Decisiones

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De eso se trata. A veces las tomamos bien, a veces las tomamos mal, o a veces no las tomamos. Yo creo que ésta última es la peor de las opciones. No tomar decisiones hace que otros las tomen por vos.

Y hace ya casi un año atrás, tomé la decisión de salir a recorrer el mundo, algo que me rondaba la cabeza desde siempre. Claro que sin saber cómo, ni por dónde empezar.
Un trabajo estable, me hacía tener la certeza de que todo podía seguir igual. Pero nunca estuve preparado para tanta estabilidad. Al menos, sin que en la cabeza me hiciera eco una voz que me gritara “hasta cuándo vas a postergar ese viaje?”…
No quiero un auto, un terreno, una casa, necesitar cosas, cosas y más cosas para ser feliz. Una vida llena de anclas te obliga a estar siempre en el mismo lugar.
Y explorar, conocer distintas culturas, distintas formas de vivir, y miles de paisajes distintos es lo que me motiva a soltarlas.
Y acá estoy, feliz de haber tomado la decisión de comprarme aquel pasaje para salir el 1º de enero con rumbo norte, sin muchos planes. Y dejar que la vida me sorprenda.

Y hoy me pongo a pensar en que sin haber tomado esa pequeña/gran decisión, me hubiera perdido de vivir todo esto: de conocer Cachi, Salta y La Quiaca, de conocer el salar de Uyuni, Potosí, La Paz, la Isla del Sol, Puno, Macchu Picchu, Cuzco, Lima, navegar 600 km y dormir en el Amazonas, la aventura de cruzar una triple frontera sin pasaporte. De viajar a la casa de una gran amiga en Bogotá y conocer a la persona que me hace cada día más feliz (y de que me espere con una botella de fernet). Me hubiera perdido de darme cuenta de que el viaje es mejor si se comparte con alguien que querés. De recorrer la ruta del Café, de llegar al Caribe de Cartagena y encontrarme con otro gran amigo para viajar a Barú arriba de una moto y en balsa. Me hubiera perdido de viajar a México, nadar con tortugas, bucear en los cenotes, y escribir en las playas más turquesas que vi en mi vida. Me hubiera perdido de que la persona que amo me espere en el aeropuerto de La Habana y recorrer toda la isla de Cuba, de dormir en la playa y disfrutar de los mejores atardeceres y amaneceres queriendo frenar el tiempo. De dibujar el camino juntos. De bailar salsa en las calles de Cienfuegos. De volver a Buenos Aires, extrañarla y volver a Bogotá y Medellín para conocer su lugar. De volver a mi casa en Bariloche y cruzar la Patagonia en tren hasta Puerto Madryn y ver las ballenas con nieve en un frío del mal. De manejar a Bariloche y volver a Buenos Aires cargados de cajas con tormenta de nieve y lluvia por 1600 km.
De disfrutar de los mejores asados en familia, de llenarme de las personas que quiero. Y de tantas cosas más…

¿qué hubiera pasado si no tomaba esa decisión? Quién sabe.
Pero hoy escribo desde la terraza de un hostel de Santiago de Chile, esperando por mi vuelo a Nueva Zelanda. Para seguir haciendo de esa decisión la mejor de mi vida. Para seguir persiguiendo esa vuelta al mundo que es mi sueño. Y que ahora pasó a ser “nuestro sueño”.
Y para seguir dibujando el camino.

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