Te Puke (una historia de kiwis y visas)

Luego de estar 10 días en Auckland, decidí viajar hacia una zona de kiwis, donde anunciaban el comienzo de la temporada: Te Puke. Un pueblo que se hace llamar la capital mundial del Kiwi.  Cuando uno va llegando se da cuenta del porqué. Se ven plantaciones hasta el horizonte, todas perfectamente establecidas, con cortinas forestales, mallas tejidas y galpones gigantes de empaque.  Pero el  pueblo es diminuto: 7500 habitantes. Bajé del bondy a las 6 de la tarde sin ninguna reserva (como es mi costumbre) y llegué hasta el único hostel donde anunciaban el comienzo de la temporada: Hairy Berry.Un buen lugar para filmar una película de terror. Un vidrio roto con la inscripción “Backpackers”, el dueño antes de ver las habitaciones ya te cobra por adelantado, te entrega un plato, una taza y unos cubiertos y te da la bienvenida diciéndote “si perdés algo son 10 dólares”. A esto hay que sumarle que esta bien ubicado, ya que enfrente, hay una hermosa vista a un cementerio, y a un geriátrico…

El anuncio ofrecía trabajo, pero a cambio, al llegar el huésped debía dejar $200 dólares de garantía, y firmar un contrato de alojamiento por al menos 8 semanas. No conformes con esto, dejar los datos de una tarjeta de crédito por si un día te dan ganas de irte. El costo de la cama en habitación compartida (con tu propia bolsa de dormir) era de $150 dólares por semana, sin internet. Este también es el “primer mundo”. En todos lados hay gente que quiere correr más rápido que otros.

Negándome a firmar todo esto, y a ser parte de su negocio redondo, pasé a ser persona no grata. Busqué trabajo por mi cuenta. Me pasaron unos teléfonos de contratistas y empecé a llamar uno por uno. Hasta que al final, uno me contestó diciendo que pasaba a verme. Un hindú llamado Kelly. Me preguntó si tenía auto, cosa que no, pero que un amigo tenía y podíamos ir juntos, y también me preguntó si tenía todos los papeles y que si quería él me daba alojamiento. Le dije que si él ofrecía un lugar lo veía y lo evaluaba. Entonces me dijo que empezábamos al otro día. Al rato me mandan un mensaje que me pasan a buscar (me extrañó porque eran las 5 de la tarde). Cuando veo que viene una camioneta llena de hindúes con turbantes y maoríes.  Uno se baja y me dice “Leandro?”, -Si? -vamos! esta noche dormis con nosotros y a la mañana vamos a trabajar… fue una situación tan extraña como divertida, pero algún mecanismo de defensa me decía que no debía subirme a esa camioneta… jaja.

Al final no tuvimos que ir con ellos, porque pudimos ir al otro día con el auto hasta el campo y comenzamos a trabajar con un grupo de hindúes. Cuando nos dimos cuenta ya nos estaban insultando por la lentitud, de un trabajo que no entendíamos bien. El trabajo consistía en presionar con el dedo pulgar y el índice (con un guante y dos monedas dentro de los dedos del guante), las puntas de las flores principales, para evitar el crecimiento y que los nutrientes vayan a los frutos. Pero la cantidad de hojas y ramas hacían que debiéramos buscarlas y no era tarea fácil -al menos para nosotros-. Entonces nos pedían que no perdiéramos ninguna. Pero a la vez, nos decían que lo hiciéramos más rápido. Con un inglés hindú nos decían “iuarmissintumach”, “iuarmissintumach”… y si íbamos más lento para no perder las flores nos decían “hurry up! hurry up! faster!”… (imaginaba una escena de esclavos y látigos bajo el sol… donde lo único que faltaba era el látigo jaaa)… conclusión: al tercer día nos mandaron un mensaje que ya no había más trabajo para nosotros.

Ofuscado. Contrariado. Al otro día, decidí irme del pueblo, y buscar algo mejor, pero cuando ya había tomado la decisión y casi saco los pasajes, mis amigos alemanes me dicen que habíamos conseguido trabajo, y que íbamos a trabajar todos juntos. Y me mudé a otro hostel (Kiwi Corral) a 8 km del pueblo con Sebastian.

Desde ahí todo cambió. Porque al llegar vimos que el trabajo era distinto, y que los supervisores tenían buena onda. Y además, trabajábamos todos juntos.

Así fueron corriendo los días, y preparándome para recibir a la paisa. Un domingo que no trabajé me alquilé una bicicleta y me hice los 8 km buscando un alojamiento cerca del pueblo, y por la cartelera del supermercado, llegué hasta la casa de Peter, un checo pelado (como yo) que habla inglés básico con muy buena onda. Y me ofreció una “cabin”, y me encantó, ya que no debíamos compartir y el precio era la mitad que en cualquier hostel, y con internet gratis.

Y llegó la Paisa. Marce fue aceptada con una visa limitada por inscribirse a un curso de inglés de 4 semanas. Entonces, como el curso era en Auckland, sólo nos podríamos ver los fines de semana. El precio del pasaje entre Auckland y Te Puke es de 20 a 30 dólares cada tramo. Y hay sólo uno o dos buses por día.

Con una multa de 100 dólares, cambiamos los pasajes de Fiji a Sydney, para el 10 de diciembre (fecha en que se le vence la visa a Marce).  Y el plan es tramitar la visa nuevamente desde la embajada de Nueva Zelanda en Australia. Lo cual puede tardar cerca de un mes. Otra vez, tenemos nuestros planes en manos de una persona que determine si somos un riesgo para su país.

Ofuscado, Contrariado. Esas son las palabras que se anteponen a Felicidad. Que si bien no dejo de ser feliz por cada cosa que pasa, son las palabras que se oponen a la inspiración. Recordaba que cualquier día de mi viaje por Latinoamérica era un motivo para escribir, de ganas de explorar las cosas que sentía con cada nuevo lugar, de describir sensaciones, paisajes, olores, costumbres, recuerdos que disparaban emociones. Pero por ahora, esas sensaciones son limitadas. Como la visa.

El fin de semana pasado, pasaron a visitarnos Marce y la Rubia una vez más, y nos fuimos a recorrer la zona. Nos metimos a enfrentar las olas del Pacífico, pero terminamos enfrentando las piedras descalzos, pisándolas para llegar al mar. Nos divertimos mucho. A la noche cenamos todos juntos. Y al otro día nos fuimos a una cascada buenísima donde podías hacer un clavado de varios metros, y me hizo acordar de Putucusi, donde me obligué a enfrentar mis miedos. Y antes de irnos, sabía que me iba a arrpentir de no tirarme. Así que sin pensarlo mucho salté. Después de ahí, nos fuimos hasta Papamoa. Donde almorzamos y nos acostamos en la arena a dormir una siesta. Fueron de los momentos más lindos de este viaje.

Y así llegamos hasta hoy, al día 45 en Nueva Zelanda. Ofuscado. Contrariado. Pero feliz.

Porque la buena onda siempre va a estar. Porque creo en eso de que todo por algo es. Y porque los caminos que se van dibujando serán anécdotas para contar algún día. Porque estas cosas también son parte del viaje. Y porque tenemos ganas de enfrentar todas las trabas que nos quieran imponer en el primer mundo ó en todos los mundos que vayamos a explorar. Siempre dibujando una sonrisa.

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