Chichien Itzá

Creían en 166 dioses distintos. Un calendario solar, otro lunar. Una serpiente emplumada que anuncia la aparición de dios, dos veces al año. Ofrendas en sangre. Extracción de corazones en el templo del guerrero. Sacrificios de mujeres sagradas, las cuales debían nacer entre el 20 y el 25 de julio. La pelota como juego mortal, donde los vencedores regalaban su cabeza a los dioses, para lo cual se preparaban toda la vida. Donde la familia real monopolizaba el conocimiento de los calendarios. Los guerreros serpiente, y los guerreros águila. Un metro y medio de altura promedio. No momificaban. No conocían la rueda. Pero ya tenían conocimientos del sistema binario. Y de los ciclos solares a la perfección. Datos que hacen trasladarme 600 años atrás e imaginar miles de personas, un 21 de marzo, esperando la aparición de la serpiente, anunciada por el Jefe, disfrazado con piel de Jaguar (en la mitología Maya era el protector de los campos y cosechas). Con un grito que haría eco en la pirámide, construida sobre otra menor. Y el dios del miedo, que siempre aparece, otra vez hacía que el pueblo se acercara a tributar a la familia real -a cambio de su bendición-. Familia que contaba con el conocimiento previo de la arquitectura de la pirámide, y su efecto con la posición del sol en sus equinoccios. Nada sorprendente, cuando el miedo fue y sigue siendo el método utilizado por la mayoría de las religiones. El sol, que sofocaba, no podía con mi curiosidad de observar cada detalle, pero lo que más me sorprendió fue el “campo de juego de pelota”. El ritual de los equinoccios, un juego que consistía en pasar una pelota de caucho de 2 kg, por un diminuto aro ubicado a 7 metros de altura. Los vencedores, serían decapitados para ganar la inmortalidad. Y luego de escuchar todo esto me puse a pensar en cómo -incluso hoy- una persona puede creer tanto en un dios como para regalarle su vida, y así creer que la vida de un dios es más importante que la de uno. En tal caso, creo que dios esta en uno mismo, y al morir, muere con uno. Pero demasiada reflexión para un día tan sofocante. Mejor, me voy a dormir, que mañana me espera algo increíble. Voy por otro sueño. Y esta vez está cerca, muy cerca. 🙂

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