¿probaste un malbec?

vinos new world

Y dibujando, el camino nos trajo hasta acá. Al sur de Nueva Zelanda.

Hoy, trabajo en el único supermercado de un pueblo que fácilmente puede compararse con el pueblo de los Hobbits: Wanaka. Para llegar, camino todos los días cerca de 2 kilómetros por un bosque y un sendero  donde disfruto desde una cumbre, el pueblo, el lago y las montañas, que en ésta época del año se pintan de blanco. Voy escuchando música, cantando, meditando y pensando en esa gente que quiero, que está del otro lado del mundo.

Llego, marco la hora de entrada con mi huella a las 12 del mediodía. Y me voy al depósito a buscar cajas de vinos que se bajan en pallets distribuidos según la variedad: Sauvignon Blanc, Pinot Noir, Shiraz, Merlot, Internacionales, Red Blends, Riesling, Rosé y Sparklings. Y camino de una punta a la otra del super para reponer las góndolas.

Además de ser el trabajo que nos generó una visa estable, mi teoría del lado positivo siempre me lleva a un lugar que disfruto. Y si me preguntan qué puedo disfrutar de éste simple  trabajo respondo: los vinos se abren en momentos especiales. Y cada botella tiene un destino. Y me gusta imaginar que los vinos que recomiendo llenan de energía positiva esos momentos.

Me gusta pensar que las decisiones más simples que tomamos  -como lo es enfrentarnos a una góndola con cientos de vinos-, ya nos hace elegir un camino entre muchos. Y me gusta generar historias de los clientes al momento de elegir.

¿cómo hacemos para elegir uno?

¿cuánto dinero pienso gastar? ¿cuánto tiempo voy a emplear en elegirlo? ¿me juego a probar algo nuevo? ¿la etiqueta me seduce? ¿el mensaje de la etiqueta me transmite algo? ¿en dónde se produce? ¿Lo voy a tomar sólo ó con alguien? ¿esa persona me importa ó no? ¿esa persona disfrutaría de un buen vino ó da igual cualquiera? ¿qué voy a cocinar? ¿cuántas botellas llevo? ¿y si en vez de vino llevo cerveza?

Al final, como todo viaje, como toda decisión, elegir un vino es pura intuición, que a veces puede fallar, y que no siempre depende de dinero, porque los precios siempre son muy relativos.

A mí la intuición me dice que hay que seguir buscando ese vino que te haga feliz. 

Yo encontré uno en mi góndola de esta parte del mundo. Entre cientos de vinos, existe aquél que recomiendo sólo a la gente que viene con una sonrisa: un Trapiche Malbec 2012 con 9 meses de barrica de roble. Es el único Malbec, el único vino argentino de éste pueblo, al que el roble lo hace especial y muy distinto a los vinos de Nueva Zelanda, donde casi no se produce el malbec. Y descubrí que a la gente le gusta porque vuelve a comprarlo, como una señora que -después de recomendárselo- se hizo fanática de éste vino y siempre viene a buscar más. Y “sólo” sale unos 11 dólares, lo cual lo hace un vino barato para el promedio, ya que los precios acá rondan entre los 6 y 50 dólares. Y claro que es especial porque proviene de mi tierra. Y me conecta con aquellas personas que están en el primer eslabón de la cadena, allá en los viñedos de Mendoza.

Muchos me recuerdan que ese vino es de la tierra donde nació el Papa. Pero yo les recuerdo que también es de la tierra del tango, del fútbol, de la literatura, de la tierra fértil, de los gauchos, de los paisajes increíbles, pero sobre todo, de gente que vive con una pasión extraordinaria. Que la pasión por el fútbol es desmedida, sí, pero que es un reflejo de la pasión por todo. Por la política, por el trabajo, por esas ganas de cambiar un poco el mundo. Y esa pasión se refleja en un buen vino. Mezcla rara de tanos y gallegos nacidos al sur de América. Soñadores. Aunque a muchos les cueste ubicarnos en el mapa, siempre aparecemos por algún lado. Somos tan argentinos como éste malbec.

Imagino así a un psicólogo diciéndome que elegí ese vino porque extraño. Es muy probable. Pero para mí, es el mejor vino de la góndola. Hasta hace poco tenía la ventaja de ser el único vino con corcho. Pero los ingenieros del primer mundo decidieron terminar con la magia del ritual de descorchar una botella y reemplazarlo por la tapa a rosca. Sí, todos los vinos en Nueva Zelanda son con tapa a rosca. Eliminaron así el 50% de la magia de tomar un vino.

Por eso, al tener tiempo para pensar, imagino las historias detrás de la gente que viene al sector de “beer & wines”.  Imagino los momentos importantes, los casamientos, los regalos, los reencuentros, las primeras citas, las reuniones de negocios, las borracheras entre amigos. Y el vino que recomendé, como testigo.

Por eso, todos los días aprendo algo nuevo. Imagino algo nuevo. Y lo disfruto. Lo escribo, lo dibujo.

Entendiendo que ésta es otra etapa inolvidable de nuestro viaje. Como en otro momento fue trabajar en la isla norte en los campos de kiwis con indios y maoríes. Y me pongo a pensar que algún día lo recordaré con nostalgia, como alguna vez lo fue trabajar con mis amigos mexicanos con 45 grados de calor al sur de Estados Unidos.

Durante el día, me pongo a pensar que la vida es una inmensa góndola, que te hace elegir vinos todos los días, para generar historias nuevas. Por eso siempre, hay que estar con una sonrisa para que alguien se te acerque y te recomiende ese vino que te haga feliz.

Y así, mi día de trabajo llega a su fin, y observo que entre cientos de vinos, los Trapiche Malbec argentinos se agotaron una vez más.

Están siendo testigos de nuevas historias, como yo.

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