Ruta del Café

“…pero un buen viajero sabe que, cuando se pierde un tren en la vida, no hay más remedio que tomar el siguiente sin mirar el destino. A fin de cuentas, lo que vale es viajar, elegir un paisaje, perseguir un sueño, cargar la propia maleta y renunciar al resto…”. Así, mi tren se perdió por el Amazonas, y el próximo me llevó a Bogotá. Y sin pensarlo, y sin planearlo, terminé eligiendo la Ruta del Café como paisaje. Y cuando el día en que me robaron dije que todo pasaba por algo, no pensé que tan pronto me iba a dar cuenta del porqué. Y llegar a sentir eso que “de vez en cuando la vida, toma conmigo café, y esta tan bonita que da gusto verla “. Simplemente por llegar una tarde de lluvia a Armenia, y al otro día disfrutar de las calles de un pueblo que no tenía en mi mapa llamado Salento, escribiendo una página nueva, recordando que mi tren iba para otro lado, pero que este tren me tenía preparada una estación increíble que de no ser por el robo de mi mochila, me hubiera perdido. Y de estación en estación, el viaje fue dibujando un presente de risas, de cafés, de compartir, de caminar de la mano, de pedir dos cervezas, cuatro, seis. De mirar las casitas de colores, los balcones de cuento, las costumbres paisas, de un atardecer compartiendo un ron en el balcón, jugar al billar en un bar, apostar el honor, recorrer las calles vacías por la noche, regalando risas a la luna, siguiendo la luz de sus faroles perfectos. Subirse a un Jeep hasta el Valle del Cocora, donde el camino de curvas y verdes te marea de belleza. Seguir los senderos hasta uno de los paisajes más lindos que mis ojos vieron, sin entender porqué existen palmeras tan altas en el medio de una montaña. Sin respuestas lógicas, abandonar el paso para tirarse al sol en el pasto, y abrazar ese paisaje. A cerrar los ojos para soñar un poco, y confundir la vida con el sueño. Los días pasan y el café va tomando sabor, a ese que no se encuentra en cualquier esquina. Las máquinas que lo sirven no parecen reales. Cada una tiene su marca, su estilo, y aparentan heredarse de generaciones pasadas. Los paisas te sirven el “tinto”, café negro increíblemente rico servido en su pocillo. Claro está, luego de comerse unos patacones (plátanos fritos cortados) y la mejor trucha ahumada de la historia que recuerde mi paladar. Y dibujar los momentos en un cuaderno, fue parte de esta historia. Y la ruta del café, fue llegando a su fin en la ciudad de Manizales -lejos de ser un pueblo chico-, pero sin perder sus costumbres y tonadas paisas, visitando el barrio de Chipre, y su ventana a un valle de plantaciones de café interminable, cruzando las casitas por el aire con un telesférico, que termina su recorrido en la terminal, y que luego de un viaje de 8 horas nos devolvería a la ciudad de Bogotá. Y en alguna parte del camino, desde la ventana del colectivo, apareció un símbolo del yin y el yang. Y no fue en cualquier momento, fue en el momento que tenía que aparecer para recordar que las cosas malas, siempre tienen su lado bueno. Y el lado bueno puede lograr que esas cosas malas, pasen a ser una anécdota. Al llegar a Bogotá, retiré el nuevo pasaporte, y lo que en algún momento fueron problemas, se solucionaron. Y una vez más, el camino vuelve a enseñarte que la vida siempre te compensa. Y una vez más, sigo feliz de seguir dibujando el camino.

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