAMOOOO!!!! VAMOOOOOO!!!! JAJA!! VAMOOOO!!! eramos nosotros, saltando y abrazándonos… impresentables,  gritando y levantando los brazos entre la gente que no entendía nada…mientras la formalidad persistía… Marce subió al escenario, abrazó a los jurados, levantó los brazos mientras seguía gritando “Iujuuuuu”, bien al estilo Pilla… jajaja y todos aplaudiendo pero mirando raro….acá no están acostumbrados a salirse del protocolo… 🙂 … creo que después se arrepintieron…jajaja

Kings Hotel – Ohakune

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Hace poco nos mudamos a Ohakune. Un pueblo de no más de mil habitantes permanentes, y que en algunos momentos es difícil encontrarlos. Este pueblo esta ubicado casi en el medio de la isla norte de Nueva Zelanda. A pocos kilómetros de un volcán llamado Ruapehu, que a su vez esta rodeado de otros dos volcanes formando un Parque Nacional llamado Tongariro. Tiene un par de centros de ski, por eso el pueblo revive en el invierno. Este dibujo llevó bastante tiempo por los detalles y el tamaño, y es un buen inicio para empezar a ilustrar todo el pueblo, como hicimos con Wanaka. Este Hotel fue construido en 1913 frente a la estación de tren. Y se merecía un dibujo…

Ella es feliz dibujando. Cuando no encuentra papel y un marcador, empieza a dibujar en su cabeza. Tiene millones de ideas, cómics, fanzines, y cosas que quiere crear. Y cuando los termina, llega el jueves del market y le saca una sonrisa a la gente del lugar. Ésta es la Pilla en su puesto de la feria. Nuestro meta siempre fue vivir dibujando. Esto es perseguir un sueño. Allá vamos…

Un pueblo llamado Ohakune

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Y un día llegamos a Ohakune, sin entender muy bien cómo llegamos. Un pueblo que casi no llega a ser pueblo, porque no hay habitantes en 8 meses del año. Un pueblo que explota en el invierno con su centro de ski. Pero que en el verano sólo quedan pocos viviendo en sus calles vacías, sus locales cerrados y tanta tranquilidad que ya estresa.

Dibujos mochileros

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Este dibujo tiene una linda historia. Salió de cuando nos quedamos dos semanas en carpa en un Parque Nacional a 3 horas de Melbourne, al sur de Australia, donde pasamos la noche de año nuevo en el medio del bosque y montañas, sin luz eléctrica y rodeados de canguros. Estábamos a la espera de la decisión de migraciones de aceptar la visa de Marce para cruzar a Nueva Zelanda, con muy poca plata, las tarjetas en rojo, y sin saber todo lo que nos iba a pasar. Al final, la visa se aprobó, pudimos viajar y el destino nos trajo hasta Wanaka, donde todo se fue acomodando. Un año y medio después de este dibujo, seguimos en éste pueblo del cual nos enamoramos por su tranquilidad y belleza.

Home sweet home

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El invierno de Wanaka se hace largo… trabajamos de miércoles a domingo de 7am a 4pm, es decir, lo que dura el día, y cuando salimos despedimos al sol que se deja ver poco en ésta latitud 45º. El termómetro a veces marca 10 grados negativos y te empuja a meterte en la casa a prender la chimenea (cuando no hay leña es una tragedia que se combate con estufa a gas de garrafa). Una vez que la casa se empieza a calentar ya no se sale más hasta el otro día, y es el mejor momento para sentarse y dibujar… ésa es nuestra forma de viajar mientras estamos en un mismo lugar. Y ésta es la representación de ése momento que algún día recordaremos con nostalgia… ah, claro, la casa sólo se limpia los fines de semana…

Dibujando por las rutas de Nueva Zelanda

Hace más de un año que llegamos a éste pueblo, y si bien siempre sentimos que estábamos de viaje, estuvimos un año sin viajar. Después de trabajar duro, finalmente pudimos comprar un auto para hacer el viaje que queríamos. Pero la ansiedad de viajar hizo que adelantáramos todo: vimos una ruta posible, otra y otra, hasta que decidimos salir desde Wanaka hacia el norte por la costa oeste (west coast). Cinco días antes nos miramos y nos dijimos… “yo no aguanto cinco días más, ¿y si nos vamos mañana?”. Y así fue, al otro día nos levantamos, y aquella ruta que teníamos prevista tomar, anunciaba alerta meteorológico por lluvias y vientos intensos, que luego fueron cortes de ruta por derrumbes y demás. Cambiamos rumbo, y salimos por el lado que teníamos que volver. Screen Shot 2015-04-21 at 11.26.26 AM

La cadena montañosa que cruza la isla sur de Nueva Zelanda de norte a sur, cumplió su función de barrera e increíblemente hizo que el sol nos acompañara durante todo el día. Paramos en el camino en Lake Pukaki a contemplar y dibujar el Mount Cook, el pico más alto de Nueva Zelanda.

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Y luego de paisajes pintados de miles de tonos de verdes,  llegamos a Christchurch: ciudad, autos por todos lados, tráfico y ver el primer semáforo luego de un año fue muy raro, ya que en Wanaka no existe ni uno sólo. Con el plan de evadir las ciudades grandes , salimos con el atardecer hacia Akaroa. Eran sólo 80 km, pero nunca pensamos que el camino fuera tan difícil como increíble. Curvas, contracurvas, para un lado, para el otro, interminables, y a eso se sumaba la noche, que el tanque ya estaba en reserva, y las subidas se hacían infinitas.

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Con el último olor a nafta llegamos a la estación de servicio… pero estaba cerrada. Cuando ya estaba maldiciendo al cielo, veo que existe un cargador automático, es decir, uno pone la tarjeta, carga y se lo debitan (oh! sí, para mí toda una novedad!). Buenísimo! pongo la tarjeta y el monitor me responde “fondos insuficientes”… No puede ser! le quería pegar como a las máquinas que te venden latas de coca. Pero claro, nos habíamos olvidado de pasar la poca plata que teníamos de una cuenta a la otra, y la tarjeta sólo toma fondos de una sola cuenta. Con lo cual, debíamos conseguir wifi para pasar la plata y poder cargar. Finalmente llegamos a un restaurante tailandés, nos pedimos un café, le pedimos la clave, hicimos la transacción, y volvimos hasta la estación de servicio a cargar combustible… luego de eso, estuvimos un rato largo buscando un camping para dormir en el auto y terminamos durmiendo en una bahía muy tranquila, donde el mar parecía un lago. Sí, así viajamos nosotros,  somos la antítesis de todos los viajeros organizados.

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Akaroa es un pequeño pueblo en una península donde sus primeros habitantes fueron franceses, y así quedó en el tiempo, con casitas estilo francés, calles en francés y hasta la bandera de Francia en el centro. Nos quedamos todo el día dibujando, escribiendo y disfrutando del pueblo, donde su faro de madera te recuerda todo el tiempo que es un pueblo de mar, aunque uno sienta que sus montañas encierran un lago más.

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Llegó el momento de seguir viaje. Nos levantamos temprano porque al mediodía jugaba el glorioso River Plate y quería ver el partido (claro que por internet). Hicimos los sinuosos 80 km hasta Christchurch, paramos a comprar yerba en un supermercado chino (sí, pusimos en un grupo de argentinos en facebook dónde podíamos conseguir y nos dieron la dirección de un súper chino). Cuando vamos a pagar, no encuentro la billetera. La billetera quedó en el camping de Akaroa. Volver a buscarla por la misma ruta sinuosa, no tiene precio. Al menos, al llegar, podría ver el partido en el restaurante tailandés donde funcionaba bien wifi. Sin tener en cuenta que al llegar, también había llegado un crucero con mil japoneses que habían llenado cada rincón de Akaroa con sus smartphones sedientos de internet. No pude verlo. Para colmo River perdía 2 a 0 y estaba quedando afuera de la copa. Todo mal. Con ese resultado decidimos seguir viaje, cargar nafta y volver a cruzar el camino sinuoso y seguir disfrutando del viaje. En pocos minutos mi viejo me mandó dos mensajes con buenas noticias: River había empatado sobre la hora y grité los goles cargando nafta. Llegamos por la noche a Kaikoura -entre la lluvia y caminos estresantes para manejar por las curvas de montaña, caminos angostos y los camiones que aparentan no tener frenos- con la esperanza de ver las ballenas que no pudimos ver en la Patagonia por el frío polar. Nos levantamos temprano una vez más y salimos a desayunar frente al mar.

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De lejos parecían verse ballenas, pero era todo una ilusión óptica creada por rocas gigantes y el mar (y también porque soy ciego). A la hora de la verdad, para verlas había que pagar excursiones en lancha para entrar en alta mar, algo inalcanzable para nuestro acotado presupuesto. Al menos nos alegramos por ver unos simpáticos lobos marinos gratis que posaban para nosotros los turistas japoneses. Pero algo mejor nos esperaba, porque desde ahí empezamos a caminar por un sendero majestuoso, por campos que bordeaban el Pacífico, recorriendo colores, texturas y cielos que nos hacían imaginar dentro de cuadros de Van Gough.

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Disfrutamos tanto de esos senderos que ya no recordábamos que era un lugar para ver ballenas. Almorzamos galletitas de agua con queso, con la brisa del mar, y una vista memorable. Uno de los tantos momentos en que recordamos el porqué de la decisión de viajar. Para recordar y dibujar éstas cosas. Esa es la idea. Algún día todos estos momentos se transformarán en una sucesión de imágenes creadas por lápices y marcadores con nuestra propia visión de las cosas.

Con el atardecer, el cielo se cubrió de tonos grises oscuros y la lluvia nos obligó a buscar refugio. Para nuestra suerte,  encontramos un camping con jacuzzi gratis (una especie de bañadera de agua caliente) y nos metimos bajo la lluvia y el frío. Nos vinieron a sacar después de horas, porque no podíamos creer el lujo que nos estábamos dando en un camping.

Al día siguiente, acomodamos la brújula, subimos las velas y el viento nos llevó hasta Picton, pasando por la zona de viñedos que más tarde visitaríamos, pero antes debíamos cruzar a la isla norte, visitar la embajada de Argentina en Wellington, y reclamar un maldito certificado policial solicitado por migraciones para renovar la visa de trabajo.

Encontramos un camping bajo unas vías del tren, y al otro día subimos al ferry que cruzaba de isla sur a isla norte. Gran parte del trayecto se hace entre montañas con estrechos angostos, regalando paisajes con mezcla de verdes, rojos, naranjas y amarillos reflejados en el mar verde-gris que disfrutábamos desde la proa del barco. Hasta que el viento nos empujó para adentro y nos sentó a dibujar.

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Llegamos a Wellington, aunque cueste creer que una ciudad tan pequeña sea la capital de éste país. Lo que sí no teníamos duda de que era la capital del viento. Llegamos al centro y conseguimos una habitación en el hostel Waterloo.

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Durante el día, entre trámites de embajada y presentación de papeles en migraciones, nos sentamos a dibujar en el puerto, contemplando las casitas que trepan las montañas, entre edificios, grúas, veleros, barcos e inmensos transatlánticos.

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Al otro día nos preparamos para subir al ferry de vuelta hacia la isla sur. La aventura comenzó cuando quisimos ahorrarnos 4 dólares y llegar caminando al puerto, cosa que calculamos mal y llegamos 20 minutos tarde, pero por suerte, el ferry estaba con retraso por el mal tiempo. Pero no llovía, sólo había viento, por eso nos aconsejaron que compráramos unas pastillas para el mareo, lo cual desestimamos, como si nuestra experiencia en el mar fuera amplia. A eso le sumamos dos cervezas y un plato de fideos antes de salir. A los pocos minutos el barco parecía un parque de diversiones (del terror claro), teníamos que agarrarnos de todos lados para no caernos, la gente buscaba bolsas para vomitar, las olas pegaban en las ventanas, yo tratando de conseguir un agua mineral para Marce que también estaba “guardando” los fideos en una bolsa. Estabamos dentro de un lavarropas, mientras un viejito no tuvo mejor idea que levantarse con su bastón para ir al baño, y voló 3 metros, lo voy a ayudar a levantarse y me piden que no lo levante, que sólo los paramédicos del barco podían intervenir. A los 5 minutos llegan con una camilla inflable y entre 6 personas lo llevan a la sala de auxilios. La aventura se ponía más emocionante al caer la noche y no poder ver el horizonte, pero entrando en la zona reparada por montañas el mar se fue tranquilizando y nos dio un respiro hasta llegar a Picton. Al viejito se lo llevaron en ambulancia y durante todo el día siguiente se suspendieron todos los cruces por las fuertes mareas.

Amanecimos en Picton (otra vez) pero con un día completamente soleado y como regalo de cumpleaños nos esperaban los viñedos de Malborough, la zona donde se producen la mayor cantidad de vinos de Nueva Zelanda. Como no era prudente manejar degustando vinos, pagamos por un tour de visitas a los viñedos. Nos pasó a buscar Ross en una camioneta, y para nuestra sorpresa, éramos los únicos del día, ya que al estar suspendido el cruce de ferry, todos cancelaron, excepto nosotros. Visitamos 5 viñedos distintos, y perdimos la cuenta de todos los vinos que tomamos. Estábamos en el paraíso. Pero el mejor de todos fue sin dudas la bodega Cloudy Bay, donde nos sirvieron una tabla de quesos y degustamos el mejor Sauvignon Blanc de nuestra vida.

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Por la noche terminamos de festejar mi cumpleaños dibujando y comiendo una pizza con cerveza en un bar con música latina.

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El día siguiente volvimos al bar para ver a mi glorioso River Plate clasificar históricamente y seguir festejando, y así seguir viaje hacia Nelson, de los pueblos más lindos que visitamos. Cenamos unos ricos crepes en un restaurante vegetariano francés y fuimos a un cine de 20 asientos de los cuales 15 estaban vacíos. Si hay algo que se disfruta en Nueva Zelanda es la escasez de multitudes. Pasamos la noche en nuestra máquina del tiempo bajo una multitud de estrellas. Y amanecimos frente al mar.

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Cuando pensábamos que ya habíamos visto los mejores paisajes, la ruta de Nelson a Westport nos hizo parar varias veces para sacar fotos. Encaramos la costa oeste por la tarde, y con una lluvia molesta visitamos los Pankakes, una formación rocosa que se convirtió en un atractivo turístico de la zona, pero disfrutamos mucho más un lugar al que sólo se llega caminando y no había nadie: una playa con unos acantilados y cavernas espectaculares.  Ya con las últimas luces llegamos a Greymouth, donde pasamos la noche frente al mar de Tasmania.

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El sol del otro día nos despertó para caminar por la playa de piedras y olas gigantes. Y salimos otra vez a la ruta, donde un rato después nos sorprendió un pequeño pueblo llamado Hokitika. Una costa con restos de troncos quemados, en la arena, a lo largo de toda la costa.

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Fox Glacier fue una parada corta, ya que la cantidad de gente, de helicópteros, y las ganas de llegar a casa nos ahuyentó para seguir andando. El viaje terminó con el atardecer en el mar, como cierre de unas vacaciones inolvidables.

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El regalo navideño del francés

Metí mi cerebro en el bolsillo y salimos para una cena en la casa de unos amigos indios. Lo llevé porque sabía que tenía que recordar ese momento.

Salimos en plena noche de invierno, caminamos poco mas de cuarenta minutos y cuando llegamos nos recibieron con cerveza, música y comida de la india. Bailamos, comimos, nos emborrachamos y cuando quise sacar mi cerebro para recordar con detalle las recetas, las canciones y los pasos de bailes, lo había perdido.

Meses después recibí un email de un extraño francés que decía haber encontrado mi cerebro en las calles de Wanaka, lo había guardado durante meses y lo conservaba intacto: estaba repleto de conexiones sin sentido, canciones, dibujos mal hechos y palabras aleatorias. Ese francés que se encontró mi cerebro me salvó de mi mala memoria.

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Soñando con India

 

 

Uno de los tantos sueños que encabezan nuestra larga lista es viajar a India, y sentarnos tranquilos a dibujar el Taj Mahal, apreciando todos sus detalles directamente.

El plan está, el tiempo nos va acercando, y es uno de los tantos dibujos que nos va llevando a ese sueño.

Mientras tanto, me pongo a dibujarlo como adelanto de ese día.

 

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Pd: éste dibujo lo hice siguiendo un tutorial muy bueno de perspectivas en youtube  https://www.youtube.com/watch?v=WwrMGFrmWxo

 

Desde ese momento empecé a ser invisible

Y así me entregaron el uniforme, me miraron de arriba a abajo, y me entregaron un montón de prendas negras que tengo que lucir todos los días.

Desde ese momento empecé a ser invisible.

Cuando tengo puesto el uniforme dejo de existir en la vida real y me convierto en un mueble del supermercado, me camuflo con la leche, los quesos y el yoghurt, me paro en las góndolas y escucho conversaciones ajenas, respondo preguntas, quejas y sugerencias de los clientes, limpio las cosas que se quiebran y de vez en cuando hago sugerencias acertadas de productos deliciosos.ninja

El árbol mágico de Wanaka

 

 El viernes pasado debíamos presentar 3 obras para la segunda exposición de arte del pueblo. Marce -que es la que sabe- se puso a dibujar muy juiciosamente y presentó una acuarela increíble. Yo, en cambio, muy vago, me puse a dibujar un par de días antes, y como recién estoy empezando con ésto de la acuarela -sumado a que estamos laburando todo el día- y nos queda poco tiempo, no llegué a presentarla. Pero al menos quedó registrado ante las cámaras que lo intenté!

Éste árbol es la postal del pueblo, y como me tenía hipnotizado, no podía dejar de dibujarlo, a mi manera…

 

 

 

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Tres semanas después de mi fracaso buscando trabajo como Barista llevé mi hoja de vida al único supermercado de este pueblo. Sumado a que no les entiendo en vivo y en directo me llamaron por teléfono, me preguntaron si me interesaba el trabajo y me dieron instrucciones precisas que después de darle vueltas y vueltas logré entender. Ahora soy un miembro mas de la familia del supermercado.

niños congelados

Mil distintos tonos de verde

 

Por fin en ésta parte del sur ya empiezan los días lindos, después de sobrevivir al invierno. El frío parece despedirse de a poco. Por eso se puede disfrutar un poco más de éstos paisajes increíbles que nos regala Nueva Zelanda.

Salí por la mañana con la idea de subir a una de las montañas más cercanas a Wanaka -el Roy´s Peak-. Pero al llegar, en el ingreso al sendero había un cartel que advertía “The track is closed for lambing”, es decir, que el camino estaba cerrado por ser temporada de parición de corderos y evitar molestar a las ovejas. Por eso decidí seguir por la ruta hasta llegar a una bahía llamada Glendhu Bay. Me mandé por un sendero y encontré una playita perfecta para sacar mis sandwichitos, la botella de agua y desconectarme de todo.

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Y cuando me desconecto de todo, me dan ganas de dibujar.También funciona en el sentido inverso: cuando dibujo, me desconecto de todo. Es una de mis formas de meditar.

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Pasaron unas horas y decidí seguir viaje por un sendero angosto que bordeaba el lago. En partes, las subidas eran empinadas, con acantilados vertiginosos, y con vistas increíbles. Un poco riesgoso para una bicicleta con pocos frenos, como la mía. El sendero -de aproximadamente 12 kilómetros- cruzaba campos con “mil distintos tonos de verde” -como dirían los Chalchaleros, pero de tierras demasiado lejanas-.

Miles de ovejas manchaban los campos verdes de puntos blancos. Y la luz de un día seminublado, le daba movimiento a una escala de grises. Las rocas negras al costado del lago, te invitaban a jugar en un planeta lejano. Y pájaros de todos colores que no se veían en el invierno volaban sobre mi cabeza y me daban ganas de saber de dónde provendrían y cuándo habrían comenzado su migración.

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Una oveja me mira -protegiendo a su cordero-, preguntándose qué hace un tipo tan raro como yo perturbando su paz, por eso trato de alejarme para que no se asuste. Sólo se escucha el viento entre los árboles y el rechinar de mi bicicleta cansada. Una imagen de tranquilidad absoluta.

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Me pongo a pensar en que la primavera no sería tan emocionante si no hubiéramos vivido antes un invierno tan frío, como el que pasamos. Y que la vida es lo mismo, los inviernos se hacen largos, pero la primavera siempre llega.

Como siempre me digo, éstos son momentos en los que alguna vez voy a querer volver algún día. Por eso cierro los ojos, me imagino dentro de muchos años recordando éste momento.  Abro los ojos, y vuelvo a vivirlo. 

Con gaviotas, patos y gorriones mendigando migas de pan de mi sandwich, el sol se esconde detrás de las montañas todavía manchadas de nieve.

Otro día se termina con la sensación de haber vivido…

 

 

 

La vuelta al mundo, las deudas y un alma inmortal

Hace dos años, emprendía éste viaje, que comenzó el día en que envié mi telegrama de renuncia. Corrían días de tomar decisiones.  No tenía plata. Sólo acumulaba sueños y deudas. Y si en ése momento me preguntaban cómo lo haría, no sabía. Todo parecía una locura. Sólo sentía que era el momento justo. Pasaba mi tiempo libre mirando mapas y proyectando viajes.

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Con la premisa de “soñar como si no tuvieras límite de tiempo ni de dinero”, cuando los límites que tenía eran -justamente-, el tiempo y el dinero. Pero con la fuerte convicción de que al hacer eso, algo en el universo se transformaba para que se hiciera realidad.

-“(…) me dije que el alma sabe, de un modo secreto, que es inmortal, y por eso podemos emprender cualquier empresa, ya que si no la concluimos en esta vida, la concluiremos en la otra o en las otras (…) si no soy borrado por la muerte, intentaré otra aventura, que puede ser tan interesante como la de esta vida”. dijo alguna vez un tal Borges.

Cuando Borges habla de “empresa”, habla de sueños. Y en ese caso, yo me considero todo un empresario.

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A mis 34 años, tomaba la decisión de emprender mi empresa: dar la vuelta al mundo. Y mi decisión se basaba en hacer lo imposible, para hacer algo de todo lo que soñaba. Esa es la forma en que me siento consecuente con todo lo que quiero ser.

Es por eso que un día salí a recorrer los caminos de Latinoamérica, sin saber que en el camino me iba a cruzar con Marce. Así, aquella decisión pasaba a ser mucho más importante de lo que alguna vez soñé:  de tanto verla dibujar, me dieron ganas de dibujar a mí también. Y a ella le dieron ganas de viajar. Una combinación perfecta. Así nacía nuestro proyecto de dibujar la vuelta al mundo juntos, y los pocos planes que tenía se desviaron para transformarse en algo increíble.

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Desde ese entonces, aquellas empresas -de las que hablaba Borges- me invitaban a creer que nada era imposible. Que hay que encarar los sueños como si fueran aventuras que en el caso de no concluirlas en esta vida, se concluirían en alguna vida siguiente, pero que hay que hacer lo imposible en el presente. Y concluidas, pasar a la siguiente aventura. De ésta forma, se deja a un lado a la muerte, como un actor de reparto de nuestra película.

Así, hace un año atrás, llegaba a pisar Nueva Zelanda, con la idea de -además de disfrutarlo- usarlo como un puente a Asia y comenzar a dibujar esa vuelta al mundo.

Un mes después que yo, llegaba Marce, con el plan de acompañarme, mientras yo trabajaba con mi visa “Working Holiday”, bajo el sol de los campos de kiwis de la isla norte.

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Pero como todo plan, siempre puede fallar, ó al menos desviarse…

IMG_0020Solicitamos una visa de turista por 3 meses renovables.  Pero alguien en la embajada de Nueva Zelanda de Washington (la que corresponde para Colombianos), determinó que ella era un peligro para la sociedad y aprobó la visa sólo por un mes sin la posibilidad de renovarla dentro del país (limited visa). Con lo cual, la nueva aventura pasó a ser resolver un problema de papeles migratorios que nos llevarían a la embajada de Nueva Zelanda en Australia. A gastar todos nuestros ahorros y endeudarnos en uno de los países más caros del mundo. Con la incertidumbre de lograr -ó no- una aprobación para volver. Después de 40 días, la visa se aprobó (también por un mes) y pudimos ingresar nuevamente a Nueva Zelanda. Sin muchos planes, con poco y nada de dinero y las tarjetas al rojo vivo.

Pero como “mi alma sabe que es inmortal y por eso podemos emprender cualquier empresa”, por dentro tenía la sensación de que algo bueno nos esperaba. Unos amigos de Bariloche nos contactaron con un amigo que conocía nuestra historia por nuestro blog y que hace años trabajaba como gerente en un supermercado de la isla sur.

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Y a los pocos días, comencé a trabajar en el sector de beer & wines (cervezas y vinos)…

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Pero pasado el mes, la visa de Marce vencía otra vez y debíamos solicitar una nueva. Y así, entre trámites, demostraciones de convivencia, incertidumbre, gastos en dólares con pocos ingresos y mucho estrés, la renovamos dos veces más. Hasta que luego de cuatro meses, logramos que el supermercado me extendiera un permiso de trabajo (Work Permit), y así conseguir una visa de acompañante (Partnership) para Marce. Luego de tanto incertidumbre, lográbamos conseguir una visa estable por el término de un año.

Es el momento de establecerse por un tiempo para pagar deudas del viaje, liberarnos de tarjetas, préstamos bancarios y ahorrar lo suficiente para seguir viaje a Asia.

Es por eso que hoy estamos viviendo en un pueblo increíble (Wanaka), donde se respira paz, las casas no tienen llave y el paisaje es digno de un escenario creado por Tolkien. El destino no pudo haber elegido un lugar mejor para darnos una pausa a nuestro viaje. Y usar esa pausa para comenzar a diagramar el libro que queremos dibujar para inspirar a aquellos que quieran espiar nuestros pasos.

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El destino está escrito, y a la vez es una bola de flipper. Me apasiona pensar que el tiempo  de un semáforo puede cambiar tu vida, y la vida de miles de personas. Podemos planificar todo, pero no podemos manejar los imprevistos. Son desvíos que nos regalan un montón de vida. Por algo la mayoría de las anécdotas son siempre momentos que uno no puede prever.

Y a cada paso me gusta reír. Busco compartir cada momento. Tomarme el tiempo para meditar, para apreciar los paisajes nuevos. Caminar en la oscuridad y ver las estrellas en el cielo. Preguntarme si debe de haber alguien en alguna de ellas, del otro lado. Me emociono con las cosas simples. Extraño a los que están lejos, a los que no están. Los imagino. Los abrazo. Aunque no lo sepan.  Y eso me hace sentir más cerca que si estuviese cerca. Y en los momentos de rutina viajo dentro de mí mismo. Pienso en todos los momentos que nos llevaron hasta ahí.

Y por alguna razón el viaje nos trajo hasta acá con cada adversidad.

Pero siempre recordamos que las herramientas más valiosas que una persona puede tener: la sonrisa y el respeto. Conscientes de que el viaje esta lleno de desafíos. Y que esas pruebas son las que nos hacen viajeros.

(…) y me dije que el alma sabe, de un modo secreto, que es inmortal, y por eso podemos emprender cualquier empresa, ya que si no la concluimos en esta vida, la concluiremos en la otra o en las otras“.

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Me tiré con la certeza de que me iba a caer

No me puedo mover, tengo un moretón gigante en la nalga y cientos en las piernas, me duelen los brazos y apenas puedo caminar: ayer fuimos a esquiar.

Mi primer contacto con la nieve fué con el señor del raspado cuando salía de clases de natación, después en el Nevado del Ruíz, con mal de altura, olor a azufre, frío y ganas de volver a tierra caliente, el año pasado pasé unas semanas de invierno en Bariloche y por primera vez ví la nieve caer del cielo, la toqué, me la comí y la disfruté, pero la relación que establecimos ayer es verdadera, intima, cercana… De ahora en adelante, la nieve y yo somos una sola.

No me gusta el frío, ni el invierno, ni las capas de ropa que me tengo que poner para sobrellevar los “bajo cero”, no me gusta tener los pies fríos ni que se me congele la crema de dientes ni quedarme en la cama porque no soporto la temperatura mañanera, soy tropical, mi cuerpo esta diseñado para que el frío máximo sean diez grados y el calor treinta, pero de hoy en adelante no me importa nada, voy a perseguir las montañas, los inviernos,  y las pistas negras, voy a disfrutar del frío invernal siempre que pueda subir a una montaña y deslizarme.

Salimos de la casa a las ocho de la mañana con rumbo a la montaña, bajamos al centro hicimos dedo y nos levantó un australiano, Clint, conversamos, nos habló de su vida en Australia y de su temporada de invierno en Wanaka: Snowboard, esquí tra la la, tru lu lu…. todo completamente lejano de mi lenguaje y experiencias. Nos bajamos del carro y le dije: “nunca te voy a olvidar, sos parte de mi primera vez en la nieve” sin imaginarme que mi posición en la vida de “odio el frío” iba a cambiar drásticamente por “quiero mi pase para el próximo invierno”.

Todo era nuevo. Las botas, las aerosillas, las antiparras, bla bla bla, palabras que nuca había usado y que no entendía como se ponían ni como funcionaban. Salimos a la nieve y fuímos a la pista de principiantes, dos metros de pista con una mini pendiente que para mí era un mundo. No sospechaba lo que iba a pasar, en mi cabeza, esquiar era muy parecido a tener unos patines: estar en una superficie con pendiente y rodar. No.

Subirse a unos esquíes es intentar  pararse en una pista jabonosa, es tensionar las rodillas y dejar que la montaña haga lo que le de la gana con vos.

Lean me dice: “Listo, vamos a la montaña, ya le perdiste el miedo”. Obviamente yo estaba en pánico, nos agarramos del poma (ni idea, otra nueva palabra) que nos subió hasta la cima de la montaña, no sé como me tiré, no sé que estaba pensando, no se de donde salió el impulso que me lanzó de frente a la pendiente. Me caí. Nunca me levanté, se me congeló la nalga, se me rasparon las manos con la nieve, me caí cien veces, Lean me levantaba, una y otra vez, avanzaba un metro y al suelo. Tenía que aprender a sentir la nieve y la pendiente.

Lean (esquí sensei) me enseñaba, me daba consejos y tips, yo… en el suelo.

Me paré, tuve que aprender a pensar y a sentir de una nueva manera, tuve que tirarme con la certeza de que me iba a caer.

Subimos, estaba decidida a ir de un lado al otro de la montaña haciendo lo que todos hacían con tanta facilidad, sentía la frustración de la inexperiencia, miré la montaña y sin pensarlo me tiré sin la presión de hacerlo bien, sin la presión de la técnica, sin pensar que en algún momento tenía que parar, con la ligereza de la ignorancia y permitiéndome ser torpe, lo hice. Lo hice y me caí, obvio, pero lo hice. Salí rodando, me dolió todo, pero ya no había vuelta atrás. Después del dolor en el cuerpo llegó la maldición de la montaña, dejé de ser dueña de mi misma, dejé de pensar en hacerlo bien, dejé de preocuparme por los golpes, me entregué a la velocidad y a las caídas, ahora a la montaña le pertenece mi felicidad.

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El libro de mis sueños

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Un año después de terminar mi escuela secundaria -allá por 1996-, mi viejo no tuvo mejor idea que regalarme un libro de autoayuda. Y como rebelde sin causa a los 18 años, me reí, lo ignoré, le contesté “yo no necesito ninguna autoayuda” y dejé el libro guardado en un cajón.

El viejo sabio, de vez en cuando me preguntaba… “y? leíste el libro?”, y yo no sabía cómo decirle que no quería leerlo, y le contestaba siempre que no tenía tiempo, que ya lo iba a empezar a leer. Pero seguía con mi postura, -“con todo lo que tengo que estudiar, qué tedio leer un libro de autoayuda”. Y así pasaron los meses y los años…

Trabajaba de cadete (ayudante de oficina) en la jungla de cemento de la inmensa Buenos Aires. Tenía suerte de tener un trabajo en donde uno de cada tres lograba conseguirlo. Tenía 20 años, y apenas me había recibido de Técnico en Administración Agropecuaria. Me tomaba el 130 en Saavedra, me sentaba en el asiento de atrás a escuchar a Charly García y a Queen con mis “walkmans” a cassettes, y en la hora que tardaba llegar hasta el microcentro, me ponía a pensar en el futuro, pero todos los sueños me parecían imposibles en una Argentina donde hasta los sueños parecían privatizados.

Un día, antes de ir al baño, no encontraba ninguna revista y se me dio por agarrar el primer libro que tuviera a la mano. Abrí el cajón, y como un “random” de libros me llevé el libro de autoayuda.  No hay mejor ámbito de concentración que el baño de tu casa. Y con esa concentración pude lograr leer un par de páginas al azar. Y justo dí con ésta frase: “Escribe tus sueños como si no tuvieras limitaciones de tiempo ni de dinero”. Tiré la cadena. Me fuí, y lo dejé tirado por ahí. Pero esa frase me quedó picando en la cabeza como un pájaro carpintero.

Esa frase me llevó a pensar en cómo mataba mis sueños antes de nacer, por creerlos imposibles. Entonces, -unos días después- me propuse darle una oportunidad al libro de mi viejo…

Y cuando leí la primera página, ya no pude parar. Era un libro en donde sólo se hablaba del poder de los sueños. Te enseñaba a crearlos, a visualizarlos, a llevarlos al papel, a mirarlos todos los días antes de dormir y cómo se facilitaba concretarlos si pensabas siempre en positivo. Y el tipo me terminó de ganar cuando entre otras cosas hablaba de todos sus viajes por el mundo y todas las experiencias vividas a partir de su lista.

Cuando creamos una lista de sueños, ya estamos modificando algo en el mundo para atraerlos hacia nosotros. Y todas las energías apuntan hacia un mismo lugar. Algo así como tener a Ronaldo y a Messi en tu equipo pero que hasta que no le decís para quién juegan no saben para donde patear.

Unos días después, mi lista de sueños desbordaba. Casi todos se relacionaban con viajar. Y las oportunidades se disfrazan, se ocultan, se alejan, pero siempre están ahí. Simplemente hay que estar atentos.  Así, me di cuenta de que la oportunidad estaba más cerca de lo que pensaba si cambiaba mi actitud. Varios meses después, me tomaba mi primer avión hacia lo desconocido: escalas, conexiones perdidas, dormir en el aeropuerto, otro idioma, trabajar sin papeles con 40 grados para ahorrar y seguir viajando. Casi un año lejos de mi casa -a los 20 años-, me hizo descubrir que era feliz viviendo todas esas sensaciones que sólo produce viajar.

Pero en la lista también estaba vivir en Bariloche, donde viví desde mis 24 hasta mis 34 años. Tener un auto para viajar, cosa que pude lograr recién a mis 32, cuando con mucho esfuerzo logré comprar un auto viejo gasolero que se bancó 70.000 km -en menos de 2 años y un motor fundido- para recorrer una gran parte de la Argentina y Chile.  Viajar por Latinoamérica por tierra sin limitaciones de tiempo, cosa que logré hace menos de dos años cuando salí de Bariloche y llegué a México y Cuba, pasando por el Amazonas y modificando el plan en Colombia cuando conocí a Marce.  Y así mi lista de sueños relacionados con viajar se hacía cada vez más larga.

Así, de tan feliz que estaba y desde ese momento, uno de mis tantos sueños de viajes que “encerraba” todos mis viajes era el de muchos: “dar la vuelta al mundo”. 

Y así la lista se fue alargando y también figuraba Escribir un libro. Ver un concierto de Rod Stewart, ver un mundial de fútbol, encontrar a esa mujer de mis sueños, compartir muchos asados con mi familia, ir a la cancha con mi viejo y tantos otros… y ya pasaron más de 15 años de aquella lista. Muchos sueños se cumplieron, otros todavía no, otros dejaron de ser sueños. Otros requieren de más tiempo. Porque el tiempo es un viejo sabio, como mi viejo. Te demuestra que todo pasa por algo, que cada punto de la vida esta conectado con un punto de tu futuro y de tu pasado. Pero todo pasa por la actitud frente a ellos.

Es por eso que desde mis 20 años fui apostando a esa lista de sueños y siempre me hizo feliz. En el camino encontré a esa mujer de mis sueños, que me dibuja una sonrisa todos los días y que me hace sentir que nada puede salir mal. Y acá estoy, a mis 36 años. Agregando sueños a mi lista. Pensando en positivo. Viviendo en un pueblo increíblemente hermoso al sur de Nueva Zelanda, pensando en nuestro próximo viaje. Dándole forma a nuestro sueño. Persiguiendo ese próximo objetivo por el cual trabajamos día y noche: dibujar en Asia. Y el sueño grande,  llegar a Beijing y viajar a Moscú en el tren Transiberiano, para así empezar a dibujar esa vuelta al mundo que tanto soñamos. Y nunca pensé que el sueño de escribir un libro se modificaría a “dibujar un libro”. Sabemos que es un sueño grande. Pero como mi viejo me enseñó, “hay que soñar como si no tuviéramos limitaciones de tiempo ni de dinero”. Por eso, seguimos dibujando el camino. ¿qué hubiera pasado si no hubiera leído ese libro a mis 20 años? quién sabe…