Amazonas: enfrentando a las pirañas para recuperar mi mochila.

Aterrizar en Iquitos, fue llegar a cumplir otro sueño, vivir el Amazonas era como la fantasía de meterse en la pantalla de televisión y aparecer en un documental, era viajar a la aventura. Iquitos, la ciudad más grande de la Amazonia Peruana, me recibió a la salida del aeropuerto con un acoso de al menos 50 taxistas y mototaxistas a los gritos, peleando entre todos para que me suba a uno de ellos. Decidí subir a un taxi de un viejito, que estaba sentado fuera de la multitud. Le pedí que me acercara hasta algún albergue barato -en el centro de la ciudad-, y al avanzar, las moto-taxis sobrepoblaban cada espacio visible. Pude dejar la mochila, y fui a averiguar cuándo salían los barcos hasta Leticia, Colombia, -unos 600 km de distancia-. Al ver que a las 19:00 hs partía el barco “Jorge Raúl” desde el Puerto Pesquero, el cual tomaba 3 días y 2 noches en llegar, ni lo dudé y por la tarde me tomé una moto-taxi hasta el Puerto. Al llegar, pude ver que el Puerto era tierra de nadie…

El barco era un barco de carga, que en uno de los pisos llevaba pasajeros donde cada uno colgaba su hamaca, y me encantaba la idea, con lo cual compré una y subí a buscar mi lugar. Conocí una familia muy amable, que había vivido en Buenos Aires y estaba feliz de estar a poco de salir a navegar, y de estar viviendo esta aventura. Faltaba cerca de media hora para zarpar, y ya instalado en mi hamaca, puse mis mochilas debajo mío, sin soltar la mochila pequeña en la que tenía lo más importante. Un vendedor ambulante pasó por cuarta vez a ofrecerme relojes a lo cual mi negativa fue rotunda, pero en 5 segundos que solté mi mochila, del otro lado alguien me la arrebató y al darme cuenta salí corriendo y gritando con la impotencia de no saber dónde buscar entre tanta gente. Busqué policías fuera del barco y poco más que se rieron, fue ahí que caí en la cuenta de que ya era muy tarde, y sólo habían pasado… 3 minutos.  De todo lo que contenía mi mochila, sufría por las fotos y videos de todo el viaje, y por mi pasaporte, a lo cual decidí bajarme y realizar la denuncia en una comisaría turística donde me preguntaron mil cosas, y por poco más, el sospechoso era yo. La oficial me preguntó que porqué estaba haciendo este viaje, porqué me dirigía a la triple frontera, a qué me dedicaba, si pensaba encontrarme con alguien, me hizo detallar todo lo que contenía mi mochila, ponerle un valor en dólares, y, finalmente, pagar por la denuncia… ¿cómo? sí, usted tiene que pagar 12 soles para certificar la denuncia, sino no tiene ningún valor. Por suerte había que pagarlo al otro día en un banco, y no ahí en la policía porque ya había perdido todo el efectivo.

Al otro día, no quería rendirme así nomás, y decidí ir a buscar por mis propios medios a los lugares que me habían indicado que se vendían las cosas robadas, hablé con los capo mafia (denominados “las pirañas”) que me habían indicado y me fui a las radios del pueblo (que consistían en megáfonos que se escuchaban a varias cuadras de distancia). Lamentablemente nunca aparecieron, pero de todo se aprende, y fueron 5 segundos de distracción que me costaron caro. Pero sabía fervientemente que por algo pasaban las cosas. Luego de realizar una expedición de dos días en la selva, tomé una lancha rápida hasta Santa Rosa, el pueblo peruano ubicado en la triple frontera Brasil-Perú-Colombia. La misma ruta que el Ché tomó alguna vez en su primer viaje por Sudamérica, visitando el pueblo de San Pablo.

Luego de navegar unos 600 km por el río Amazonas, finalmente llegué a la triple frontera Perú-Brasil-Colombia. La aventura se puso más interesante cuando en migraciones de Perú me indicaban que debía volver a Iquitos (600 km) para generar el papel migratorio (dado que al no tener pasaporte, y el papel de ingreso) ellos no contaban con sistema y no podían emitir un permiso de salida. Finalmente, decidí cruzar a Colombia sin ese permiso de salida, en una balsa de madera por 5 soles, (porque prefería caer preso antes que volver a Iquitos!). Me subí a una moto (las motos funcionan como taxis) hasta la oficina de migraciones en el aeropuerto y, por suerte, -del lado Colombiano- encontré a un oficial de migración con criterio (gracias Milton!), al cual le expliqué toda mi situación, le mostré la denuncia y me contestó “no te preocupes, yo te emito la carta andina porque te creo todo, pero tuviste suerte porque si venías mañana y estaba mi jefe, te hacía volver a Iquitos a buscar el permiso”… Me instalé en Leticia, Colombia, con los papeles en orden y esperando el vuelo hacia Bogotá.  Y así mi aventura por el Amazonas, ya llegaba a su fin. Al otro día, pude tomar el vuelo a Bogotá. De todas las sensaciones, me queda la de que estoy feliz por haber vivido todo esto, más allá de todo lo malo, mi viaje continuaba… y hoy, es una de las mejores anécdotas de mis viajes… 🙂

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