Sacamos a pasear a E.T.

 

El verano pegó el portazo y se fue con su mochila a recorrer el norte. No queríamos que se fuera, pero nos dijo que ya era suficiente por ahora, y dijo que nos veíamos a fin de año. Pero para que no lo extrañáramos tanto nos dejó una garrafa de 9 kg, una estufa y una factura de 200 dólares. El otoño llegó despacito, fue desnudando los árboles, y con él llegó el viento, la lluvia y el frío. Y al vivir en el paralelo 44º el frío se siente un poco más frío que en otros lados.

Nuestra casita es hermosa, pero no deja de ser un pequeño galpón modificado, al estilo de refugio de montaña, ya que vivimos en la parte superior de un depósito sin calefacción, el cual comenzó a convertirse en un pequeño frigorífico. Como Nueva Zelanda no subsidia el gas ni la electricidad, las facturas son dolorosas y obliga a los que tenemos recursos escasos en transformarnos en ecologistas del bolsillo, a pensar en que cada minuto de estufa eléctrica es un dólar menos. Ó una ruleta rusa para nuestra economía. Por eso decidimos comprar un calentador que se conecta a una garrafa (ó botella de gas), pensando en economizar y no morir congelados (esperemos no morir prendidos fuego). Muy contentos con la nueva adquisición, la fuimos encendiendo un par de horas sólo los días en que hacía frío, es decir, que en las dos semanas sólo tuvimos que encenderla 14 días. Sí, todos los días.

Para nuestro asombro, al día 15, el gas se terminó. Con temperaturas bajo cero, pasamos la noche tiritando bajo una cápsula formada por frazadas y bolsas de dormir, y la excursión hasta el baño era una odisea polar que debíamos evitar hasta el límite de lo insoportable.

La noche pasó y debíamos llevar a recargar la garrafa para no pasar otra noche parecida. Como no tenemos auto, nos propusimos ir caminando hasta la estación de servicio más cercana. “Sólo” nos separaban 2 kilómetros de nuestra casa. Entonces, determinados a lograrlo, cargamos la garrafa con el Frazada-System y salimos por las calles de Wanaka. Los vecinos del pueblo nos observaban como si lleváramos a E.T… Entre risas y chistes llegamos a la estación de servicio.  La ida fue fácil, pero la vuelta era 2 kilómetros a garrafa llena. Y el Frazada-Systemª se modificó a un estilo de Frazada-Mochi-Systemª, en el cual trasladamos todo el peso a nuestras espaldas a la par, poniéndole ritmo y coordinación a nuestro andar. Digna de una prueba de terapia de pareja muy difícil de superar. Pero pensar en el frío de la noche era el incentivo para enfrentar el desafío. Y ya con menos risas, menos chistes y más cansancio, pero con la misma onda, logramos nuestro objetivo. Volvió el calor a nuestra casa. Pero esta vez, en vez de medir el gas en dólares x minuto, lo medimos en pasos con garrafa x minuto.

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