Dos Islas muy diferentes

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Hoy es uno de esos días en los que me da nostalgia de volver a algún momento del viaje.  El reloj marca las 11 de la noche de algún día de marzo de 2014, mientras me pongo a pensar en Cuba. Donde los más conservadores dirán que la gente no puede vivir así, que el socialismo, que la pobreza, que la falta de recursos y el bloqueo, que Fidel y su terca forma de implementar su ideal.

Más allá de lo que piense cualquiera, sólo voy a hacer referencia a la felicidad de su gente. Calidad de vida que genera el pueblo, con pocos recursos, que entiende que la vida es otra cosa, que la vida es una fiesta, que la vida también es bailar salsa un martes a la noche entre amigos y hasta que la botella de ron se acabe. Caminar por la playa, sentir la brisa que viene del mar, juntarse con los vecinos a tocar los tambores, la guitarra y enfrentar a la adversidad con ritmo. Pocas veces fuimos tan felices como en Cuba, caminando por sus calles al calor de la madrugada.

Escribo esto desde otra isla, en la otra punta del mundo, donde todo es diametralmente opuesto. En Nueva Zelanda los recursos abundan, el capitalismo es religión, y la competencia es por quién tiene más cosas. Pero no hay música, la madrugada es para las lechuzas y el día se termina a las nueve, cuando cierra el supermercado. Y cuando las luces de las casas ya se apagan, volviendo a mi casa en bicicleta -al salir del trabajo a las 11-,  en la soledad de la noche, es que me pongo a extrañar aquella isla insoportablemente mágica.

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