Expo de la pilla en Bogotá

El año pasado me gané una residencia artística en Buenos Aires, cuando llegué hice una exposición. Este es el resultado, espero que lo disfruten…

 

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Medellín

Y finalmente el amor me devolvió a las tierras colombianas de Antioquia. Luego de volver un mes a Bariloche, y pasar un mes en Bogotá, llegamos a Medellín, una ciudad increíblemente hermosa, con un clima delicioso. Me llevaron a conocer pueblitos increíblemente hermosos como Retiro, un pueblo cafetero colonial bellísimo, donde tomamos los mejores cafés y disfrutamos de unos días “super deli”.

No por casualidad

De alguna forma el día de hoy me hizo analizar en que estamos conectados en el tiempo. En pensar en que todo lo que hacemos por ayudar a otros nos hace evolucionar, quizás en esta o en otra vida.
No por casualidad uno está sentado en un banco de una plaza un día cualquiera y empieza a pensar en que todo tiene una razón, que cada decisión es un cambio de rumbo. Es una forma de elegir cómo caminar en el tiempo, entendiendo que la vida se encarga de compensar el bien y el mal.

No por casualidad me dieron ganas de ver una película, y al azar elegir una que hable del karma, de las vidas pasadas y futuras el mismo día en que lo estaba sintiendo.

No por casualidad, me puse a pensar en la conexión que existe entre todas las personas que queremos, y que -estoy seguro-, no son sólo parte de esta vida. Me da tranquilidad creer que, en otra vida voy a seguir conectándome con la gente que quiero, pero que en esta quiero valorarla y disfrutar al máximo de ella. Y que la muerte es tan sólo otra puerta que se abre para reencontrarnos.

No por casualidad sentimos conexión con gente que no conocemos.

No por casualidad llegué a valorar mis sueños al máximo para sentir la necesidad de recorrer un camino que me acerque a la gente con la que debía reencontrarme, sin conocerla.

No por casualidad, soñé con mi muerte y estuve cerca de ella el mismo día de comenzar mi viaje, quizás para valorar al máximo cada respiración, cada paisaje, cada nueva sensación, cada segundo de estar vivo.

No por casualidad, aprendí a valorar el tiempo que me permite encontrar esos momentos de conexión con esa gente que piensa en mí, a la distancia. Sabiendo que no hace falta estar cerca para sentirse cerca.

No por casualidad, descubrí que la vida te regala momentos increíbles con más frecuencia si tenemos el valor de romper las reglas que nos atan a la rutina. Es divertido intentar explicar algunas decisiones de este camino a algunos conservadores que responden “mirá que la vida no es siempre así”, y muy fácil a los que entienden que no hay que perder el rumbo de los sueños.

No por casualidad, me “reencontré” con una persona que despertó mis ganas de dibujar el camino. Literalmente.

No por casualidad me robaron aquella mochila con tantas cosas y con la cámara de fotos, tomándolo como símbolo de que hay que observar más, para dibujar.

No por casualidad, tengo la sensación de que hubiera cambiado mil mochilas para generar ese “reencuentro”.

No por casualidad, el año pasado antes de comenzar, decidí que el título de mi viaje debía ser “Vamos dibujando el camino”.

Si alguien cree en las casualidades, lo respeto, pero déjenme creer en que las casualidades no existen.
Este camino, se va descubriendo, entendiendo, y aprendiendo de a poco. Pero creo que en alguna parte ya esta dibujado.

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Barú

Sentados en un banco de una plaza, hablando con viejitos que le daban maiz a las palomas, esperando en Cartagena por cruzar a Panamá (o no), tomamos la decisión de viajar a la Isla Barú. Una lancha rápida, luego de regatear muchos precios y lograr un almuerzo gratis -pero soportar que nos tengan de rehenes en un acuario al cual no entramos-, llegamos a la Isla. Compramos cinco litros de agua, de los cuales sobraron cuatro, pero nos quedamos cortos con las galletitas y el fiambre. Pero gastamos toda nuestra fortuna en cervezas, fieles testigos de nuestras charlas de mar, en donde el tiempo no parece pasar. Las risas y los vendedores ambulantes se mezclan en la tarde, y hacer la plancha en el mar turquesa es una ley que inventamos para no morir hasta la noche. El sol traicionero te quema sin avisarte, pero la sombra del parador nos ayuda a enfrentarlo. La tarde es un buen momento para escribir, y dibujar, y pensar en que el tiempo no pasa, ó sólo es un momento en la vida. Y quizás pensar no es lo aconsejado, porque terminan escribiéndose cosas como éstas:
“Quizás el tiempo parece volver, en ésta mágica tierra colombiana. Pensar que alguna vez pisé esta isla y pensé en volver, y mis pies hoy la pisan otra vez. La nostalgia no juega su juego, porque acá estoy, pensando en dar la vuelta al mundo, sin saber cómo. El abrazo de la amistad que se me cruza en el camino, el color del mar, la arena blanca, y recordar tus ojos en el horizonte, son juegos que se oponen a la realidad. Los pies dibujan el camino, el mar lo borra ó lo sella para siempre. Las risas de estos momentos serán por siempre dibujadas en este cuento. Tus dibujos, y tus palabras, volverán una y mil veces para acompañar las huellas solitarias que deje en el camino de esta arena”.
Y así, el día siguiente llegó, y la vuelta fue una nueva aventura, volviendo en una moto, los tres y una mochila. Sí, los tres y una mochila en una moto. Luego de regatear tanto un precio, volvimos de esa forma con la esperanza de ver Real Madrid vs Barcelona. Cruzamos en una canoa un río, y volvimos en un colectivo local, en una hora hasta la ciudad. Para llegar a ver un partido que ya se había jugado hace 2 horas. No tuvimos más alternativa que ir por unas cervezas, y olvidarnos de todo. Otra vez en la ciudad, a seguir esperando por el velero que nos cruce a Panamá…

El sabor del encuentro

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Esperando a la orilla del mar, que lleguen veleros a lo lejos, y ver llegar a ese que hacía reencontrarme con uno de mis mejores amigos, tan lejos de casa, va a quedar como un momento inolvidable de este viaje.
A la sorpresa del encuentro, seguida de un abrazo, -y de perder la cuenta de las cervezas-, caminando por las calles de la ciudad amurallada, y de intercambiar miles de anécdotas del viaje, recordamos todo lo que alguna vez imaginamos en un bar de Bariloche, donde fuimos diseñando nuestros sueños. Y ver cómo se van haciendo realidad en el tiempo, nos dibuja las sonrisas. Y de tanto hablar no paramos de reírnos, y de seguir sorprendiéndonos de todo. A tratar de encontrar una explicación de las vueltas de la vida -sin encontrarla-, simplemente coincidir con lo importante que es darle prioridad a nuestros sueños. Gracias amigo por ser parte de este viaje.

 

 

Bogotá

Qué decir de Bogotá? Con su caos normal de cualquier ciudad grande. Con sus bocinas que parecen multiplicarse. Subirse al transmilenio, que cruza toda la ciudad (y no te pases de la parada como yo!). Caminar por La Candelaria con Marce y con Dani haciendo de guía, evitar las entradas a las Iglesias, cruzar esa plaza con tanta historia, tomar un café Juan Valdéz en una esquina, caminar por el barrio La Macarena y su pintoresca Plaza de Toros. Caminar por la peatonal, viendo trabajar a los grafiteros ó a algún saxofonista –que genera inspiración en la imaginación de Daniel para generar historias- jaja. Pero para mí, Bogotá fue vivir en La Vachela. Subir sus escaleras y entrar a la casa de Guadi, Marce, Pulé, Ana y Cristian es cargarse todo el tiempo de buena onda. Llegar a la terraza y acostarse en una hamaca, ver los edificios a lo lejos, tomar una cerveza, o simplemente escuchar a estos personajes criticar a sus vecinos de enfrente, es garantizar las risas. Organizar una fiesta en Bogotá, donde te reciban con Fernet y Coca, y la encargada de la música sea fanática de Rodrigo, es sólo pura felicidad. Reencontrarme con Guadi, y volver a recordar esos momentos de la secundaria que el tiempo no va a poder borrar. Y agradecerle una y mil veces por recibirme siempre con tanta onda, como a la loca linda de Marce, con sus pilas paisas, y que siempre se encargó de dibujarme una sonrisa (y de devolverme las ganas de dibujar). Simplemente a todos, les digo GRACIAS! 🙂

 

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Ruta del Café

“…pero un buen viajero sabe que, cuando se pierde un tren en la vida, no hay más remedio que tomar el siguiente sin mirar el destino. A fin de cuentas, lo que vale es viajar, elegir un paisaje, perseguir un sueño, cargar la propia maleta y renunciar al resto…”. Así, mi tren se perdió por el Amazonas, y el próximo me llevó a Bogotá. Y sin pensarlo, y sin planearlo, terminé eligiendo la Ruta del Café como paisaje. Y cuando el día en que me robaron dije que todo pasaba por algo, no pensé que tan pronto me iba a dar cuenta del porqué. Y llegar a sentir eso que “de vez en cuando la vida, toma conmigo café, y esta tan bonita que da gusto verla “. Simplemente por llegar una tarde de lluvia a Armenia, y al otro día disfrutar de las calles de un pueblo que no tenía en mi mapa llamado Salento, escribiendo una página nueva, recordando que mi tren iba para otro lado, pero que este tren me tenía preparada una estación increíble que de no ser por el robo de mi mochila, me hubiera perdido. Y de estación en estación, el viaje fue dibujando un presente de risas, de cafés, de compartir, de caminar de la mano, de pedir dos cervezas, cuatro, seis. De mirar las casitas de colores, los balcones de cuento, las costumbres paisas, de un atardecer compartiendo un ron en el balcón, jugar al billar en un bar, apostar el honor, recorrer las calles vacías por la noche, regalando risas a la luna, siguiendo la luz de sus faroles perfectos. Subirse a un Jeep hasta el Valle del Cocora, donde el camino de curvas y verdes te marea de belleza. Seguir los senderos hasta uno de los paisajes más lindos que mis ojos vieron, sin entender porqué existen palmeras tan altas en el medio de una montaña. Sin respuestas lógicas, abandonar el paso para tirarse al sol en el pasto, y abrazar ese paisaje. A cerrar los ojos para soñar un poco, y confundir la vida con el sueño. Los días pasan y el café va tomando sabor, a ese que no se encuentra en cualquier esquina. Las máquinas que lo sirven no parecen reales. Cada una tiene su marca, su estilo, y aparentan heredarse de generaciones pasadas. Los paisas te sirven el “tinto”, café negro increíblemente rico servido en su pocillo. Claro está, luego de comerse unos patacones (plátanos fritos cortados) y la mejor trucha ahumada de la historia que recuerde mi paladar. Y dibujar los momentos en un cuaderno, fue parte de esta historia. Y la ruta del café, fue llegando a su fin en la ciudad de Manizales -lejos de ser un pueblo chico-, pero sin perder sus costumbres y tonadas paisas, visitando el barrio de Chipre, y su ventana a un valle de plantaciones de café interminable, cruzando las casitas por el aire con un telesférico, que termina su recorrido en la terminal, y que luego de un viaje de 8 horas nos devolvería a la ciudad de Bogotá. Y en alguna parte del camino, desde la ventana del colectivo, apareció un símbolo del yin y el yang. Y no fue en cualquier momento, fue en el momento que tenía que aparecer para recordar que las cosas malas, siempre tienen su lado bueno. Y el lado bueno puede lograr que esas cosas malas, pasen a ser una anécdota. Al llegar a Bogotá, retiré el nuevo pasaporte, y lo que en algún momento fueron problemas, se solucionaron. Y una vez más, el camino vuelve a enseñarte que la vida siempre te compensa. Y una vez más, sigo feliz de seguir dibujando el camino.

Triple frontera de Amazonas

Luego de navegar unos 600 km por el río Amazonas, finalmente llegué a la triple frontera Perú-Brasil-Colombia, una zona rodeada de paramilitares, lo cual me ponía un tanto nervioso. La aventura se puso más interesante cuando en migraciones de Perú me indicaban que debía volver a Iquitos (600 km) para generar el papel migratorio (dado que al no tener pasaporte, y el papel de ingreso) ellos no contaban con sistema y no podían emitir un permiso de salida. Finalmente, decidí cruzar a Colombia sin ese permiso de salida, en una balsa de madera por 5 soles, (porque prefería caer preso antes que volver a Iquitos!). Me subí a una moto (acá las motos funcionan como taxis) hasta la oficina de migraciones en el aeropuerto y, por suerte, -del lado Colombiano- encontré a un oficial de migración con criterio (gracias Milton!), al cual le expliqué toda mi situación, le mostré la denuncia y me contestó “no te preocupes, yo te emito la carta andina porque te creo todo, pero tuviste suerte porque si venías mañana y estaba mi jefe, te hacía volver a Iquitos a buscar el permiso”… Ahora ya estoy instalado en Leticia, Colombia, con los papeles en orden y esperando al vuelo de mañana hacia Bogotá. Hoy me había levantado con toda la onda para que el día terminara bien, y como la buena onda, genera buena onda… todo terminó bien!… y contento de haber cruzado a Colombia!!! abrazo a todos!

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