Cañón del Colca

El viaje de Puno a Arequipa estuvo muy interesante. Hacer un viaje que anuncie el destino “el Bambino”, ya nos hizo reir mucho pero anunciaba lo que iba a ser el viaje. Las risas se convirtieron en nervios cuando el conductor respetaba las reglas británicas, es decir, manejaba por el carril contrario. Las líneas amarillas no existían, y pasar camiones en curvas descubrimos que es una práctica habitual en Perú. Sobrevivimos una vez más al viaje y llegamos a la hermosa ciudad de Arequipa con el atardecer. En una hora ya teníamos planificada nuestra visita al Cañón del Colca. Nos pasaron a buscar a las 3 de la mañana –una vez más sobrevivimos a la locura del conductor cortando curvas a alta velocidad por montañas con precipicios-, pasamos los 5000 metros de altura y llegamos al ingreso al Cañón. Comenzamos a caminar y -en unas 4 horas-, luego de descender unos 2000 metros hasta un lugar de descanso, almorzamos. El lugar es increíble, se respira paz, las paredes son interminables, y el río tiene un caudal impresionante (ideal para hacer una bajada de rafting). Caminar en la montaña para mí es una forma de desintoxicarme, de expulsar la energía negativa, de conectarme con la gente que quiero, de recordar que estoy vivo al sentir los pulmones llenarse de aire y sentir los latidos del corazón con fuerza. Después de 4 horas más de caminar, y ya con el sol despidiéndose, llegamos a una posada donde no existe la energía eléctrica. Las habitaciones son de barro y el silencio es inmenso. Un paraíso que nos recibió con una pileta llena de agua de manantial, donde pudimos tirarnos de cabeza para sacarnos un poco el cansancio de todo el día. Y ya en la oscuridad, nos prepararon la cena con velas para terminar un día inolvidable. A las 5 de la mañana emprendimos la vuelta. La vuelta consistía en subir directamente todo el cañón (lo que pudimos hacer en 3 horas). Pero las imágenes más lindas y el premio mayor para tanto esfuerzo, fue llegar al pueblo de Cabanaconde, donde la sensación indescriptible de caminar entre las plantaciones, ver a los chicos jugando entre la naturaleza, y ver a a la gente trabajando su tierra, se tradujo en lágrimas de felicidad que no voy a olvidar jamás. El camino siempre termina sorprendiéndome. Las páginas se van escribiendo de a poco y el viaje, recién comienza…

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