Lima

Luego de 20 horas en un micro parecido a un samba, donde las curvas y contracurvas entre precipicios generaban un baile de cabezas coordinadas entre las filas de pasajeros, donde la niebla y la oscuridad atentaban contra cualquier indicio de claustrofobia, y donde sólo quedaba encomendarse a todos los dioses del camino, sobreviví a otro viaje más, y llegué a la ciudad de Lima. Un taxi se mezcló entre un océano de autos y bocinas en hora pico, donde pude ver la ansiedad de la gente para ir a trabajar, con sus trajes, y sus relojes que indicaban –seguramente- otra llegada tarde. Y me volvían a la mente las imágenes de la gente que a lo largo de mi viaje, trabajaba en su tierra, para obtener su alimento, sin relojes, sin tiempo, y siempre en familia. Contrastes del camino. Luego de tanto tiempo entre montañas, y de sus males de altura, los barrios Miraflores y Barranco, fueron una tentación para mis pies. Horas y horas caminando por su costanera, mirando el horizonte del Océano Pacífico, disfrutando de un clima cálido, como esperando a un barco que llegara de otro continente, pensando en todo, y pensando en nada. Me senté a escribir frente al mar, encontrando esos tiempos para expresar estas cosas que siento. Y me puse a imaginar mi viaje, dibujarlo de a poco, con miles de ideas, de cambios, de aventuras. Recordando a toda esa gente linda que conocí, y con ansias de conocer a esa gente que seguro se va a cruzar en este camino. Y de tanto pensar, el sol se cansó de iluminar. Los atardeceres en el mar sólo pueden estar acompañados de nostálgicos pensamientos que no conducen a otra cosa que a recordar a alguien. Más cuando uno está lejos de casa, y lejos de todo. Si pensar en alguien sólo trajera tristeza, lo único que lograría ese sol sería nublar los ojos. Sólo si ese pensar en alguien, movilizara a conectarse a la distancia, pues vale la pena un nostálgico atardecer. Este sol del Pacífico, que seduce con su lenta caída al mar, moviliza ese recuerdo de un abrazo y lo transporta en el tiempo. Y con ese abrazo, se fue otro día más de este viaje, un día para pensar en todo, y para pensar en nada.

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